Madrid, 26 ago (EFE).- José Mourinho regresó al Santiago Bernabéu como entrenador del Real Madrid 4.833 días después y descubrió que el tiempo había cambiado el estadio, pero no había borrado su nombre. El técnico portugués volvió a ocupar el banquillo blanco ante la Real Sociedad, en el primer partido como local de su segunda etapa, y recibió una tibia bienvenida de una afición que convirtió el reencuentro en un viaje hacia uno de los capítulos más intensos de su historia reciente.
La última vez que Mourinho pisó el Bernabéu como entrenador madridista fue el 1 de junio de 2013. El Real Madrid derrotó 4-2 a Osasuna en un encuentro sin nada en juego y con demasiadas cuentas pendientes. Aquel día, Mourinho se marchó entre aplausos y silbidos, querido con fiereza por unos y rechazado con idéntica pasión por otros. No hubo término medio con él, como casi siempre.
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Pasados trece años, el estadio era otro. También Mourinho. El antiguo Bernabéu, áspero y abierto al cielo, es ahora una mole brillante. El entrenador que salía del túnel también cargaba más canas, menos gestos desafiantes y una larga colección de victorias, derrotas y despedidas después de abandonar el Real Madrid. Sin embargo, conservaba la misma forma de caminar: el paso rápido, el rostro serio y esa apariencia de hombre que siempre llega preparado para discutir con el destino.
Su nombre sonó por megafonía y el Bernabéu respondió con una ovación tímida que pareció resolver, al menos por una noche, la vieja división. Mourinho se detuvo junto al banquillo, visitó el de Pellegrino Materazzo, saludó al entrenador de la Real Sociedad y observó el homenaje que concedió el Bernabéu a los campeones del mundo Marc Cucurella y Mikel Oyarzabal. Después, se clavó en la zona técnica y de pie, casi toda la primera parte, observó a sus jugadores.
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En ese trayecto hacia el inicio del encuentro, volvieron a la memoria de los aficionados blancos la Liga de los cien puntos, la Copa conquistada frente al Barcelona, las noches europeas, las polémicas, los dedos alzados, las ruedas de prensa convertidas en trincheras y aquel equipo que corría al contraataque como si escapara de un incendio.
Mourinho no dejó una etapa tranquila. Dejó una cicatriz. Y las cicatrices, al contrario que los trofeos, también cuentan la historia. Pero el fondo sur se acordó del portugués: coreó el clásico "José Mourinho" que se escuchaba hace tiempo por el Bernabéu. Lo hizo en una sola ocasión. No más.
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En el segundo acto, más de lo mismo. El preparador portugués permaneció casi siempre de pie, corrigió posiciones y reclamó intensidad con los brazos. El Bernabéu lo observó con la curiosidad de quien vuelve a encontrarse con alguien a quien creyó conocer por completo.
Había pasado más de una década, varios entrenadores, muchas victorias y unas cuantas decepciones. Pero cuando Mourinho volvió a pisar su área técnica, el tiempo se plegó sobre sí mismo. El portugués regresó al Bernabéu y el Bernabéu comprendió que, en el fondo, nunca se había ido del todo. El Real Madrid ganó, el técnico blanco celebró sus cuatro goles y todos contentos. Mourinho ha vuelto.
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