
Para Michael Goss, las "chicas" son parte de la familia. Cuando este isleño de 37 años habla de sus Land Rover, uno podría fácilmente pensar que está hablando de personas reales: cada coche tiene un nombre, y Goss está al tanto de los datos técnicos y la historia de cada uno. Qué motor, qué reparaciones necesita, cuándo lo consiguió de quién y cómo: el criador de ovejas describe sus coches con la mayor pasión. Frente a su casa, en medio de la nada de las islas Malvinas, luce orgullosa una flota de 78 Land Rover. Goss no es el único apasionado de los Land Rover en estas remotas islas del Atlántico Sur. Nick Pitaluga, por ejemplo, tiene actualmente unos 25 todoterrenos Land Rover en su granja Salvador, siete de los cuales se utilizan regularmente. "De alguna manera han acabado en nuestras manos algunos modelos raros y las primeras unidades de algunos tipos", señala Pitaluga riendo. "A algunos los salvamos de ser destruidos o alterados irremediablemente, otros fueron hallazgos fortuitos", añade. Los vehículos todoterreno forman parte de la escena callejera de las islas Malvinas. Según datos proporcionados por la dirección de Tránsito de las islas, en este territorio británico de ultramar hay 2.986 Land Rover registrados. Con una población total de algo menos de 3.500 habitantes, esta cifra se traduce en un Land Rover por cada adulto. Los isleños están convencidos de que apenas hay una tasa más alta en el mundo, ni siquiera en la madre patria, Gran Bretaña, donde los coches forman parte de la flota de la realeza desde hace mucho tiempo. Los vehículos tienen una enorme ventaja: se adaptan fácilmente al terreno accidentado de la isla, que cuenta con pocas carreteras asfaltadas. "Son auténticos caballos de batalla", dice Simon Benjamin, el único vendedor de coches en kilómetros a la redonda. Este hombre de 39 años conduce él mismo un Rover, un Defender 90, nombre que también le puso a su cuenta de Instagram. "Un Land Rover te llevará a cualquier lugar que quieras ir en las islas Malvinas", asevera Benjamin. Hasta finales de la década de 1980, apenas había carreteras adecuadas: el único acceso hasta la granja de Goss, en Horseshoe Bay, sigue siendo un camino de grava que atraviesa interminables tierras de pastoreo. Cuando nieva, se hace difícil transitar por él, incluso con un Land Rover. "Son ruidosos, incómodos y poco modernos", admite Goss. "Pero tienen personalidad", destaca. Tampoco equipan mucha tecnología, lo cual es una ventaja, ya que en la isla apenas habría forma de sustituir rápidamente los modernos componentes electrónicos. Los Land Rover no ofrecen florituras, y la mayoría de ellos no necesitan un taller para las reparaciones sencillas. Los vehículos también son robustos. "Se pueden cargar ovejas, algo que probablemente no se haría con un costoso vehículo todoterreno", asevera Benjamin. Sin embargo, la predilección por los Land Rover ha disminuido con el tiempo. "Antes había muchos más", informa el vendedor, y añade que, hasta la década de 2000, casi no había otras marcas. Entonces, comenzaron a llegar los modelos japoneses. "No tan buenos en el terreno como el Land Rover, pero mucho más asequibles, más cómodos y con más potencia bajo el capó", señala Benjamin. Su tienda supo ser un concesionario oficial, los coches venían de Brasil. En la actualidad, vende todo lo que puede conseguir. "Ahora tenemos mejores carreteras, por lo que algunas personas están comprando vehículos más pequeños", informa Benjamin. El punto de fricción para él y los demás amantes de Rover: no les gusta el nuevo Defender. Michael Goss se ofusca cuando habla del tema, y opina que es demasiado feo, demasiado sofisticado, demasiado caro. Pitaluga comparte su opinión: "Las ventas de Land Rover han disminuido en las islas desde que el antiguo Defender dejó de producirse". Benjamin lo confirma: "Hemos importado cuatro Defender nuevos, no más", señala. "Son bastante caros en comparación con el antiguo Defender", añade. Los habitantes de las Malvinas prefieren atenerse a los modelos conocidos. Aunque sean antiguos, es probable que los vehículos tarden en desaparecer de las islas Malvinas. Según Pitaluga, los ejemplares especialmente bien mantenidos son una buena inversión. Goss no puede imaginarse ningún otro coche. "Al Land Rover lo llevo en el corazón", enfatiza el fornido isleño sonriendo. Posee un total de 98, al menos según el último recuento. ¿Así que faltan dos más? "No, doce más", responde Goss. Su meta es llegar a los 110, que es el nombre de un conocido modelo de Land Rover. Si ese será entonces realmente el último objeto de su colección, queda aún por verse. dpa
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