Frances McDormand
Frances McDormand

Faltan pocos días para los premios Oscar y, si nos dejamos llevar por los rumores de Hollywood, puede pasar cualquier cosa. Un día, la ganadora sería La forma del agua, de Guillermo del Toro. Otro, suben las acciones de la pequeña y satírica ¡Huye!, de Jordan Peele. A veces se habla de Lady Bird y algún rezagado se acuerda de Dunkerque. Y entonces aparece Tres anuncios para un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri), que ganó el Globo de Oro como Mejor drama y le valió a su protagonista, Frances McDormand, el premio de actuación femenina. Todos creen, de paso, que se va a llevar también el de la Academia, y vuelve entonces la certeza de que Tres anuncios… será la gran ganadora. Motivos no faltan: la película no solo es "buena" en el sentido puramente cinematográfico, sino que es además un diagnóstico preciso de un presente tan americano como global.

La película fue dirigida por Martin McDonagh, un autor que viene del teatro. En la Argentina hemos visto dos de sus obras: The Pillowman (protagonizada por Pablo Echarri y Carlos Belloso), sobre un asesino de niños y un escritor, y La reina de la belleza de Leenane (puesta por Oscar Barney Finn con Aída Luz y Leonor Manso), cruel enfrentamiento entre una madre tiránica y una hija madura. Además, McDonagh ha realizado dos películas: Escondidos en Brujas y Siete Psicópatas. En todos los casos hay situaciones terribles y trágicas que se transforman en absurdas y se disuelven en comedia negra. En varios hay escritores envueltos trágicamente en la fábula cruel que imaginan. Y suele haber, también, una o varias muertes de inocentes. No "inocentes" por carecer de faltas, sino por estar en estado de inocencia. Los niños de The Pillowman; otro niño, muerto por la torpeza de un sicario, en Escondidos…; varios crímenes alocados en Siete… El mundo de McDonagh es una broma cruel que, de todos modos, no carece de posibilidad de redención.

Martin McDonagh (Vanity Flair)
Martin McDonagh (Vanity Flair)

Tres anuncios… sigue ese derrotero. Mildred (Frances McDormand) ve tres enormes cartelones vacíos en un camino perdido fuera del pequeño -y ficcional- Ebbing, Missouri, donde vive. Los alquila y pide colocar en ellos ciertas frases. "Violada mientras moría", reza el primero. El segundo "¿Todavía ni un arresto?". El tercero "¿Qué hacemos, jefe Willoughby?". Traducción: después de meses de la violación y asesinato de su hija adolescente, esta mujer pregunta al comisario del pueblito por qué no avanza la investigación. Dixon (Sam Rockwell) es un patrullero violento, bruto en todo sentido y racista. Es quien ve los carteles y lo informa al comisario, el tal Willoughby (Woody Harrelson). Todos están molestos con el asunto porque Mildred parece culpar a la policía de que no haya justicia para su hija violada y asesinada. Pero este es solo el punto de partida. Willoughby padece un cáncer terminal y, en el fondo, entiende a Mildred. Dixon no entiende el mundo y cree que todo puede solucionarse por la violencia, molestando a otros. Pero la tensión crece y Mildred toma la justicia en sus manos, incluso incendiando a pura molotov la estación de policía e hiriendo a Dixon sin saberlo. Extrañamente, esos dos personajes quedarán unidos bajo la comprensión mutua.

Woody Harrelson, Sam Rockwell y Frances McDormand en “Tres anuncios por un crimen”
Woody Harrelson, Sam Rockwell y Frances McDormand en “Tres anuncios por un crimen”

Hay una pequeña clave para este asunto. McDormand se inspiró, para su personaje, en John Wayne, especialmente en los trabajos del cowboy arquetípico para John Ford. Dado que Dixon es su opuesto (y complementario), Rockwell inspiró su trabajo en parte en el personaje de Liberty Valance, interpretado por Lee Marvin en Un tiro en la noche, cuya contrafigura es Wayne. Un tiro… (o The man who shot Liberty Valance) es una de las mayores obras maestras de Ford, realizada en 1962. Y es interesante, porque esa película es mucho más que un "western": es la obra definitiva sobre la antinomia clave que define toda la experiencia americana de Alaska a Tierra del Fuego: la tensión entre civilización y barbarie.

Es necesario recordar en Un tiro…, Stoddard (James Stewart) es un senador que llega con su esposa Ellie (Vera Miles) al pueblito donde comenzó su carrera política para el velatorio de un viejo amigo, Tom Doniphon (Wayne). Stoddard es conocido, además, como "el hombre que mató a Liberty Valance". Valance (Marvin) fue un patotero al servicio de terratenientes que oprime, pistola en mano, a los campesinos del lugar. Stoddard, se dice, lo mata en un duelo, aunque nunca había empuñado un arma. Pero frente a periodistas, en ese velatorio, narra la verdad: que el tipo que mató, desde un callejón, escondido, a Valance, fue Doniphon, no él.

La Mildred de McDormand busca justicia para su hija asesinada
La Mildred de McDormand busca justicia para su hija asesinada

Pero eso llega casi al final del relato. Valance y Doniphon son el Oeste salvaje y mítico, el de la barbarie. Uno es el pistolero malo; el otro, el bueno. Ninguno cree en la ley o las instituciones, son opuestos pero se complementan, son los cuentos del Oeste. Stoddard llega para ser abogado, abre una escuela para quienes no saben leer, organiza elecciones. Es la civilización. En el medio, Ellie, la novia eterna de Doniphon, se vuelca al abogado. Doniphon, de todas maneras, trata de enseñarle a Stoddard a usar un arma. Pero entiende algo: las diligencias son el pasado y pronto llegará el tren; la ley del revólver será sustituida por la de los códigos. Por eso mata a Valance, incendia su casa y se desvanece en el olvido. Hay algo más: Ford no dice que el mundo civilizado sea mucho mejor. Por eso es que el cuento moral del tipo inocente que mata al malo queda: un periodista le dice, cuando termina su relato, una de las frases más impresionantes del cine. "Este es el Oeste, señor; cuando la leyenda se vuelve un hecho, imprima la leyenda".

Liberty Valance (Lee Marvin), personaje de “Un tiro en la noche”. Detrás, James Stewart
Liberty Valance (Lee Marvin), personaje de “Un tiro en la noche”. Detrás, James Stewart

La elección de McDormand de ser Wayne es de una precisión y sabidurías notables, porque Tres anuncios… es un western, aunque uno invertido. Si el género seguía la aventura de cómo la civilización se instalaba ante la barbarie, este film parece mostrar que vivimos en una era de reflujo. Las instituciones ya no responden y la ley vuelve a ser tomada en propia mano por quienes carecen de respuestas. Hay varios paralelos con Un tiro…: el uso repetido del fuego (la comisaría, los carteles) como forma de acabar con un estado de cosas; las molotov arrojadas desde una posición anónima por Mildred (igual que como Doniphon mata a Valance), etcétera. Pero si el film de Ford es una tragedia y es triste, aquí es al revés. Como en todo lo que escribe McDonagh, incluso si se parte de algo trágico se llega a una locura y un absurdo que recuerdan a la comedia. Se dijo: broma cruel.

En los últimos años, esta idea de que la barbarie vuelve como única solución cuando el ciudadano es abandonado por las instituciones se ha cristalizado en varias otras películas notables. De hecho, en 2017 fue nominada la excelente Sin nada que perder (Hell or high water) de John Mackenzie. Que transcurre hoy en pueblitos perdidos de Texas, que tiene un par de hermanos asaltando bancos de provincia y tiene un sheriff que los persigue. Es un western hecho y derecho, y los robos forman parte de un plan de supervivencia, de la necesidad de vencer a los dueños del dinero para sobrevivir, aun a riesgo de cruzar la línea moral. El desierto de John Ford era real, un espacio a poblar y civilizar. El desierto de estas películas es moral: estar del lado correcto nos transforma en víctimas. Hay otro desierto -ya lo dijo Morpheus en Matrix-: el desierto de lo real. No hay nada que perder porque, después de todo, no hay nada en qué creer. Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. ¿Qué cosa entonces no podría suceder?

Dado que McDonagh tiene como uno de sus temas cómo se transforma la realidad en un producto de la imaginación que puede develar una verdad, Tres anuncios… podría leerse también como la invención o "escritura" de un acto vindicatorio. Uno que ya no depende de las instituciones porque nos han abandonado, por ejemplo. De allí que el juego actoral que siguen McDormand y Rockwell -ambos se ganaron el Globo de Oro por el film: ella como actriz dramática, él como actor de reparto- sea esencial. Mildred no muestra sus emociones y eso mantiene la historia en el campo de lo imprevisible. Dixon habla demasiado, y eso arrastra sus acciones al desastre; parece uno de esos personajes grotescos pero con una recóndita santidad que pueblan los cuentos de Flannery O'Connor. Rockwell es un experto en dosificar ese tipo histrionismo y aquí logra un pico en ese arte difícil porque es fácil engolosinarse con el gesto. Pero la que sostiene todo es McDormand.

No es su primer personaje duro. Ganó el Oscar, ya, por su policía embarazada y demasiado persistente en Fargo (1997, de su marido Joel Coen). Ganó el Emmy por esa mujer que recubre de fastidio sus emociones en Olive Kitteridge, la miniserie de HBO (2015). Y nadie recuerda mucho Laurel Canyon (2002, dirigida por Lisa Cholodenko), una gran comedia donde era la madre rockera y cara de poker de un envarado y cursi Christian Bale.

McDormand es experta en esos personajes clásicos, tallados en roca, que esconden la ternura por tanto desengaño sufrido. Además, ha logrado algo que es, sobre todo en el cine, una cima: hacer de persona común y que lo creamos. Mildred es esa clase de mujer con la emoción escondida para lograr un acto mínimo, ya no de justicia sino de satisfacción. Por eso, al llegar el final de Tres anuncios…, cuando hay que decidir si apegarse a la realidad o a la leyenda, su decisión nos parece la única posible. Finalmente, Mildred y Dixon buscarán venganza juntos; serán la reencarnación de Doniphon y Valance, y en eso buscarán una suerte de redención. El Salvaje Oeste ha vuelto, esta vez por gracia de las víctimas.

 

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