Adolfo Suárez González, "el presidente de la concordia" según la definición de la agencia EFE, fue capaz de proyectar su ambición personal y transformarla en la de todos los españoles para romper las ataduras del franquismo y abrir las puertas a la democracia en España.
"He sido un buen servidor del Estado y de los españoles", declaró en 1995 al ser preguntado por su labor al frente del Gobierno, en un programa de televisión en el que elogió la figura del rey Juan Carlos, que le dio la oportunidad de ser lo que más le gustaba y en el momento más complicado.
"Le quiero mucho", reconoció entonces Suárez, porque al decidir nombrarle presidente del Gobierno, el monarca se jugó "casi el reinado" y porque le mostró su apoyo cuando "estar a mi lado era casi un acto de heroísmo".
Al igual que el rey, Suárez poseía simpatía, don de gentes y, sobre todo, empatía. Tres cualidades clave para dirigir el cambio político de la dictadura -donde comenzó su carrera política, lo que le permitió conocer el régimen desde dentro- a una democracia joven que, en esos años, no supo valorar su figura.
En medio de dos fuegos
Ambicioso, joven e inexperto, Suárez recibió entonces las críticas de todos, los provenientes del franquismo y los que, tras él, protagonizaron también la Transición, a quienes tuvo que demostrar que apostaba igual que ellos por la democracia.
Y lo hizo gracias a un carisma que todos le reconocieron. Por encima de todo, Suárez poseía encanto personal, poder de seducción. El que necesitó para que todos hicieran concesiones al otro, para que cedieran en favor del futuro que hoy vive España.
"Puedo prometer y prometo", fue la fórmula con la que se ganó la confianza de los españoles, esperanzados en superar un episodio negro de su historia.
Retirado de la política en 1991, dedicó sus últimos años a su familia y lo justificó así: "Yo ya he hecho mi trabajo y ahora tengo deudas que cumplir con ella, por tantos años que he dedicado a la política".
En 1995 confirmó que no regresaría a la política: "Nunca voy a volver a ella, aunque sea difícil. Yo soy un político de raza. Es lo que más me gusta. Diría incluso que no sé hacer otra cosa".
A raíz de la muerte de su esposa, Amparo Illana, Adolfo Suárez sufrió una cruel enfermedad que dejó sin recuerdos a quien había sido memoria viva de la Transición aunque, en compensación, le ahorró el dolor de asistir a la muerte de su hija mayor, Marian.
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