Sin demasiada coordinación, permanentemente la sociedad realiza elecciones sobre su presente y su futuro. Sus aciertos y errores impulsan procesos de reflexión que, en la práctica, parecen diluirse cuando lo repetitivo no se supera. Diariamente vemos individuos que arrojan envoltorios a la vía pública, porteros que empujan con agua la basura a la calle, taxistas que limpian sus alfombras en las esquinas y padres que "se distraen" y no se hacen cargo de sus hijos. No percibimos nuestros desatinos porque nos manejamos con la vaga idea que se corregirán naturalmente o que alguien más hará el resto del trabajo. A nivel macroeconómico, las crisis muestran estas conductas. Sin mediar reparaciones, se piensa que el daño se subsanó cuando "la tormenta" pasa y, orillando la hipocresía, nos traumamos cuando nos encontramos con familias enteras durmiendo "al calor" de las estrellas y nos preguntamos: ¿la crisis no había terminado? Con un dejo de cómoda ignorancia, omitimos la situación del prójimo (ó próximo) que ingresa a la pobreza y la villa y hasta suponemos que tan rápido como entró, saldrá gracias a los incentivos (neoclásicos) y su perseverancia (él puede). Luego medimos y analizamos estas tragedias de manera superficial al elegir arbitrariamente los períodos de análisis, no considerar los impactos estructurales de las crisis y observar el fenómeno con los ojos que utilizamos para vernos nosotros mismos.
Nos conviene sentirnos confundidos. Si repentinamente aumenta nuestra capacidad de compra de bienes importados, no obramos pensando si esas condiciones más laxas provinieron de ingentes avances en materia de productividad (una tecnología, por ejemplo), de un descubrimiento desarrollado en tiempo récord (un yacimiento como Vaca Muerta) o, por el contrario, si las mismas no poseen fundamentos. Pocas veces actuamos con prudencia y sensatez (cordura) ante los artificios aparecidos de "la noche a la mañana" y, por ello, "muchas veces", firmamos contratos que, como sociedad, nunca cumpliremos. No se nos ocurre relacionar tiempos y desarrollos de eventos. Un ejemplo nos ayudará. En pocos años, entre fines de los ochenta y principios de los noventa, en la Argentina se pasó de la agonía hiperinflacionaria al éxtasis consumista y financiero. Diez años más tarde, la realidad se transformó en una verdad. El Gobierno, los opositores políticos y la sociedad civil aplaudían mientras viajaban por las nubes pero, cuando se debió volver a tierra, el impacto del hard landing sólo resonó en la puerta de Balcarce 50.
Siempre es recomendable vivir administrando de manera consistente y estable la satisfacción de necesidades. Los cultores del mercado y la libertad individual (los grupos sociales beneficiados por laissez faire, laissez passer, por lo general) sostienen que el individuo es racional y aprende. Señalan que prefiere un flujo regular de consumo (Friedman, 1985) pese a que, en su ciclo vital, se enfrente a cambios en sus ingresos devenidos de la inevitable entrada a la vida pasiva. "Desde el jardín", opinan que ese "deber ser" no debe interrumpirse aunque la empresa a financiar sea "la inclusión" (de la familia que duerme "a cielo abierto", por ejemplo). La teoría microeconómica convencional respalda estos andamiajes cuando, en "términos amigables", afirma que los consumidores maximizan la utilidad sujetos a los recursos que tienen a su disposición a lo largo de la vida (Modigliani, 1986) o que sólo alcanza con la conducta de un individuo racional que, por la disposición de información y su capacidad de procesamiento, nunca cometerá errores sistemáticos (Lucas, 1986).
Los estudios de Modigliani, Friedman y Lucas (y otros más) basados en incentivos y acciones individuales, constituyen ejercicios pedagógicos e intelectuales interesantes que nos ayudan a tratar temas tales como la manera en que se procesa la información en sociedad. Sin embargo, para el caso argentino (por ejemplo), no nos explican las fuerzas que impulsaron la abrupta pérdida de valor del peso en enero pasado y las elevadas tasas de interés que todavía persisten en el mercado de créditos y limitan la actividad económica. Menos aún, la manera en que las expectativas del "súper individuo" de Lucas condujeron a convalidar turismo exagerado por el mundo, permitieron comprar autos importados como si siempre hubiese sido posible hacerlo y se quejaron de modo irascible cuando todo se esfumó. Como estos mensajes están diseñados para convencer que el mundo funciona como sólo él lo hace en su intimidad cuando camina "de la cama al living", luego se siente engañado y furioso. Su conducta revela que entiende poco acerca de lo efímero de "fiestas" (y penurias) y que el regreso a "la normalidad" es inevitable. Más aturdido aún se siente cuando le impiden consumir en moneda extranjera (restricciones cambiarias).
En toda esa inconciencia colectiva fogoneada por flujos de información segmentada y comunicación sesgada, plasmada en un consumo con matices de gula, el desentendimiento de las responsabilidades es el demoledor denominador común. Se transmite que el crecimiento económico descontrolado, el gasto desmedido, la emisión monetaria necesaria para financiar brecha fiscal y la suba de los precios internos consecuente estimulan el gasto en el exterior (luego se habla de "etapas perdidas"). Estos excesos, a diferencia de lo que enseña la microeconomía neoclásica, en la Argentina parecieran no tener punto de saciedad y contagiar a un individuo con memoria corta. En las sociedades más estables, donde germinan estas teorías, no se sufre tan intensamente esta "atracción fatal" por la producción y los pasivos financieros externos, ni el individuo tiene asaltos de enajenación irracional. Este riesgo es permanente en la Argentina y se viraliza explosiva e inconsistentemente. La cultura consumista es la forma en que los miembros de una sociedad de consumidores actúan irreflexivamente //...// sin pensar en aquello que consideran el propósito de sus vidas //..// sin pensar en cómo distinguen todo aquello que es relevante //..// sin pensar hasta qué punto temores y deseos se compensan unos a otros (Bauman, 2007). Sucede en el mundo y en las urbes argentinas globalizadas. Sin pensar, se financia gasto con moneda que no disponemos y, cuando todo se interrumpe y la moral se desmorona, sin pensar se pide a gritos abandonar la moneda nacional para sólo utilizar dólares (dolarizar la economía) como lo hacían hace 13 años algunos personajes que se internan en frentes y muestran por televisión. Sin pensar no se contemplan las bondades de la moneda nacional para manejar la evolución del empleo; sin pensar se olvida que es de la interacción entre lo público y lo privado dónde emergen estos artificios; sin pensar se señala que sólo el Estado (y su siempre creciente corrupción) es responsable y sin pensar no se tiene en cuenta que este argumento debe soslayarse si se pretenden establecer límites y responsabilidades como toda sociedad moderna. Sin pensar es imposible generar valor y diagramar futuro; pensar un contrato social es el comienzo.
(*) Gustavo Perilli es economista, socio en AMF Economía y Profesor de la UBA
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