Si uno creía, a menos de dos años para el final del kirchnerismo, que la película definitiva sobre uno de los ciclos políticos más preocupados por su legado en la historia argentina ya estaba filmada (Infancia clandestina, sobre cómo los montoneros eran unos ángeles, o tal vez los documentales hagiográficos de Néstor Kirchner), de repente llega un policial de factura hollywoodense y adaptado de un libro de la novia de un dirigente radical para imprevistamente reclamar ese título.
"Betibú", lanzada hace menos de dos semanas en los cines con considerable éxito y basada en la conocida novela de Claudia Piñeiro, conserva algunas de las ideas del texto original más afines a lo que podría llamarse "la cosmovisión 678" (los medios de comunicación están manejados por personas inescrupulosas; los barrios cerrados son "El Mal") y la satura de guiños militantes y paranoia bienpensante hasta elevar un misterio convencional y levemente politizado en parábola nostálgica sobre el inmimente fin de ciclo K. Este procedimiento, que de no ser tan explícito podría ser astuto, puede resumirse en siete características de esta transposición.
Respetando los lineamientos de la trama imaginada por Claudia Piñeiro, ella misma una habitante de un barrio privado desde hace 20 años, el crimen central de la película ocurre en un country, lugar al que se trasladará la protagonista Betibú (Mercedes Morán) para escribir sus artículos para el diario El Tribuno y desentrañar in situ el misterio. El lugar es presentado no solo como una pesadilla endogámica donde el asesinato es un hobbie burgués más sino que, evocando el discurso de un gobierno que en el 2012 amagó con presentar un proyecto de ley para abrir los barrios cerrados, también como el símbolo máximo de exclusión social, donde el personal de seguridad es siempre abusivo hacia quien venga de afuera y las empleadas domésticas, con previsible tonada norteña, son pobres mujeres explotadas. Sutileza, no gracias.
Uno pensaría que nadie que no se llame Diego Brancatelli tendría como dieta informativa los medios ultraoficialistas de CN23 y Página/12, pero en el universo de la película de Betibú, eso es casi todo lo que existe y la gente consume. Fanego -en la piel de un cínico periodista, lo mejor de la película- recomienda no leer El Tribuno porque miente e incluso le hace un reportaje a quien será la primera víctima que es transmitido en la poco vista señal noticiosa del grupo Veintitrés y será clave en la trama. ¿La conclusión? CN23 equivale a la muerte.
Si bien las críticas a los diarios masivos ya estaban en la novela original lanzada en el 2011, cuando la aprobación de la ley de medios había alcanzado el estatus de cruzada religiosa para el cristinismo - lo seguiría siendo por un par de años más hasta su anticlimático final- y la autora alababa a través de uno de los protagonistas la integridad de Rodolfo Walsh, la película expande este aspecto de una manera tan exagerada que lo único que falta es una canción de Ignacio Copani subrayando este mensaje. Fanego explica en una escena que "los periodistas venden el culo por dos pesos" y le aconseja al chico nuevo (Alberto Ammann) que para conseguir información de un juez sobre la investigación le prometa la publicación de una gacetilla (sí, la Justicia tampoco es confiable, una reforma seguramente no le vendría mal). El director de El Tribuno (José Coronado), que por cuestiones de co-producción en la película ya no es más argentino como en la novela sino español, vive una vida rebosante de champán e infidelidades y no tiene problemas en censurar una nota si alguien de arriba se lo pide. Si todo los periodistas fuesen más como Florencia Saintout y no como cierto CEO...
Como cualquiera que escuche las conferencias de prensa de Jorge Capitanich sabe, el mundo es un lugar repleto de políticos neoliberales que someten a los ciudadanos a ajustes, mientras la Argentina es ese edén donde nada malo ocurre y Cristina dirige el país con el candor de una madre. La película suscribe a esta doctrina y lo único que presenta del mundo es una Estados Unidos con tiroteos, una Turquía inestable y una España en crisis (por suerte, como se lo aclara el director de El Tribuno a Betibú cuando le pregunta cómo van los negocios, la casa matriz española que posee el diario tiene las ganancias de las filiales sudamericanas para contrarrestar el mal momento de la Madre Patria). Nuestramérica, salvando la economía europea desde 1492.
Esta es una verdad de perogrullo del credo kirchnerista desde el conflicto con el campo en 2008, y la película sigue al pie de la letra ese postulado. La demonización de los habitantes del country, todos oligarcas y terratenientes, alcanza su delirante cénit en una escena en la que uno de los protagonistas indaga en el pasado de un grupo de amigos y descubre lazos militares. En letras catástrofes procedentes de la tapa de un diario se lee "LA RURAL" seguido de una foto de un jerarca castrense ubicado en un palco -muy parecido al de cierto predio en Palermo- junto a otros hombres de apariencia conservadora, todo esto acompañado de una siniestra música que no hubiese estado fuera de lugar en una película de monstruos de Bela Lugosi de los años 30. Pero hay más. Interrogado por la reciente compra de un terreno de su fallecido hermano, otro personaje aclara que era un deseo de su mujer, "igual que algunos le compran a sus esposas tiendas en Palermo o le ponen una ONG". El barrio porteño burgués por excelencia y el trabajo social por fuera del Estado, también asuntos risibles para la película.
Además de un elenco pletórico de actores ultrakirchneristas (junto a Morán y Fanego, están Gerardo Romano, Lito Cruz y Osmar Nuñez), la película exhibe algunos insólitos cameos partidarios, como el del ex jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quien aparece hablando desde un televisor en un segundo plano, y hasta se rebautiza el clásico británico El puente sobre el río Kwai como El puente sobre el río K (el afiche de la película aparece en la película deliberadamente incompleto; cualquiera que trabajó en el sector audiovisual sabe que nada de lo que aparece dentro del cuadro, menos en una producción tan cuidada, queda librado al azar).
Al igual que en la novela, el desenlace de la película estará marcado por la frustración y la injusticia. Pese a que el misterio es resuelto, sus responsables no serán castigados y la verdad no saldrá a la luz. Pero mientras que la novela exhibe un resignado desencanto frente a esta situación, la película amplifica la denuncia de una red de poderosos que impide a la gente decente hacer el bien. Cualquier semejanza con el temible "Círculo Rojo", aquella entelequia opositora mencionada por Mauricio Macri y transformada por la retórica oficial en un grupo omnipotente en las sombras, como si se tratara de una logia del mal, es más que casual. Pero mientras que en films de maestros de la paranoia como Roman Polanski (la excelente El escritor fantasma es una clara inspiración para Betibú, que hasta copia su final abierto en la calle y el score hitchcockiano de Alexandre Desplat durante sus créditos) las conspiraciones siempre apuntan a una metafísica del mal y las ansiedades internas del protagonista, no a un enemigo puntual, aquí el adversario parece ser la restauración conservadora y las corporaciones, que condenan a nuestros héroes al ocaso. Los que pensaban que la única disputa entre Mercedes Morán y Sergio Massa fue la que se dio en una reciente mesa de Mirtha Legrand, tienen que ir a ver Betibú para verlos enfrentados una vez más.