
Ser "el nuevo" en cualquier ámbito (escuela, oficina, empresa…) es siempre una prueba de fuego. Un salto sin red. Porque el novato tiene apenas dos opciones: sobreadaptarse para caer bien, ignorando las reglas de juego y los códigos internos, y fingir que es "uno de ellos". Por lo general, una situación patética… El tristemente célebre "disfrazado sin carnaval".
Y la otra opción no es menos ridícula: mantenerse en sus trece, rígido, sugiriendo sin palabras: "Así soy yo, y no pienso cambiar". Una rigidez que esconde el pecado de soberbia, y que rápidamente lo desplazará del centro de la escena.
Estos dos ejemplos negativos llevan a otro más difícil, y por cierto, luminoso. El caso de Máxima Zorreguieta, que, enamorada del príncipe Guillermo de Holanda (amor mutuo, además), debió entrar, plebeya y latina, en la Casa Real de Orange, una de las más antiguas y opulentas de Europa, regida por la madre de Guillermo: la reina Beatriz.
El primer encuentro entre las dos mujeres fue auspicioso. Según Guillermo, "al ver a Máxima, mi madre sonrió: algo que no hacía desde tiempo inmemorial". Sin embargo, la esperaban a Máxima otros desafíos titánicos. Desde descifrar y aprender el intrincado idioma holandés (ella dominaba inglés, francés y algo de alemán, pero no sospechaba siquiera el que se hablaba en las calles de Ámsterdam), hasta tener barajas ganadoras en una mesa de juego desconocida…
Porque la sofocante tarea no implicaba sólo ser una figura aceptable y decorativa en el palacio. Eso hubiera sido pan comido para alguien que había descollado en empresas norteamericanas y alemanas como experta en cuestiones de alta economía bancaria…

En ese punto y allá se trataba nada menos que del poder. Algo que, más tarde o más temprano, caería sobre aquella chica Zorreguieta del Barrio Norte porteño: la mejor del colegio, la mejor compañera, y entre las tres más bellas…
Y en ese punto, en esa apuesta de "todo o nada", Máxima decidió ser la mujer de Guillermo, la madre de los hijos que vendrían, pero también mucho, muchísimo más.
Primer paso que sin duda le costó largas noches de insomnio. Aprender holandés, hablarlo y escribirlo con fluidez, y recordar cada hecho dramático o heroico del antiguo reino.
En realidad, no sólo para rendir examen ante la reina. También (y sobre todo) para acercarse al pueblo, tenderle su mano, encantarlo…
No le costó mucho. A pesar de las casi brutales diferencias culturales, no tardó en "encantar" (esta es la palabra exacta) a los holandeses medios. Los que pululan por las calles, trabajan, y luchan por la vida… ¿Cuál fue el secreto? Construir autoridad y poder… sin que se notara.
Pasear en bicicleta, saludar, sonreírle al obrero, el empleado, el artesano, el pescador, pero sin efusiones demagógicas, sólo con su belleza indiscutible y su calidez, no tardó en ser algo más que respetada: fue amada. Una ola de viento fresco empezó a soplar sobre las calles…
Eso, los paseos, las sonrisas, la sencillez, la belleza (arma fulminante desde la noche de los tiempos), ocultaba –no falazmente, ni pensarlo– la más difícil de las construcciones, en las que tantos pomposos hombres han fracasado: la autoridad, hermana dilecta y directa del poder.
Y "autoridad", según aprendió Máxima en los grandes autores, es mucho más que mandar: es servir. Y puso manos a la obra. Lentamente, sin violar ni forzar siglos de rutina, se fue acercando al pueblo (palabra que no la asusta, como a muchos políticos argentinos), conociendo sus problemas, e integrando a algunas etnias que parecían condenadas al olvido.

Contaba, claro, con lo que Natura da, y lo que Salamanca non presta. Además de belleza, una sonrisa de un millón de dólares (hoy, de diez…), como dicen en Hollywood, espontaneidad, generosidad sin disfraz de caridad o peor: pedido de algo a cambio. Y una desconocida virtud hasta para Guillermo, el hombre con quien comparte el lecho y le dio tres hijas: una sutil capacidad de liderazgo que le permite, sin énfasis, lograr que nobles y plebeyos obedezcan sus sugerencias: la palabra "orden" existe en su diccionario, pero prefiere no usarla…
Sus ya muchos biógrafos coinciden en los adjetivos: "Fresca, glamorosa, graciosa, desenvuelta, simpática, respetuosa de los protocolos, ubicua ante los diplomáticos extranjeros (jamás opina sobre lo que cree que no le incumbe), y a diferencia de otras reinas o futuras reinas, "de una sencillez apabullante", según ciertos modistos de renombre.
Pero todas esas virtudes están por debajo de su papel de madre. En ese punto, y aun en la más solemne de las ceremonias, no vacila en alzar, acariciar, peinar a sus hijas… Y casi lo mismo sucede cuando, cada temporada, cita a la prensa y retoza con ellas, Guillermo y su poderosa suegra en los jardines del palacio, como diciéndoles, sin palabras: "También somos una familia normal que pesa más que el trono".
Y así, con más hechos que palabras, con largos paseos en bicicleta, con juego abierto a Holanda y al mundo, y luego de la abdicación de la mítica reina Beatriz, Máxima (nuestra Máxima, la que no ahorró lágrimas cuando oyó los desgarrados acordes de "Adiós, Nonino", la despedida del genio Astor Piazzolla a su padre) se ha convertido, merced a un largo, sutil y honesto ajedrez (cero Nicoló Maquiavelo), en la mujer más amada de Holanda.
Y sin resignar siquiera (¡al contrario!) el sentido del humor… Porque, ¿quién olvida, incluso ante la risa de la reina, que le dijo "tonto" a Guillermo cuando éste cometió un error en la ceremonia de anuncio de la boda? ¡Hay que atreverse! Hoy, la prensa todavía usa ese adjetivo ante la patinada de algún gran bonete de la Casa Real.

Y bien. A fuerza de inteligencia y talento, Máxima se ganó millones de corazones y sigue acumulando elogios: "Dueña de una impresionante inteligencia práctica (esencial para los líderes), cálida, desenvuelta, cautivadora, atrapante, insoslayable, fresca, auténtica, distinguida, diplomática (jamás habla de lo que cree que no es de su incumbencia), dueña de sus silencios y nunca esclava de sus palabras, perspicaz", etcétera. Algo así como una versión criolla y holandesa de la Mujer Maravilla. En definitiva y para abreviar: nacida para ser reina.
Es posible, como dicen algunos analistas, que ya anidaban en ella condiciones de líder, y desde muy joven. Es posible también, como dicen otros, que la urgente necesidad de adaptarse a las leyes y costumbres de la Corona, unidas a su muy distinto estilo de vida en Buenos Aires, Nueva York, Frankfurt, la haya puesto entre la espada y la pared darwiniana: adaptarse o morir.
Y claramente venció la primera opción.
Pero no es todo: superados largamente todos los escollos de adaptación, y reina poderosa en sí misma por muchos años, ha emprendido una tarea conmovedora, y en su patria de origen. Un plan de microcréditos para familias pobres que quieren ganarse –bíblicamente– el pan con el sudor de su frente, y no esperar subsidios muchas veces sospechosos, interesados e inmerecidos. Pero esa es otra historia, y esté en otras páginas de esta edición.
Nuestro punto final sólo intenta iluminarla con poderosos spots de estrella. Lo menos que merece. Porque es, total, absoluta y justamemte, una reina. Made in Argentina. Conviene no olvidarlo…
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