Redacción ciencia, 2 abr (EFE).- Los pulpos son animales solitarios que solo se encuentran entre sí de forma esporádica para aparearse. Una investigación ha constatado que uno de sus ocho brazos, el que les sirve para reproducirse, tiene la capacidad sensorial de detectar y fecundar a las hembras sin tan siquiera verlas.
El hallazgo, de un equipo de doce investigadores pertenecientes a universidades de Estados Unidos, Japón y Suecia, protagoniza este jueves la portada de la revista Science.
“Previamente habíamos descubierto que ese brazo estaba especializado para el apareamiento, pero se desconocía que fuese un órgano sensorial mediante el cual los pulpos reconocen a sus parejas y las fecundan”, subraya uno de los autores, Nicholas Bellono, profesor de Biología Molecular de la Universidad de Harvard.
Durante el apareamiento, el brazo especializado (hectocotilo) se desliza hasta el manto de la hembra (una cavidad en el cuerpo principal que contiene los órganos vitales), localiza el oviducto reproductor y deposita un paquete que contiene esperma denominado ‘espermatóforo’.
El hectocotilo también contiene un surco especial para transportar el 'paquete de esperma' desde los testículos, situados en el manto del macho, hasta la punta de la extremidad.
Pero, ¿cómo sabe un pulpo macho cuándo ha encontrado los oviductos? Los investigadores han visto que en el interior de los tubos del brazo especializado del pulpo macho hay diferentes sustancias y que la liberación de esperma solo se produce cuando las pequeñas ventosas de la punta del hectocotilo entran en contacto con la progesterona de las hembras.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores han llevado a cabo varios experimentos con el fin de conocer mejor el sistema sensorial de los cefalópodos.
Los brazos del pulpo exploran el fondo marino como ocho lenguas musculosas; una sola ventosa, por ejemplo, contiene unas 10.000 células sensoriales. La mayoría de los 500 millones de neuronas del pulpo se distribuyen en los tentáculos (no en el cerebro) y estos apéndices pueden funcionar de forma autónoma.
“Nos sorprendió descubrir que el hectocotilo estaba salpicado de sensores iguales a los de los demás tentáculos y que los machos no lo suelen usar para explorar o buscar alimento. Lo mantienen cerca del cuerpo, enrollado, y no lo utilizan para explorar el fondo marino sino para aparearse”, apunta otro de los autores, Pablo Villar, investigador en la misma universidad.
En otro experimento, los científicos colocaron pulpos machos y hembras, de la especie ‘Octopus bimaculoides’ del Pacífico, a ambos lados de una barrera opaca en un tanque de agua salada. El separador tenía pequeñas aberturas lo suficientemente anchas como para que cupieran los tentáculos.
Incluso sin señales visuales, vieron que el macho podía alcanzar el otro compartimento, encontrar a la hembra e insertar la punta del hectocotilo en su manto.
Las hembras, que podían acercarse a un rincón inaccesible del tanque, a menudo acogían con agrado ese acercamiento y no se alejaban del separador. “Tanto el macho como la hembra detenían todo movimiento, a veces durante más de una hora, para hacer la transferencia del esperma”, describen los investigadores en su artículo.
“Se aparearon a través del separador. Lo que supone la demostración más sencilla y clara de que pueden reconocerse mutuamente utilizando únicamente la sensación química sin necesitar el contacto corporal completo”, destaca Villar.
Los investigadores llegaron a observar emparejamientos similares entre diferentes machos y hembras, incluso en completa oscuridad. Sin embargo, cuando se acercaban dos machos, estos no intentaban aparearse, lo que indica que las hembras emiten algún tipo de señal que reconoce el macho.
Analizando muestras de tejido de los órganos reproductores femeninos, descubrieron que estaban enriquecidas con moléculas precursoras de la progesterona, un esteroide femenino. Dos experimentos posteriores lo confirmaron.
En un caso, los investigadores amputaron un hectocotilo, expusieron el apéndice a la progesterona y observaron que se movía vigorosamente. En otro experimento, los investigadores colocaron pulpos machos y hembras a ambos lados de una barrera, pero justo antes de que se consumara el apareamiento, la hembra fue sustituida por tubos recubiertos de progesterona.
Los machos exploraron los tubos impregnados de progesterona como si fueran el manto de una hembra, pero no mostraron interés por los tubos untados con otras sustancias químicas.
Al observar el hectocotilo a través de un microscopio, los investigadores vieron que estaba salpicado de pequeñas ventosas como las de los otros brazos.
Mediante técnicas de tinte y secuenciación de células individuales, revelaron que estos tejidos estaban densamente entretejidos con nervios y células sensoriales, que confirman esta función químico-sensorial.
Finalmente, trataron de identificar qué receptores detectaban las hormonas sexuales femeninas. Solo uno respondía con fuerza a la progesterona, una hormona que se ha mantenido a lo largo de la historia evolutiva, aunque se ha ido perfeccionando y, en la actualidad, ayuda también a los pulpos machos a reconocer a posibles parejas de su propia especie y a distinguirlas de otras.
Este sistema de señalización sexual ejemplifica lo que los biólogos denominan “selección diversificadora” para agudizar las distinciones entre especies estrechamente emparentadas.EFE
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