"Calderón me dijo que soy un mal mexicano"

Nada que celebrar, dijo el cineasta Luis Estrada, en el Bicentenario de México, y sacudió las conciencias con una sátira sobre la dura realidad de su país. Infobae América dialogó con el director del film El Infierno, éxito de taquilla y tema de debate nacional

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Deportado de los Estados Unidos, donde era un inmigrante ilegal, al "Benny" (Benjamín García) no le queda más remedio que regresar a su pueblo, en algún lugar indefinido de México, donde se enfrentará a un panorama más que desolador. Nada es ya como era antes. Prácticamente todo el pueblo vive del narco y el que no lo hace pasa la peor de las miserias. Un poco por tentación y bastante porque no le queda más remedio, el "Benny" también tomará el camino de la riqueza fácil, pero peligrosa. El Infierno (ver video relacionado) es una sátira, posiblemente, porque no hay modo de digerir la crudeza de su contenido, como no sea con una dosis de caricatura y humor negro: la violencia absurda, la descomposición de la sociedad, la corrupción impune, la juventud perdida, la vida que no vale nada.

Luis Estrada, director de la película, estrenada en México en paralelo con la conmemoración del Bicentenario, dialogó con Infobae América sobre El Infierno y la gran repercusión que ha tenido, más allá, incluso, de lo estrictamente cinematográfico.

¿Es El Infierno un fiel reflejo de lo que está pasando en México o una exageración de esa realidad con el fin de impactar más al espectador?

La materia prima de una película es la imaginación, es decir cómo nuestra imaginación procesa lo que uno ha vivido para darle coherencia dramática y narrativa en un guión. El Infierno pretende ser una metáfora, una alegoría, sobre una sociedad, pero al tratarse de una sátira -para mí, el género más apropiado para narrar una historia de tanta crudeza- hay en ella rasgos exagerados, caricaturizados. Pero también, al estar concentrado, resumido, gran parte de lo que está pasando en mi país en el microcosmos que describe la película, busca ser una invitación a la reflexión. Y a diferencia de la forma muy inmediatista en que está siendo procesada esta realidad por los medios, la película tratar de ir a las raíces del problema. La prensa refleja el día a día, pero está faltando tratar de entender cuáles son las raíces de este vértigo de hechos, cómo llegamos a esto. Mi película invita a pensar hacia el futuro reflexionar sobre lo que nos espera, si seguimos por este camino ¿a dónde vamos a llegar?

En El Infierno, el personaje central regresa a su pueblo luego de muchos años de ausencia y descubre que todo ha cambiado. ¿Ha habido un cambio tan dramático en México, como se ve en la película, en estos últimos años?

He hecho otras dos películas, La ley de Herodes y Un Mundo maravilloso que, junto con El Infierno, forman una trilogía sobre la vida política y social mexicana, pero ésta última juega sobre un período en el que yo creí que muchas cosas iban a cambiar. La ley de Herodes era una especie de grito de auxilio pensando que la situación del país hace diez años no podía ser peor. En aquel entonces, y después de la permanencia por tanto tiempo en el gobierno de un partido único, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), que dejó una cantidad de problemas tan endémicos que entraron a ser parte de nuestra cotidianeidad, como la corrupción y la impunidad, yo hice esa película como para decir: «Señores, este país no puede estar peor. Si seguimos como vamos, vamos a acabar muy mal». A 10 años de eso, lo que le pasa al personaje de la película me pasa a mí, sin haberme ido. Si hace 10 años pensábamos que no podíamos estar peor, ¿cómo es posible que hoy estemos como estamos?

¿Cómo es posible?

Soy cineasta, no político, pero como ciudadano creo que lo que ha pasado a partir de la llegada del liberalismo, cuya paternidad nadie asume, es que una bomba de tiempo social que no había explotado antes porque la función del Estado era servir de contrapeso, cuando el Estado empezó a abdicar de esa función se produjo el "sálvese quien pueda" generalizado, el libre mercado nos hará libres y surgió este entorno de descomposición en muchos aspectos. El más grave es el social pero también tiene connotaciones en lo político, en lo cultural. Así se fue generando este caldo de cultivo que estamos padeciendo, sin vías de escape. Lo que vivimos hoy tiene que ver con la falta de oportunidades y la desigualdad social frente a las cuales no se ven mayores alternativas. Y son generaciones completas que están optando por la vía que muestro en El Infierno para tener movilidad social. Es la vía más aterradora, se corren riesgos tremendos al involucrarse en el crimen organizado y en el narcotráfico. Pero muchos jóvenes deciden asumir esos riesgos porque ven su destino trazado y es difícil explicarles lo corto que va a ser porque no tienen otras alternativas.

En su película parece no haber buenos. Autoridades y ciudadanos de a pie, todos, en mayor o menor medida, están involucrados en esa descomposición general.

Lo grave del fenómeno que vivimos es que no es privativo de regiones apartadas del país, de pequeños pueblos en el desierto como el de mi película, sino que ya penetra a un país completo, el sólo hecho de que 99% de los mexicanos -los que no viajamos en helicóptero- vivimos con una sensación de miedo, es una forma de impacto cultural que modifica la vida diaria. Al estar bombardeados por este entorno de violencia criminal y sobre todo de impunidad porque esto que pasa nunca acaba resolverse, la corrupción de los cuerpos policíacos nunca acaba en castigo, el gran drama es cómo impacta esto. Y hay sectores mucho más vulnerables, como son los jóvenes, creciendo y formándose en este entorno. Lo aterrador es que si este país se acostumbra a vivir así entonces estamos a las puertas del infierno por eso el título de la película. Todos se convierten a la vez en víctimas y verdugos porque la omisión, el no manifestar el descontento, te hace de algún modo cómplice.

Usted dijo que en este Bicentenario México no tenía nada que festejar...

La frase es demasiado lapidaria, esquemática, todos en lo personal tenemos cosas que festejar, pero fue una reflexión que mucha gente comparte. Yo veía en el bicentenario una oportunidad para un balance de dónde estamos ahora en el país, qué de esos sueños e ideales se han logrado, cuáles están pendientes, la necesidad de transformación, etc. Más que ver hacia atrás, lo importante es ver hacia delante, porque la historia ya está escrita y somos resultado de ella. En ese sentido, este bicentenario fue una oportunidad perdida. Fue una gran fiesta, muy dispendiosa y, en el entorno en el que vivimos, casi una obscenidad.

¿Qué repercusiones ha tenido su película?

Como director de cine, estoy viviendo un fenómeno que no había experimentado con anteriores películas, que es el de percibir la reacción de la gente en tiempo real, gracias a Twitter, Google y los blogs. Antes era muy difícil saber como recibía el público o la sociedad tu trabajo. Una de las pocas cosas buenas de la modernidad es esta experiencia de tener en tiempo real la respuesta de la gente. En ese sentido, El Infierno ha trascendido lo cinematográfico y se ha convertido en un tema referente de la vida política y social; no hay analista político serio de México que no haya hecho una reflexión sobre lo que la película dice y sobre esta visión apocalíptica que doy en ella. Así que lo más interesante es este efecto extra cinematográfico que ha tenido. En lo estrictamente cinematográfico, en cuatro semanas la ha visto más de un millón de espectadores. No todos están contentos con la película, claro. El presidente (Felipe Calderón) dijo que soy un mal mexicano por hacer una película que proyecta esta imagen de mi país hacia el exterior. Es que en definitiva el tema de la película más que la violencia, más que el crimen organizado es la política, el sistema político mexicano.

¿Le dio tristeza hacer esta película?

Me da tristeza la realidad, no la política. Soy padre de dos niños de 13 y 10 años y mi manera de tratar de modificar este entorno es a través de lo que sé hacer, que son las películas. Y que yo pueda hacer mi trabajo es una manera de enfrentar con optimismo esta realidad que vivimos. A lo mejor la película en sí no es demasiado optimista pero si esto sirve como un llamado de atención sobre cómo puede ser el futuro, algo habré logrado. Yo ya no veo la realidad a través de mis ojos sino a través de los de mis hijos y lo que veo no me gusta. Si como sociedad no cambiamos estas cosas, no habrá motivos para el optimismo.

Hace poco en un pequeño pueblo de Chihuahua, los vecinos destituyeron a toda la policía y asumieron su propia seguridad. ¿Es eso también un reflejo de lo que pasa en muchas partes de México?

Esos hechos, como la película, son símbolos de un malestar generalizado en el país. Todos los días es tal la cantidad de noticias terribles como ésa... Hace poco, por ejemplo, tomó posesión de su banca en el Congreso un diputado acusado de pertenecer a un grupo narco. A veces es difícil leer estos episodios sin tener la información completa, pero todas estas manifestaciones son síntomas de la descomposición gravísima que hay de un sistema político y social. Creo que estamos en el umbral de algo muy similar a lo que vivimos hace 100 y hace 200 años [la Revolución Mexicana y la Independencia], es decir, la expresión violenta de un descontento. Pero esta vez es sin utopía, ni ideales para transformar este país. Estamos en el umbral de algo que sabemos cuando empezó pero no donde terminará.