Los días finales: el 19 y 20 de diciembre

Todos los  detalles sobre esas jornadas históricas dentro de un relato pormenorizado, hora por hora, se pueden leer en el libro El Corralito, del periodista Lucio Di Matteo. A continuación, los fragmentos más relevantes de los capítulos

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El 19 de diciembre:

Falta poco para la medianoche, y la Argentina vive uno de los peores momentos de su historia. Hasta ese momento hay siete muertos confirmados, como resultado de la represión a saqueos y manifestaciones. Todo el gabinete de ministros presentó formalmente su renuncia, aunque algunos de ellos –especialmente Cavallo– no se dan por enterados.

Toda la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y gran parte del país, es un concierto de cacerolazos. La clase media argentina ejercita un invento de los últimos días: golpear las cacerolas como método de protesta. El estado de sitio anunciado casi a las 23 no calma los ánimos, sino que los exacerba.

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(…)

Mientras el presidente descansa junto a su esposa, ciudadanos exaltados trepan los muros de la Residencia Presidencial. La Quinta de Olivos está a punto de ser tomada, y la Policía de la Provincia de Buenos Aires retiró la custodia. Según dicen, por orden del gobernador. "A Rucucu (por Ruckauf) se le fue la mano", exclamará un peronista días después.

En Olivos, para cuidar la vida del presidente, sólo hay una guardia mínima incluyendo al jefe de la Casa Militar, principal encargado de esta tarea. (…) El jefe de la Casa Militar hace lo que corresponde: pedir una orden del poder político.

En Olivos, sólo hay un funcionario despierto para contestarle.

-Ministro, no tengo fuego disuasivo, sino solamente de guerra. ¿Qué hago?

(…)

Así se llega al 19. Hay saqueos en toda la geografía nacional, los cacerolazos se vuelven frecuentes cada noche, el PJ ya avisó que no sancionará el Presupuesto 2002 y convocará a sesiones ordinarias del Congreso, y la UCR también rechaza el ajuste.

Por la mañana, hay una última oportunidad de concertación con el peronismo. A partir de las 10, tiene lugar una reunión convocada por el representante de Naciones Unidas, Camilo Angulo (después sería embajador de España en el país); la Iglesia Católica, que además aporta el lugar, la sede de Caritas; y con la presencia de empresarios y políticos, incluyendo gobernadores: Duhalde, Alfonsín, De la Sota, Rozas, Eduardo Bauzá, Daer, De Mendiguren, entre otros. También asiste medio gabinete nacional.

En la sede de Cáritas, ubicada a escasas dos cuadras de la Casa Rosada(en Balcarce al 200), todos esperaban la llegada del presidente, y su discurso.

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Mientras el presidente continúa en Cáritas, su vocero –Baylac– escucha a un empresario:

-Me imagino que toda esta conciliación de la que hablamos es con De la Rúa. ¿No?

Sólo le responden el silencio y las miradas apuntando al suelo. Poco después, el titular dela CGT se anima a decir lo que todos pensaban:

-La concertación debe darse con o sin De la Rúa.

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A las 17, el ministro Cavallo viaja por Avenida del Libertador rumbo al Ministerio de Economía. En un país de hambrientos y desocupados, viene de ver a uno de sus hijos, quien regresa de un viaje a los Estados Unidos. A bordo del auto oficial, Cavallo recibe el llamado de un diputado de su bloque, Guillermo Cantini: "Mingo, la Comisión de Presupuesto no se reunió por falta de quórum. Ni siquiera vino (Horacio) Pernasetti (jefe de la bancada radical enla Cámara Baja)".

Cavallo decide poner rumbo a la Casa Rosada. Cuando llega, un grupo de radicales está pidiendo su renuncia. Piden que lo reemplace Rodríguez Giavarini, proponen a Rafael Pascual para Interior, y claman que se atienda a cuestión social para evitar un estallido. Pero sólo se cruzarán con evasivas de Dela Rúa, y provocaciones de Cavallo.

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"Casi a la noche, cuando me fui de la Casa Rosada, había nidos de ametralladoras para defender la posición. En Barrio Norte había cacerolazos, pero en Plaza de Mayo algunos manifestantes empezaban a tirar piedras", cuenta Rafael Pascual.

Poco después del momento de este relato, el presidente y su equipo más cercano comienzan a darle forma al estado de sitio. Lo están analizando desde las primeras horas de la tarde, y ya le dieron aviso al justicialismo pasada las 16, para saber si apoyarán la medida. "Me quieren echar, me quieren echar", repite un desconsolado Dela Rúa.

El secretario de Seguridad, Enrique Mathov, y su secretario privado, Leonardo Aiello, lo convencen que el estado de sitio es la forma de evitarlo.

También influye el secretario de Legal y Técnica, Virgilio Loiácono, que fue Secretario General de la Presidencia desde 1976 hasta 1978, durante la dictadura de Jorge Rafael Videla. En épocas democráticas, se ganó la vida como abogado, defendiendo a militares que violaron los derechos humanos. Hasta que De la Rúa lo llama para el estratégico cargo que ocupa.

El 20 de diciembre.

En la jornada del final no hay horas tranquilas, ni siquiera durante la madrugada. Pasada la medianoche, los cacerolazos están en su apogeo.

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Las 19 horas que tarda De la Rúa en renunciar producen alrededor de 30 muertos más (sumados a los del día anterior) en todo el país. Casi dos por hora, para que siga viviendo la ficción de que es presidente. Cavallo no es mucho más realista: pasada la medianoche le ofrece su renuncia al primer mandatario, quien se la rechaza sólo por formalidad, y el ministro vuelve a sentirse ratificado.

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Para que él se considere fuera del cargo habrá que esperar hasta las 5 de la mañana. A las 2, su secretario privado recibe un llamado del edecán presidencial:

-José Luis, ¿cómo están las cosas?

-Oficialmente estamos trabajando.

Tres horas después, ni siquiera será "oficialmente". Enrique Coti Nosiglia, que había estado con los peronistas hasta las 4 intentando un gobierno de unidad, alarga su noche y llama a Armando Caro Figueroa, el cavallista que de dirigirla Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) pasó a ser vicejefe de Gabinete.

"El Mingo está fuera del Gobierno", dispara. Nosiglia sabe que no alcanza para calmar al peronismo, pero también que sería peor no hacer nada. Caro Figueroa llama a su compañero de fórmula en la presidencial de 1999, cuando obtuvieron casi dos millones de votos, y le transmite su muerte política. Cerca de las 6, Cavallo envía su renuncia firmada ala Casa Rosada.

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La Policía mete palos, gases lacrimógenos y balas que al principio –sólo al principio– son de goma. Están "limpiando" los alrededores de la Casa de Gobierno, donde el presidente recién llega a las 11.50. Casi dos horas después, su esposa –Inés Pertiné– llama a un ministro notablemente preocupada.

¿Porque ya comenzó la etapa más brutal de la represión? No. ¿Por los muertos de la jornada anterior? Tampoco. ¿Por los que comienzan a "caer como moscas" en ese momento? Menos. Preocupada porque su marido no atiende el teléfono.

El ministro se asusta, los temores monopolizan su pensamiento. ¿Qué pasó con De la Rúa? Este hombre, el último al cual le hablará su amigo Fernando antes de subir al helicóptero, corre hasta el despacho presidencial. Encuentra a De la Rúa mirando televisión. Siente alivio. Y también curiosidad. Ojea la pantalla en la búsqueda de alguna cobertura informativa. Pero no, el presidente elige un género de ficción. Ajeno a las balas, muertos, corridas, gases y saqueos, De la Rúa está mirando dibujitos animados. Sí. ¡Dibujitos animados!

(…)

Pero si Mestre no está dispuesto a reprimir, un subordinado suyo sí: Enrique Mathov, secretario de Seguridad Interior.

Con el apoyo de dos delarruistas puros. La escena merecería el estilo de iluminación de El Padrino en cualquiera de sus versiones. En especial, de aquellas escenas en las que el líder de la organización –Vito Corleone primero, Michael después– reciben a alguien. Un salón oscuro, dos hombres mirando hacia el exterior, los disturbios que no cesan.

(…)

A las 16.10, Dela Rúa hace su última convocatoria al peronismo. Apenas lo rodean Gallo, Baylac, Colombo y Rodríguez Giavarini. "Estamos aguardando que se sumen más ministros", dice el presidente. Cuando se da cuenta que ello no ocurrirá, comienza su mensaje televisivo:

(…)

A los pocos minutos, se sabe que la respuesta del peronismo a tal convocatoria no llegará nunca.

Desde las 17, el tiempo ya no se mide en horas sino en minutos. Dela Rúa convoca a otra conferencia de prensa. Son las 17.15, y quienes lo acompañarán hasta el final se preparan para escuchar su renuncia. Pero no, vuelve a convocar a la unidad nacional. Sorprendidos como estaban, Colombo, Rodríguez Giavarini, Baylac y Gallo lo acompañan en el ascensor rumbo al despacho presidencial. Es el canciller quien le dice:

-Fernando, hacé lo que sientas.

(…)

Como una estrella de rock entre sus groupies, De la Rúa les va repartiendo fotos autografiadas. Sonríe y agradece girando la cabeza a derecha e izquierda. Quiere irse por la puerta principal, que da a Balcarce. El jefe de la Casa Militar le da un baño de realismo:

-Doctor, no lo podemos sacar por la explanada. No puedo garantizar su seguridad si salimos por tierra. Habrá que hacerlo en helicóptero.

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