La emoción se impone y Madrid abraza el delirio con Amaia Montero y La Oreja de Van Gogh

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Javier Herrero.

Madrid, 28 may (EFE).- Ante el reencuentro de Amaia Montero con La Oreja de Van Gogh, Madrid venía a vivir una fiesta de la memoria y a abrazar el empeño por levantarse de un ídolo caído en un delirio colectivo en el que la emoción ha cantado mucho más alto que la necesidad de precisión.

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Transcurridas casi tres semanas del estreno de esta gira en Bilbao, los vídeos que delataban algunas desafinaciones y los consiguientes debates públicos sobre si la artista estaba a la altura del reto, tocaba comprobar cuánto hubo de espejismo, cuánto de fallo puntual.

Huelga decir que la expectación era máxima: tres noches con todo vendido en el aforo máximo del Movistar Arena dan cuenta de ello. Es el colofón natural a la telenovela en la que se vio inmerso el grupo español de mayor éxito comercial de este siglo y, hasta hace no mucho, el que tenía una imagen más blanca.

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No ayudaron ni los rumores ni la manera en que se resolvió la vuelta de Montero al grupo, tras la salida forzosa de Leire Martínez, quien fue su sustituta durante 17 años y sostuvo vocalmente a la banda hasta poder alcanzar el 30 aniversario que viene a celebrar esta gira.

Con el público dividido entre quienes conocieron las canciones de "La Oreja" cantadas por una u otra como un acto de lealtad, cabe reconocer la excitación por volver a escuchar el grueso de este repertorio de éxitos interpretados por la voz que las dejó grabadas a fuego en el imaginario general.

A eso hay que añadir que, desde su primer sencillo, 'El 28', este conjunto de San Sebastián ya dejó asentada su idiosincrasia como artefacto predispuesto para la nostalgia, que ensalzaba la memoria y la forma en la que esta le curva todas las asperezas a lo vivido: "Y paseé por mi mente y encontré / Aquel rincón que te dejé / Donde guardo los momentos que no olvidé".

Desde ahí es fácil entender la entrega de más de 15.000 personas, especialmente cuando las notas caen en su sitio con esa voz y se activan los resortes de la ilusión, como si el tiempo no hubiese pasado.

"No tenéis ni idea de las veces que hemos soñado con esto y el regalo tan maravilloso que es estar aquí con vosotros", ha declarado la artista en un momento del concierto, suscribiendo que para Amaia Montero, tras su propio periplo mental, esto es una victoria enorme.

Rodeada por sus excompañeros-de-nuevo-compañeros-y-amigos Xabi San Martín (teclado), Álvaro Fuentes (bajo) y Haritz Garde (batería), con Luis Meyer a la guitarra en ausencia de Pablo Benegas en esta gira, la cantante es probablemente la persona que más disfruta, risueña, despreocupada, jugando con el público a repetir unos melismas imposibles que en su cabeza probablemente suenan mejor.

Porque este concierto solo puede funcionar como una ilusión sostenida colectivamente. El momento más simbólico es cuando emerge al inicio a través de una plataforma en mitad del escenario, una metáfora de ascensión que el público abraza entusiasmado, como cuando después, durante 'El último vals', uno de los temas problemáticos en Bilbao, subraya una nota sostenida con vigor y se celebra como un gol.

En honor a la verdad, a Montero se le olvida la letra en varias ocasiones, deja caer el volumen que imprime a la música en varias ocasiones como si perdiera el interés en acabar las frases y, pese a unos coros que suenan altos como colchón, su garganta no ofrece la flexibilidad de antaño.

"¡Os habéis ido de tono!", llega incluso a reprender con humor y sorna a un público cómplice que, después de cantar 'Rosas', no duda en gritarle: "Amaia, Amaia, ¡te quiere todo el mundo!".

Poco queda de la mujer asustada que, tras años de ostracismo público y de recuperación, reapareció junto a Karol G en 2024 para cantar esa misma canción en el estadio Santiago Bernabéu en loor de multitudes.

La Oreja de Van Gogh ha acumulado tantos éxitos a lo largo de estos 30 años que el repertorio, a pesar de las numerosísimas y anticlimáticas paradas entre tema y tema, hace que todo se mantenga a flote y en muchas ocasiones rebose desde que el concieto arranca con '20 de enero' y un mar de brazos en alto.

Que esto es una fiesta colectiva lo prueban las múltiples ocasiones en las que el colosal fondo de pantallas pincha la imagen del público, colgado entre abrazos de amigos que entonan juntos y a viva voz canciones como 'París', 'La playa', 'Pop', 'Soledad' o 'Puedes contar conmigo', ya al final, tras casi dos horas de música.

Poco antes, en otra de las más aclamadas, 'Cuídate', Montero se agacha hacia la gente como para darle más cuerpo a sus palabras, mientras señala el escenario y canta lo que bien podría ser la conclusión de todo esto: "Tú cuídate, aquí yo estaré bien". EFE

(foto)(vídeo)