Digamos la verdad: Antonio Cafiero no era un tipo venerado en el peronismo. Su generosidad, vocación por la lectura, pasión por el debate, lo hicieron una rara avis en el movimiento fundado por un militar, desde el poder del Estado, que hacía de la obediencia la mejor virtud de un político o funcionario. Cafiero nunca obtuvo la "Medalla de la Lealtad" que Juan Domingo Perón otorgaba en sus dos primeros gobiernos y, de hecho, nunca se llevaron demasiado bien.
Por su formación, y gracias a su vínculo con Eva Duarte, fue designado asesor financiero en la embajada argentina en Washington, luego tuvo un paso por la Cancillería, y rápidamente fue convocado a refrescar un gabinete desgastado por el estancamiento económico, la inflación y la falta de dólares, donde ocupó el Ministerio de Comercio Exterior. Era 1952.
Tenía 30 años y fue el ministro más joven del gabinete. Cuando lo entrevisté para mí biografía de Raúl Apold, me contó que a pesar de tener un rango superior, fue él quien visitó al subsecretario de Prensa a su despacho y quien se puso a disposición para lo que pudiera necesitar. Apold funcionaba como un jefe de gabinete y los ministros sentían que debían reportarle. "Era un tipo que daba miedo", me confesó. Pero Antonio siempre fue el rebelde dentro del poder. A los dos años, asfixiado por la atmósfera autoritaria acrecentada por Perón en su enfrentamiento con la Iglesia, decidió renunciar.
En el peronismo, siempre se creyó que esa renuncia se debía a que Cafiero era algo así como un "chupacirio". A mí me explicó otra cosa. "Perón estaba equivocado. Veía enemigos en todos lados, creía que podía reemplazar la religión católica por una religión peronista para evitar la intermediación de los curas en los púlpitos, hacer que el pueblo le rezara a Evita en lugar de a la Vírgen María. Yo intenté hablar con él, pero no escuchaba a nadie que dijera lo contrario de lo que quería escuchar. Pensé que renunciando iba a llamar su atención". Por supuesto, esa renuncia no lo privó de la cárcel cuando el golpe de la Libertadora.
Durante los años de la Resistencia Peronista recompuso su relación con Perón. Alejados del poder, hablaron a fondo de la importancia de la unidad del peronismo y se recomendaban lecturas que, luego, discutían por horas. Cafiero estuvo en el avión que lo trajo de regreso a Perón el 17 de noviembre de 1972, pero otra vez su tendencia al pensamiento propio volvió a enfrentarlo a Perón, y cuando éste llegó a la presidencia, en 1973, lo humilló poniéndolo al frente de la Caja Nacional de Ahorro y Seguro.
Hasta allí fue, sin sentirse deshonrado. Pasó por la intervención en Mendoza, que el aparato de inteligencia de José López Rega aprovechó para ensuciar su imagen instalando que había robado un piano (que ahí sigue estando), y más tarde partió a la embajada argentina en el Vaticano. En Roma estaba el 24 de marzo de 1976. Pudo haberse quedado. Decidió volver a la Argentina, donde sabía que nuevamente lo esperaba la cárcel. Es que la dignidad, la ausencia de cinismo y la correspondencia entre el decir y el hacer es lo que marcó la vida política de Cafiero.
En 1983, con el retorno de la democracia, su nombre estuvo entre los presidenciables. Quedar al margen de la derrota frente a Raúl Alfonsín, es lo que le permitió liderar la recuperación del peronismo. Para hacerlo, cruzó un límite lacerante para él, como fue abandonar el Partido Justicialista para crear una nueva alianza electoral con la Democracia Cristiana que lideraba Carlos Auyero. La victoria en 1985 frente al PJ que conducía Herminio Iglesias fue contundente, y dio inicio a su mejor aporte institucional al peronismo y a la democracia argentina, como fue la Renovación Peronista.
Con esta agrupación ganó las elecciones a gobernador en 1987, defendió la democracia que los carapintadas pusieron en riesgo respaldando -sin dudar un segundo- a Alfonsín, y recuperó el aparato nacional del PJ que estaba dispuesto a consagrarlo candidato a presidente sin más. Pero quiso ser coherente con sus principios democráticos, y llamó a elecciones internas, las más limpias de las que se tenga memoria en la historia del peronismo.
Antonio Cafiero, el líder democrático y racional, perdió en su ley con Carlos Menem, el líder populista y emocional. Seguramente Cafiero hubiera realizado un programa afín a las ideas que dominaban en los 90, pero con menos desmesura y poca corrupción. Pero la gente eligió a quien prometía el salariazo y después privatizó sin anestesia.
Es que Cafiero jamás fue discrecional en sus acciones y antes de tomar una decisión, evaluaba el punto de vista de todos. Tenía la visión de un hombre de Estado, y pensaba en el futuro del país, no en el suyo propio. Elegía como funcionarios a los mejores profesionales para cada cargo y no a quienes se sometieran a sus caprichos. Estaba en las antípodas de la vocación hegemónica en la política y promovía siempre el debate en sus equipos. Prefería largas discusiones de gabinete antes que mezclarse en movilizaciones populares para que lo tocaran como si fuera un enviado de los dioses. No inventaba relatos ni quería refundar la historia.
O sea. Antonio Cafiero no era lo que los argentinos en general, y los peronistas en particular, elegimos mayoritariamente para gobernarnos. No era autoritario, ni demagógico, ni discrecional. Era un líder democrático. De esos que la Argentina sólo aprende a valorar cuando ya no los tiene.