
Una mujer que quería que su esposo al morir viera a las estrellas es la protagonista de esta historia. Aunque su deseo no fue respetado, su peculiar anhelo perdura como una extravagancia arquitectónica. El Palacio Landázuri, una mansión de estilo historicista neoclásico, y el ataúd que está en su techo han empezado a captar la atención de los quiteños. La historia detrás del particular detalle en su cubierta empieza a convertirse en un mito urbano.
A una cuadra de la Basílica del Voto Nacional –otra edificación admirada por su diseño arquitectónico–, en la esquina de las calles Luis Vargas Torres y Francisco de Caldas, se levanta la elegante casona amarilla que combina una fachada simétrica con columnas, frontones, arcos y ornamentación detallada. La mansión Landázuri conserva las características que eran apreciadas en las construcciones de principios del siglo XX en Quito. El techo de la mansión incluye mansardas, un elemento común de la arquitectura francesa. Un artículo académico de Jorge Gómez señala que la casona, y otros edificios a su alrededor, también tienen características del Art Decó, un movimiento artístico y de diseño que emergió en las décadas de 1920 y 1930. El estilo se caracteriza por el uso de formas geométricas, patrones estilizados y una mezcla de materiales modernos y tradicionales.

En el techo del Palacio Landázuri se alza una estructura visible desde uno de los costados de la casa. A pesar de su obviedad, esta pequeña edificación en el tejado a menudo pasa desapercibida para los miles de transeúntes y turistas que recorren diariamente la zona. Aunque esta estructura podría ser un ático destinado a ventilación o almacenamiento, la historia del peculiar pedido de la esposa del coronel Arquímedes Landázuri ha comenzado a ganar popularidad como la explicación preferida.
El investigador Héctor López declaró a El Universo que la estructura en el tejado es, de hecho, un ataúd. Según López, el propietario de la mansión, el coronel Landázuri, encargó su construcción al arquitecto italo-suizo Francisco Durini, conocido también por haber diseñado el Palacio de Najas, sede de la Cancillería ecuatoriana, entre otros edificios emblemáticos.
Según el libro A la Nación y para la historia, Landázuri comandó un batallón en Quito en 1912. Posteriormente, el oficial lideró otros regimientos militares en Cuenca, al sur del país. En 1921, por ejemplo, Landázuri fue comandante del Batallón de Ingenieros “Montúfar”, de acuerdo a la publicación 100 años de la Ingeniería Militar en el Ecuador - Parte I.
La esposa de Landázuri, explicó López al medio local, quería que al morir su esposo, el cuerpo de este no fuera enterrado bajo tierra sino que sea depositado en un féretro que mandó a construir en el techo de su mansión. El propósito era que el coronel “viera a las estrellas”. El deseo de la abnegada mujer no se cumplió porque el cabildo de la ciudad no lo autorizó: “Esto nunca llegó a pasar porque el Municipio no se lo permitió por razones de salubridad”, dijo López en sus declaraciones recogidas por El Universo.

Según el portal Los ladrillos de Quito: enciclopedia de arquitectura patrimonial quiteña, la mansión pasó de ser la residencia de la familia Landázuri “a la Villavicencio, y aún es ocupada para tales fines pero pertenece a la familia Almeida, constituyendo además un hito arquitectónico en el sector circundante”. La plataforma especializada en arquitectura indica también que: “En años recientes han sido añadidos volúmenes en la terraza, rompiendo con el estilo historicista del palacio, además de escaleras posteriores de metal que producen el mismo efecto”. Infobae visitó el lugar y constató que el primer piso de la casona hay un local comercial dedicado a la venta de pisos de cerámica. Los pisos superiores mantienen sus puertas cerradas y no se puede observar hacia el interior.
El Palacio Landázuri no solo llama la atención como una pieza arquitectónica de Quito, sino también como un contenedor de historias y leyendas que enriquecen el patrimonio cultural de la ciudad. La extravagante petición de la esposa del coronel Landázuri ha dotado a la mansión de un misticismo que, sumado a su valor arquitectónico, la convierte en un punto de interés tanto para los quiteños como para los turistas. El deseo de que el cadáver de su esposo viera a las estrellas muestra la conexión emocional y personal que las personas pueden tener con las edificaciones que convierten en sus hogares; haciendo que estas estructuras se vuelvan testigos silenciosos de los sueños y vidas de quienes los habitaron.
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