(Foto: cortesía)
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Las emociones conllevan patrones de respuestas (particularmente de expresión) que se aprenden dependiendo de las opiniones, juicios y normas que usted adquiere a partir de la cultura a la que usted pertenece.

Al mismo tiempo, cada uno de nosotros tenemos diferentes características de personalidad y una forma de pensar y de ver el mundo que nos condiciona a interpretar las situaciones que vivimos de una u otra manera. Cada uno de nosotros aprende a gestionar sus emociones de manera diferente. Hay personas que no expresan sus emociones y otros que por el contrario no pueden mantener el control de lo que están sintiendo.

La respuesta emocional que tenemos cada uno de nosotros es aprendida y ante un estímulo emocional, externo o interno, respondemos con un determinado patrón. Podemos ver claramente cómo la cultura y las tradiciones sociales y familiares impactan y determinan la forma en que controlamos o manejamos nuestras emociones.

Lo que aprendimos en nuestras casas condiciona nuestro comportamiento emocional. Estamos acostumbrados a las conductas de nuestra familia. Si nacimos en un hogar donde los gritos y las peleas eran algo cotidiano y vemos a otras personas comportarse de la misma manera que nosotros, no nos causará sorpresa ni nos parecerá extraña su manera de comportarse.

Existen notables diferencias interpersonales en el modo de valorar y expresar las emociones. La cantidad de disparadores de emoción internos y externos son inagotables.

No solo la emoción tiene un aspecto aprendido en cuanto a su manifestación se trata, sino que además es disparada por distintos estímulos, dependiendo de la persona que se trate y de cómo interpreta los estímulos externos que recibe. Aprendemos como apropiadas o inapropiadas ciertas reacciones y formas de expresar las emociones. Adquirimos nuestro repertorio emocional de manera similar a como aprendemos las palabras.

El permiso o la prohibición interna de determinadas manifestaciones emocionales nos abre la puerta para expresar unas y ocultar otras. De ahí las diferencias de expresión ante los mismos estímulos. Hay personas que se emocionan con una película y lloran y otras no se sienten sensibilizados por las mismas escenas.

Si fuimos educados con ciertos permisos de desborde emocional, nuestra tendencia al exabrupto y a la impulsividad será moneda corriente en nuestra forma de responder a los estímulos desagradables. Cuanto más alejados estemos del equilibrio emocional, mayor será la tarea que tengamos que hacer para revertir el patrón de respuesta aprendido. La perdurabilidad de estos patrones de respuesta dependerá de cuánto tiempo estemos decididos a soportar y sostener lo que nos sucede y las consecuencias que acarrea.

Cada familia tiene sus propias costumbres, enseñanzas y conductas, pero eso no significa que, en el caso de ser negativas o contraproducentes, no puedan ser reemplazadas por otras respuestas emocionales más beneficiosas para nosotros y para nuestra vida.

*Psicóloga y escritora

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