
El quinto mandamiento de la Ley de Dios ordena "No matarás".
Noble intención que muy poco o nada impidió desde que el primer fuego humano ardió en el fondo de una caverna…, y todavía el no matar no era un mandamiento, ni una natural compasión, y ni siquiera una forma de perplejidad: el primero que mató debe haberla sentido en el paso de la vida a la muerte…
Olvidemos las matanzas colectivas y brutales. Las de Hitler. Las de Stalin. Las de Mao. Las de los dictadores africanos. Las del Ku Klux Klan contra los esclavos negros. Las del apartheid antes de Mandela. Las de los conquistadores españoles contra los nativos en nombre de la cruz, la espada… y el oro.
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Perdonemos a nuestros indios, que se comieron a Juan Díaz de Solís. Al fin y al cabo, la Corona española tardó siglos en admitir que los salvajes tenían alma. Lo mismo que sucedió con las mujeres…
Viajemos más cerca en tiempo y latitudes. Barranca Yaco, Córdoba, 16 de febrero de 1835. El caudillo riojano Juan Facundo Quiroga viaja en galera por un camino polvoriento. Un grupo de jinetes lo detiene:
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–¿Quién manda esta partida? –pregunta, y sus ojos llamean.
No hay respuesta. O sí. Bala de trabuco en un ojo. Muerte. Orden de Juan Manuel de Rosas, cumplida por el esbirro Santos Pérez, que cabalga con los terribles hermanos Reinafé.
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Hasta ahí, y aunque execrable, un crimen político. Pero la sed de sangre gratuita ya está metida en la Patria: los asesinos lancean el cuerpo de Quiroga, matan a sus seis acompañantes, y degüellan contra una roca al boyerito del viaje, que tiene apenas… ¡once años!
Con la misma ceguera, Juan Lavalle, "una espada que actúa pero rara vez un cerebro que piensa", como lo juzgaban muchos de sus pares, fusila a Manuel Dorrego sin permitirle defensa alguna: apenas una carta de despedida para su mujer.
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En "El Matadero" (1839), Esteban Echeverría narra con sorprendente fuerza y estilo moderno aún hoy, la humillación, tortura y muerte de un joven unitario a manos de la brutal soldadesca de Juan Manuel de Rosas: negros días rojo punzó en que las cabezas cortadas se exhibían en las puntas de las picas…
Salto sobre el tiempo, los nombres y la sangre
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El año 1935. Día: 23 de julio. Lugar: Senado de la Nación. El fogoso senador Lisandro de la Torre, un indiscutible ejemplo moral, increpa a los defensores del Pacto Roca-Runciman, que otorga enormes ventajas a Inglaterra sobre las carnes argentinas. Los corruptos plegados al negocio se burlan de él. De pronto, un asesino a sueldo, un marginal llamado Ramón Valdéz Cora, le dispara al pecho, pero alguien empuja a Lisandro y la bala mata al senador electo por Santa Fe Enzo Bordabhere. Cuatro años más tarde, en el coche de caballos que lo llevaba a su casa, Lisandro de la Torre escribe "estoy viejo, estoy solo, estoy cansado", y se suicida de un balazo.
En términos de sangre, de muerte, de horror… ¿es necesario recordar los 70, bien y tristemente bautizados "Los años de plomo"? Creo que no: todavía bullen en nuestras vidas; todavía se renuevan sus ecos en los Tribunales; todavía se discute si los demonios fueron dos, uno, ninguno.
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Pero la larga década marcó al país. Nos marcó a todos. Sólo se salvaron algunos jóvenes alumnos universitarios que no habían nacido cuando la muerte era un lugar común cotidiano, y resumen esa tragedia –también la de Malvinas– en breves apuntes copy-paste…
Y después, hoy. La sangre fresca y abrumadora y previsible.
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Pero antes, un preámbulo. Empecé a ser periodista en los años 60, cuando la sección Policiales de los diarios –la crónica roja, la llamó por primera vez algún reportero menos rutinario– no iba mucho más allá de robos, hurtos, estafas, algún crimen pasional, y el plato fuerte: la descuartizada del lago de Palermo… Y también, claro, bandidos míticos: el Lacho Pardo (a quien vi matar en un bar bajo la .45 de otro mito: el comisario Evaristo Meneses), el Loco Prieto (cuya mujer se suicidó sobre su tumba), la Garza Sosa, los piratas del asfalto. Sangre, sí. Pero poca. Crímenes, sí. Pero no el mal pan de cada día.
Y ahora sí, hoy. El hoy atroz y casi indescriptible.
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Las decenas de hijos sin padres o sin madres porque un menor o un apenas mayor los dejó huérfanos para robar un auto, una moto, unos pocos pesos, o nada. Los motochorros. El asesino que arroja a una mujer del tren para robarle el celular, y ella pierde las piernas. Las familias destruidas en un minuto. La ley no escrita pero vigente del matar por matar. El salir de casa y no saber si se vuelve. Las mujeres violadas. Los secuestros. Los cuerpos descuartizados, quemados, mutilados, enterrados en andurriales. La edad promedio del crimen, cada día más cerca de la niñez. La droga, reina y señora con las alas desplegadas: el ángel de la muerte. Los sicarios. Los policías caídos. Lo que por piedad o por culpa llaman "inseguridad", y no es otra cosa que criminalidad superlativa. Ola. Y sin un viento capaz de hacerla retroceder.
Cada tanto, un loco sube a una torre en alguna ciudad de los Estados Unidos y mata a mansalva, y el periodismo y la gente común habla del Club del Rifle, de la libre tenencia de armas, del violento carácter de la sociedad norteamericana. Buena excusa para desviar los ojos de la verdad que nos rodea, nos oprime, nos asfixia.
No hay como el espejo ajeno y el sayo ajeno.
Pero en nuestro caso, los dos mienten.
Los dos nos reflejan y nos cubren de sangre.
De aquella que empezó hace tanto tiempo, acaso en la roca donde un cuchillo degolló a un boyerito de once años. O antes. O después. O mañana. Mientras el Quinto Mandamiento se repite de memoria y sin que nada signifique.
No me pidan soluciones. Como a Macbeth en la tragedia de Shakespeare, "Vasto lago de sangre me circunda, y ya no puedo retroceder".
Ya abrimos La Caja de Pandora. Como en el mito griego, escaparon todos los males del mundo. Pero al cerrarla, sólo quedó la Esperanza.
Tal vez todavía sea posible que nos salve.
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