Eduard Ribas i Admetlla
Washington, 7 nov (EFE).- Cuando todo parecía apuntar a que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, moderaría su discurso tras el histórico batacazo sufrido en las elecciones de medio mandato del martes, el republicano ha optado por una huida hacia adelante al nombrar al más radical de sus asesores como nuevo jefe de gabinete de la Casa Blanca.
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Pese a tener sobre la mesa encuestas que reflejan el rechazo de la comunidad hispana a su dura política migratoria, que contribuyó a una sonada derrota en un bastión republicano como Texas, Trump decidió el viernes convertir en su mano derecha al controvertido Stephen Miller, arquitecto de las violentas redadas y deportaciones.
La ola demócrata del martes, que dio a la oposición su mayor victoria en el Congreso en más de medio siglo, se ha llevado por delante a Susie Wiles, hasta ahora jefa de gabinete y primera mujer en ocupar el cargo, una leal colaboradora de Trump de perfil más moderado y discreto.
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Su cese confirma, además, una tendencia: todos los despidos del gabinete de Trump durante su segundo mandato han afectado a mujeres sustituidas por hombres, desde la exsecretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem hasta Wiles, pasando por la exfiscal general Pam Bondi.
Desde la misma noche electoral, Trump eludió su responsabilidad en la derrota con el argumento de que él no se presentaba a las elecciones, pese a haber contribuido a convertir los comicios en un referéndum sobre su figura al implorar a los votantes que acudieran a las urnas como si su nombre figurara en la papeleta.
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Desde entonces, el mandatario ha asegurado que utilizará su poder de veto para bloquear la agenda legislativa demócrata, aunque ha evitado la retórica incendiaria habitual en quien nunca reconoció su derrota en las elecciones de 2020.
Ajeno al revés en las urnas, Trump dedicó sus dos primeros actos públicos tras la derrota a la colocación de una viga del salón de baile que construye en la Casa Blanca y a la designación del Despacho Oval como monumento nacional.
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Pero el nombramiento de Miller, anunciado el viernes antes de partir hacia Florida para pasar el fin de semana, constituye la primera señal clara de que el republicano no está dispuesto a dar marcha atrás.
Hasta ahora subjefe de gabinete, Miller es uno de los asesores más radicales de Trump: considera la inmigración una amenaza existencial para Estados Unidos y al Partido Demócrata una "organización extremista" a la que hay que combatir.
El rechazo a su nombramiento no se hizo esperar. El líder de los demócratas en el Senado, Chuck Schumer, declaró que Trump "no ha aprendido nada de su histórica derrota" y que "no podría haber tomado una decisión peor".
Por su parte, el demócrata Hakeem Jeffries, quien previsiblemente asumirá en enero la presidencia de la Cámara de Representantes, calificó a Miller de "un xenófobo peligroso y un extremista imprudente que tiene sangre estadounidense en sus manos", en referencia a las muertes de ciudadanos estadounidenses durante las redadas migratorias.
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Quien parece respirar tranquilo con el ascenso de Miller es el secretario de Defensa, Pete Hegseth, cuyo despido muchos daban por seguro ante el rechazo de los electores a la impopular guerra de Irán.
"Los patriotas toman el control", se apresuró a publicar Hegseth en redes sociales tras conocerse la salida de Wiles, dejando entrever diferencias entre ambos.
Los demócratas se muestran cada vez más decididos a abrir sus investigaciones sobre el Gobierno de Trump con un proceso de destitución contra Hegseth, aprovechando su amplia mayoría en el Congreso.
Algunas voces han recomendado a Trump que lo sustituya antes de enero, cuando la nueva mayoría demócrata en el Senado podrá condicionar o bloquear el nombramiento de su sucesor. Pero el mandatario parece, por ahora, firme en su respaldo: "Pete Hegseth ha hecho un trabajo fantástico", zanjó esta semana. EFE
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