
París, 1941. Ocupación alemana. Un oficial nazi entra en una pequeña librería llamada Shakespeare and Company en la calle L'Odéon de la capital francesa. Intenta comprar una copia de Finnegans Wake, una obra de ficción cómica de James Joyce. La dueña del local Sylvia Beach se niega a vendérselo bajo la excusa de que es la única copia que posee, y que pertenece a su colección personal. Dos semanas más tarde, el alemán regresa para anoticiarla de que todos sus bienes serán confiscados. Al cabo de unas horas, ya no hay libros en sus estantes. La icónica librería que se convirtió en el punto de encuentro de escritores célebres y donde los amantes de la literatura podían ir a conseguir libros censurados cerró sus puertas.
Así se cerró la primera etapa de Shakespeare and Company, que, bajo el mando de su dueña Sylvia Bleach, funcionó entre 1919 y 1941, y se convirtió en un refugio literario especializado en obras de autores anglosajones y rendez-vous de escritores de la llamada Generación Perdida como F. Scott Fitzgerald, James Joyce y Ernest Hemingway. Pero, como ya se sabe, ése no fue el fin. Años más tarde reabrió, con otro dueño, y se convirtió en el emblema que es en la actualidad, y una atracción turística popular para los amantes del mundo de las letras.

"Estoy harto de que la gente diga que no tiene tiempo para leer. Yo no tengo tiempo para todo lo demás". George Whitman fue el que le dio a Shakespeare and Company nueva vida. Era un periodista estadounidense recibido en la Universidad de Boston. Era un fanático de la literatura que vagabundeaba por el mundo, que recorrió Centroamérica y vivió entre su gente, y que un día de otoño de 1946 llegó a París y se inscribió en la Sorbonne gracias a un programa llamado GI Bill, que le permitía a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial financiar sus estudios.
"Vivo para el día en el que tenga una librería que embellezca a este mundo rutinario. En este momento soy el dueño de una de las mejores bibliotecas privadas del Barrio Latino y, viviendo como lo hago con menos de un dólar al día, he acumulado un pequeño capital. Hablé con Sylvia Beach y hay una posibilidad de que acepte a emprender un negocio conmigo. Aunque estuve evitando ofertas para crear sociedades, sería un honor y un privilegio trabajar con ella, si es que decide algún día reabrir Shakespeare and Company. De todas maneras, espero finalmente tener un nicho seguro desde donde pueda observar los horrores y bellezas de este mundo", escribió Whitman, que no está emparentado con el poeta pero que compartió su pasión por la palabra escrita.

Whitman abrió una librería en el número 37 de la rue de la Bûcherie en 951. pasaron varios años hasta que Bleach aceptara, no a ser su socia, sino a dejarlo usar el nombre de su icónico negocio parisino. El espacio físico que utilizó en principio consistía en sólo tres habitaciones, pero pronto se extendió a los departamentos de arriba. Se abasteció de las mejores obras, de los escritores más prolíficos del idioma inglés, y pronto entre sus habitués se destacarían Allen Ginsberg y William Burroughs.
También organizaba seminarios gratuitos para que la gente pudiera aprender italiano o ruso, discutir y debatir sobre temas socio-culturales de la época. Hasta se ofrecía un lugar para dormir a la noche -una característica que sigue existiendo- para todos aquellos que buscaran alojamiento a cambio de unas horas al día de trabajo en la librería.

Whitman murió a los 98 años en el cuarto encima del local, y la librería continúa con su esplendor de antaño gracias a la segunda Sylvia, la hija de George a la que bautizó de esta manera en honor a la primera dueña de este pequeño refugio literario parisino. Hoy Shakespeare and Company ocupa seis pisos, tiene un café propio y se apropió dos pequeños espacios a la vuelta de la esquina.
Esta librería del Quinto Distrito de París, cerca de la catedral de Notre Dame y de la plaza Saint Michel, hoy brilla por su encantadora y rica historia y por su mágica apariencia, su impresionante y llamativa fachada y sus cálidos interiores, llenos de recovecos para sentarse a leer un buen libro, escuchar una conferencia de los tantos autores que pasan por sus puertas, o encontrar alguna joya perdida entre sus tantos estantes.
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