
A orilla del río Tuluní, el seis de enero del año 2000, la comunidad trans y gay de Chaparral viajó unos 50 minutos desde la cabecera municipal para, por un día, celebrar la belleza de la diversidad sin ni siquiera un esbozo de discriminación. Así comenzó todo, con un "paseo de olla" entre amigos. Y, sin querer, terminó siendo un espacio trasgresor contra los ideales conservadores que los marginaban. Un reinado multitudinario que desafió a los actores del conflicto armado y se posicionó como un símbolo de resistencia ante la violencia de la guerra, y de la cotidianidad.
Esa tarde, las chicas trans desfilaron -por pura diversión- ante la mirada de los bañistas y las familias que habían ido al balneario El Tambor a pasar el primer feriado del año. Pero las miradas y los aplausos las animaron, y la algarabía seleccionó a una ganadora. Al año siguiente hicieron lo mismo, y al tercero. Después de eso se consolidó en tradición, no solo para ellas, sino para el pueblo entero.
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El evento tuvo tal acogida que, tras los primeros tres años, una reconocida empresaria del municipio empezó a financiarlo. Coordinaba toda la logística: tarima, transporte, sonido, música y hasta el cronograma. Las chicas, entonces, se dedicaban meses antes a diseñar sus vestidos y a preparar sus actos de presentación. Al río llegaba medio pueblo para verlas, aplaudirles y, algunos, para chiflarles burlonamente.
"Fue una manera de hacernos visibles a través de los vestidos, el maquillaje y el diseño", dijo Camila, una mujer trans. Y así fue. El Reinado trans de Tuliní, como lo bautizó la empresaria, era un escenario en el que las trans podían ser ellas mismas, exponerse con orgullo, y afirmar su identidad de género olvidando los ataques de sus propias familias. El evento ya era demasiado pomposo para pasar desapercibido.
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Un año, el reinado fue transmitido en vivo en el canal de televisión local Lecarvin. Ahí las cosas empezaron a cambiar. Al término de la misa de reyes, el padre de la iglesia de Chaparral supo por qué la fecha había perdido adeptos, y se enfureció. "Es una vulgaridad, qué es lo que estamos celebrando allá en el río, qué hace la gente patrocinando esa clase de eventos, dónde está la familia, la moral", vociferó a los feligreses.
La molestia no le sirvió para acabar con el evento, pero sí alertó a los grupos armados, a quienes les resultaba un desacato a las normas de género que habían impuesto en el territorio. Y a las chicas trans les tocó 'atravesar' la guerra. Así lo contaron para el reciente informe 'Un carnaval de resistencia. Memorias del Reinado Trans del Río Tuluní', del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).
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La pasarela de 'sangre'
Chaparral fue la cuna donde nació la FARC, su primer y principal fortín, y como tal, un corredor estratégico de disputa entre todos los actores armados. Por el río Tuluní bajaban los cuerpos del conflicto, la zona era insegura, pues al quedar a las afueras del municipio, se convirtió en vivienda permanente del Frente 21 de la ex guerrilla. Sin contar con que era el lugar de entrada y flujo de los cultivos ilícitos de amapola, marihuana y coca.

Fue justo cuando el Ejército acorraló a la guerrilla, e ingresaron los grupos paramilitares, cuando iniciaron los panfletos amenazantes en contra de personas LGBT. "Para completar, el Ejército pretendía llevarse a las mujeres trans a prestar servicio desconociendo su identidad de género", comentó en el informe una de las chicas.
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A muchas les interrumpieron el tránsito de género, pues las obligaban hasta a cortarse el pelo y a no usar prendas femeninas. Ese conflicto se llevó consigo, entre 1985 y 2018, a 2.231 víctimas LGBT. Gloria, una trans de 47 años, contó cómo hombres armados la buscaron en su casa para advertirle que si asistía al reinado lo mataban. "Ellos reconocían en el evento un potencial de cuestionamiento y de desacato a las normas de género y sexualidad que estructuraban su orden moral", afirma el informe.

En ese contexto, la realización del reinado se hizo cada vez más difícil, porque su misma comunidad aprovechó el poder de la violencia de los actores armados para desacreditar y buscar la prohibición del evento. "Era una doble moral, porque la misma gente que nos rechazaba era la que asistía sin falta para ver las maricadas que hacía uno", manifestó Salomé, una mujer trans de 48 años.
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En uno de los reinados, la ganadora expresó su apoyo a la empresaria, y pidió inclusión y respeto a la población. Su discurso fue desafiante. Y, en esta ocasión, quien tomó cartas en el asunto fue el cura. A la empresaria le tocó abandonar la lucha, sus locales estaban en propiedad de la iglesia y sus mejores clientas eran las feligresas más devotas. Y para completar, el río fue cerrado.

A las chicas trans las relacionaron con el asesinato de un finquero de la zona que supuestamente prestaba sus terrenos para la realización del reinado. La muerte fue en una finca aledaña la misma noche del reinado, eso lo usaron para desacreditar el evento. Después se supo que debido a los altos costos que fijó el hombre, nunca se hizo ahí. Pero la gente desató el rumor de que la guerrilla fue la responsable por facilitar su organización.
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Desde entonces el reinado pasó a lugares clandestinos, donde solo participaba la comunidad LGBT y unos cuantos amigos. Pero la violencia no cesó y los asesinatos contra sus miembros acabaron definitivamente el evento en 2015.

El reinado les dejó mucho más que la reivindicación y afirmación de su identidad de género, se tornó en un asunto político para exigir sus derechos. Fue así como se creó la Asociación Chaparral LGBTI Diversa, para demandar justicia. Y ahora siguen con la lucha que pasó de las pasarelas a las calles.
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