
El campus de la Universidad de Pensilvania es idílico. Son las 19 horas de un día invernal y sus tranquilas calles peatonales son transitadas por parejas de la mano, chicos en bicicleta que vuelven a su "dorm room", grupos de amigos que apuran el paso para refugiarse del frío. Luces amarillas cuelgan de los árboles, y algún que otro turista se saca una foto con la escultura de "Love" de Robert Indiana que se replica en varios rincones de Estados Unidos como Nueva York o Washington D.C. La atmósfera parece salida de una de esas películas hollywoodenses que hace a todos fantasear con el "sueño americano" de la universidad estadounidense. Pero esta pequeña y aparente utopía de la ciudad de Filadelfia esconde detrás de su apariencia una historia triste que se respira a cada paso: una ola de suicidios.
La Universidad de Pensilvania es una de las prestigiosas casas de estudio de Estados Unidos que conforman la llamada "Ivy League", un grupo de universidades que comparten entre sí un historial académico de excelencia, y donde miles de adolescentes sueñan con estudiar cuando terminen el secundario. Junto con Brown, Columbia, Princeton, Harvard, Cornell, Yale y Dartmouth, UPenn -como se la conoce coloquialmente- es una de las instituciones a las que todos quieren llegar. Pero, entre el 2013 y el 2016, diez estudiantes se suicidaron, agobiados por el estrés, y golpeados por una depresión de un sistema perverso que los empuja a ser los mejores, o darse por vencidos.
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En julio del 205, The New York Times publicó una nota titulada "Suicidio en los campus y la presión de la perfección". En este extenso artículo se relataba la triste tragedia de Kathryn DeWitt, una joven que se había destacado con creces durante el secundario y que había logrado ingresar a UPenn con grandes expectativas. Pero, a las dos semanas de haber comenzado su primer año, se encontró totalmente desconcertada: a todos les parecía ir bien y a ella le costaba. Comenzó a dudar de sí misma y entró en un estado de depresión. Un día se despertó con la triste noticia de que una compañera que ella admiraba a lo lejos, y que parecía llevar la vida perfecta con la que ella soñaba, se había suicidado. Había saltado del techo de un garaje. DeWitt, que ya había comprado unas navajas y había escrito varias cartas para despedirse de sus seres queridos, reaccionó y fue hospitalizada.

Según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, el suicidio es la tercera causa de muerte en ese país en jóvenes de 10 a 24 años. En un informe realizado por The Boston Globe se señala que la tasa de suicidios en jóvenes universitarios es de 10,2 cada 100 mil, y este fenómeno es todavía más frecuente en las instituciones educativas élite. En el Massachusetts Institute of Technology (MIT) el promedio de jóvenes que se quitan su propia vida es aún más alto que el total nacional: 12,5 cada 100 mil estudiantes.
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A esta terrible tendencia se suma Harvard, que también tiene un índice superior al promedio, con 11,8 suicidios cada 100 mil estudiantes, sin contar a alumnos de posgrados, másters o doctorados. En el año 2003, al Universidad de Duke publicó un reporte de cómo su alumnado femenino sufría debido a una presión social de ser "perfectas sin que se note": inteligentes, talentosas, deportivas, hermosas y populares. En Stanford apodaron a este fenómeno el "Síndrome del Pato", ya que este animal parece nadar tranquilo desde la superficie, pero debajo del agua patalea frenéticamente para permanecer a flote.
La manía por ingresar a las universidades élite comienza desde la niñez, quizás empujados por los padres, pero en general por un sistema que recompensa al éxito y llama "perdedor" al que no parece adecuarse a los parámetros de la perfección del mundo moderno. En una época donde los jóvenes son expertos en ponerle filtro a la realidad, como explica el gurú motivacional Simon Sinek, las redes sociales parecen mostrar que para todos, menos para uno, la vida es perfecta. Se ven los logros, los grandes momentos, y no se muestra el costado feo, triste y poco glamoroso de la realidad.
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La mayoría de las universidades de la Ivy League acepta cerca de 2 mil estudiantes al año de una pila de solicitudes que llega en promedio a las 40 mil. Esto significa que 38 mil son rechazados y deberán vivir con la "vergüenza" de no haber sido lo suficientemente inteligentes y talentosos. Los afortunados en haber entrado, sin embargo, no saben todo lo que les espera una vez que pasaron ese primer obstáculo para el que se prepararon toda su vida.
El principal siempre se relaciona con el dinero. Algunos logran conseguir becas totales o parciales. Una de las más infames es la beca deportiva, un arma de doble filo que exige que el alumno mantenga un promedio de calificaciones alto mientras que entrena como un deportista profesional, lo que en la mayoría de los casos afecta o su rendimiento académico o su desempeño en la actividad por la que fue becado, por lo que termina por perder la beca. Los que no cuentan con ayuda económica, se endeudan para toda la vida. Para la ley estadounidense, los préstamos estudiantiles pertenecen a las "nondischargeable debts", deudas que nunca se extinguen, ni en casos de quiebra.
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"No manden a sus hijos a la Ivy League. Las mejores universidades del país están convirtiendo a nuestros hijos en zombies", escribió en julio del 2014 el profesor William Deresiewicz, quien enseñó en la prestigiosa universidad de Yale por más de una década. "Nuestro sistema de educación élite fabrica jóvenes para que sean inteligentes y talentosos y ambiciosos, sí, pero también ansiosos, tímidos y perdidos".
Los estándares de admisión se han vuelto tan pesados que ingresar en una de estas facultades es como ganarse la lotería. Y sin embargo, el educador invita a que se mire debajo de esta fachada de perfección: "Lo que uno encuentra son niveles tóxicos de miedo, ansiedad y depresión, de vacío y aislamiento".
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Parece, entonces, que la pasión por educarse y aprender se pierden bajo la obsesión por ser el mejor y la carrera hacia la perfección. Compararse con el otro, envidiar, desesperarse, deprimirse. Suicidarse. Esta dinámica cultural y social propia de la generación Millennial es aún más peligrosa en las mejores instituciones educativas del mundo, donde todos los alumnos parecen destacarse, y su talento por esconder el verdadero esfuerzo y trabajo que les produce llegar a ese nivel provoca que sus pares crean que son los únicos que la están pasando mal; los únicos que se ahogan ante las expectativas incumplidas impuestas por sus progenitores, el sistema y ellos mismos. No saben cómo fracasar, y ven cada error que cometen como el fin del mundo, el fin de su vida.
Un estudio de la Academia Estadounidense de Pediatría reveló que el 24% de los estudiantes de la Ivy League usa con regularidad estimulantes y drogas para el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad para estudiar. El 66% los utiliza para escribir ensayos y rendir exámenes. Bajo el estímulo de un medicamento diseñado para tratar un desorden que no tienen y con la depresión a flor de piel, así viven los jóvenes más afortunados de Estados Unidos.
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Para el profesor Deresiewicz, el problema es el sistema. "Solía pensar que necesitábamos crear un mundo en el que todo niño debía tener una oportunidad igual para ingresar en la Ivy League. Ahora pienso que lo que realmente necesitamos es crear uno en el que no se necesite ir a la Ivy League, o a ninguna universidad privada, para conseguir una educación de primera".
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