Energía nuclear: de patito feo a objeto inconfesable de deseo

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Madrid, 25 abr (EFE).- Cuarenta años después del accidente de Chernóbil (Ucrania) en 1986, la imagen de la nuclear ha mutado espectacularmente: de ser vista como una energía peligrosa de gestión complicada con un claro rechazo social ha pasado a convertirse en esperanza de la economía..., y con etiqueta de verde.

Occidente la contempla ahora como solución para recuperar una energía fiable y asequible e incluso la UE la clasificó en su Taxonomía Verde en 2022, pese a las críticas de las organizaciones ecologistas.

A esta nueva visión se ha sumado hasta la exministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, siempre a favor de su desmantelamiento en España, que ahora desde su puesto de vicepresidenta y eurocomisaria de la Competencia apoya no sólo la prolongación de vida de las centrales operativas sino la construcción de otras nuevas.

La causa principal son las guerras -la de Ucrania y Rusia primero y la de Israel y EEUU contra Irán después-, que han disparado las tarifas eléctricas y puesto contra las cuerdas la economía mundial.

Según la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) tres países generaban el 60 % de electricidad nuclear en 2024: EEUU (30 %), China (16 %) y Francia (14 %) pero hay una treintena de países operando 413 reactores y construyendo otros 67.

De ellos, sólo tres son iberoamericanos -Argentina (3 centrales), Brasil (2) y México (2)-, mientras que España dispone de 5 centrales con 7 reactores operativos que generan aproximadamente el 20 % de su electricidad anual.

El actual Gobierno español pretende la sustitución de la nuclear por las renovables -eólica, fotovoltaica e hidrógeno verde, fundamentalmente- y las empresas eléctricas propietarias de las centrales aceptaron en 2019 su propuesta de apagón progresivo entre 2027 y 2035.

La creciente inestabilidad geopolítica y la menor fiabilidad de las fuentes renovables llevaron sin embargo a las mismas empresas a solicitar una prórroga de las centrales, so pena de una subida incontrolable del precio de la luz.

Así, un reciente informe de la consultora PricewaterhouseCoopers asegura que, sólo con que una instalación -la de Almaraz- hubiera estado cerrada durante el comienzo del conflicto que ha cerrado el estrecho de Ormuz, el precio del mercado diario de electricidad habría aumentado en 47 euros por megavatio/hora, además de incrementar las emisiones contaminantes en 4,9 millones de toneladas métricas de CO2.

A la espera del informe del Consejo de Seguridad Nuclear que dé vía libre o no a esa prórroga, en el caso de que España consumara el apagón nuclear, se convertiría en el segundo país de Europa y del mundo en abandonar este tipo de energía, tras Alemania en 2023.

La entonces canciller federal alemana Angela Merkel, apoyada en el movimiento antinuclear de fuerte implantación en su país, dictó el cierre de las instalaciones germanas en 2011, tras el pánico internacional creado por el terremoto y el tsunami que afectaron a la central de Fukushima (Japón) y el proceso culminó en 2023 con la desconexión de los últimos tres reactores.

Pero las guerras han cambiado la percepción de la situación en muy poco tiempo, como demuestra la intervención de la actual ministra alemana de Economía y Energía, Katharina Reiche, en la reciente CERAWeek, el foro internacional más importante de la industria energética, celebrado el mes pasado en Houston (EEUU).

Reiche afirmó allí que "el abandono de la energía nuclear fue un gran error y lo vamos a corregir" porque "nos concentramos demasiado en la protección climática y subestimamos la asequibilidad".

Además, atacó la política de subvenciones a las renovables porque "no podemos permitir que un parque eólico o solar reciba pagos incluso cuando los precios son negativos o la red está saturada", así que "la energía accesible, abundante y segura -en referencia a la nuclear- debe volver al centro de la política".

En diciembre de 1953, el entonces presidente de los EEUU Dwight D. Eisenhower pronunció, ante la Asamblea General de la ONU, uno de sus discursos más famosos: 'Átomos para la paz', que impulsaría el nacimiento de la OIEA.

El único país del mundo que ha utilizado el arma atómica en una guerra -para volatilizar literalmente las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki y matar a cerca de medio millón de víctimas, bien por la explosión, bien por la posterior radiación- se presentó entonces como abanderado de la paz promoviendo el uso civil de la nuclear para generar electricidad.

Más de 70 años después, el mismo país, dirigido ahora por Donald Trump, acusó a Irán de desarrollar tecnología nuclear no para ese uso civil sino para desarrollar armamento atómico y atacó por sorpresa al régimen de Teherán el pasado mes de febrero.

El temor de que alguien decida utilizar de nuevo el armamento nuclear subraya la eterna contradicción humana: usar el cuchillo para cortar pan o para apuñalar al prójimo.