Madrid, 3 jul (EFE).- Hace un siglo nació Alfredo Di Stéfano. Su nombre todavía aparece en cualquier discusión seria sobre el mejor futbolista de todos los tiempos. Ganó cinco Copas de Europa consecutivas, cambió la forma de jugar al fútbol y convirtió al Real Madrid en una potencia universal.
Sin embargo, hay un vacío imposible de encontrar en el currículum de cualquier otra leyenda de su tamaño: nunca disputó un solo minuto en un Mundial.
Su ausencia en las Copas del Mundo no obedece a una sola explicación. Las dos primeras fueron consecuencia de decisiones políticas que dejaron a Argentina al margen de los Mundiales de 1950 y 1954. La tercera fue un fracaso deportivo: la España de Di Stéfano no logró clasificarse para Suecia 1958. Y cuando, por fin, el destino pareció concederle una oportunidad en Chile 1962, una lesión volvió a cerrarle la puerta.
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El torneo que acabaría convirtiéndose en el gran juez de la historia del fútbol nunca pudo medir al hombre que dominó la década de los cincuenta. Di Stéfano, nacido el 4 de julio de 1926, lidera así un club extraño, el de los grandes futbolistas que jamás jugaron un Mundial, junto a George Best, Ladislao Kubala, Valentino Mazzola, Éric Cantona, George Weah o Bernd Schuster.
La primera ausencia fue también la más amarga. Cuando comenzó el Mundial de Brasil, Di Stéfano tenía 23 años, acababa de proclamarse campeón de Sudamérica con Argentina y ya brillaba en Millonarios de Bogotá, a donde emigró tras la huelga de futbolistas de 1948. La liga colombiana, el llamado El Dorado, sedujo a buena parte del talento argentino. Junto a él se marcharon figuras como Adolfo Pedernera, Néstor Rossi o Julio Cozzi. Argentina perdió de golpe a una generación excepcional.
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Aun debilitada, era una potencia. Pero nunca llegó a Brasil. Las tensas relaciones con la federación brasileña tras los graves incidentes del Campeonato Sudamericano de 1946 en un Brasil-Argentina, el éxodo de sus mejores futbolistas a una competición al margen de la FIFA y la decisión del gobierno de Juan Domingo Perón de no arriesgar el prestigio del país con un equipo mermado acabaron por cerrar la puerta. El primer Mundial que perdió Di Stéfano se decidió mucho antes del pitido inicial.
Cuatro años después, Di Stéfano ya vestía la camiseta del Real Madrid. Tenía 27 años y acababa de desembarcar en el club blanco, pero aún no era español. Hasta su nacionalización, en 1956, todavía era seleccionable por Argentina. Sin embargo, la Albiceleste, como cuatro años antes, ni siquiera tomó parte en la fase de clasificación para Suiza 1954.
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La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) volvió a dar la espalda al Mundial. Pesaron las tensiones con otras federaciones sudamericanas, los viejos desencuentros con la FIFA y una nueva decisión política del gobierno de Perón. Mientras la Hungría de Ferenc Puskás maravillaba al mundo y Alemania Federal levantaba la Copa, uno de los mejores futbolistas del planeta contemplaba el torneo desde Madrid, atrapado entre dos selecciones: una que renunció a competir y otra para la que aún no podía jugar.
Con la nacionalidad española ya en el pasaporte, Di Stéfano debutó con España el 30 de enero de 1957, en un amistoso ante Holanda previo a las eleiminatorias de clasificación para Suecia. Estaba en la cima de su carrera. Era el gran referente del fútbol europeo, ya había conquistado el Balón de Oro y aquella temporada la cerraría con 31 goles y su primera Copa de Europa. A su alrededor crecía un Real Madrid imparable y una selección española que reunía talento de sobra.
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Aquel equipo impresionaba. Junto a Di Stéfano aparecían Luis Suárez, Ramallets, Kubala, Gento, Basora o Zárraga. Parecía una generación destinada a competir con cualquiera. Pero el grupo de clasificación, con Escocia y Suiza, terminó convertido en una pesadilla. El empate ante los suizos en el Bernabéu (2-2) resultó decisivo. Después llegó la derrota de Glasgow (4-2). Las victorias posteriores ya no bastaron.
Escocia obtuvo el billete para Suecia por un solo punto. España perdió una oportunidad histórica de medir su talento frente a la Brasil de Garrincha y un joven Pelé que iniciaba allí la leyenda. Mientras el fútbol descubría a un nuevo rey, el mejor jugador de Europa seguía esperando su primer Mundial.
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La última oportunidad llegó en Chile. Di Stéfano tenía 35 años, pero seguía siendo una figura indiscutible. Terminó la temporada con 22 goles en 41 partidos, ganó la Liga y la Copa y llegó a la final de la Copa de Europa con el Real Madrid. Además, participó en la clasificación de España con dos tantos en cuatro encuentros, entre la eliminatoria frente a Gales y la repesca contra Marruecos.
Pero el Mundial volvió a escapársele antes del primer silbato. Se lesionó en San Sebastián, en un amistoso de preparación frente al Osnabrück. Viajó igualmente a Chile, sostenido por la esperanza de una recuperación imposible y por el peso simbólico de su nombre. Nunca llegó. La dureza de los entrenamientos de Helenio Herrera fue señalada después como uno de los factores que provocaron aquella lesión muscular. El Mundial lo tuvo allí, casi vestido de corto, pero nunca pudo verlo jugar.
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A aquella selección la llamaban la ONU. En ella convivían Di Stéfano (argentino), Puskás (húngaro), Santamaría (uruguayo) y Eulogio Martínez (paraguayo), además de Luis Suárez, Del Sol, Adelardo, Collar, Peiró o Gento. Parecía un equipo preparado para cualquier desafío. No pasó de la fase de grupos. Perdió con Checoslovaquia, venció a México y cayó ante Brasil.
Fue la última oportunidad de Di Stéfano. Los años pasaron por él sin piedad. Y los Mundiales, también. Incluso su despedida tuvo algo de paradoja. Murió en pleno Mundial de Brasil 2014 y la FIFA le rindió un homenaje reservado a muy pocos: antes de la semifinal entre Argentina y Holanda, el Arena Corinthians guardó un minuto de silencio mientras su imagen presidía el videomarcador. Cincuenta y dos años después de su último intento, Alfredo Di Stéfano, por fin, estaba en un Mundial. EFE
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