
No hubo otro igual y es imposible que lo haya.
Y no me refiero a sus características personales. A su empuje, a su terquedad, a su "locura", a su amor apasionado por la Argentina o a su grandiosa y generosa vanidad, la que le aseguraba tantos adversarios evitables a la vez que le confería la visión de futuro propio por prepotencia de trabajo.
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Tampoco me refiero a sus evidentes cualidades intelectuales ni a sus bastantes más discutibles capacidades políticas ni a su genialidad literaria, ni a sus dotes de provocador social pre-punk, capaz de insultar en una sola parrafada a la clase política y la alta sociedad porteña casi al mismo tiempo que a los gauchos o a los indios. Alguien capaz de soportar, sin bajar la cabeza, los insultos y los golpes de sus enemigos.
Mucho menos me refiero a sus redescubiertas presuntas dotes de macho cabrío, mujeriego empedernido, pionero de la culpabilidad masculina en un divorcio controvertido y culposo deudor emocional de su hijo a cuya muerte debió llorar a la distancia y sin haber hecho las paces.
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No me refiero a la persona Domingo Faustino Sarmiento sino a la función que cumplió en la historia, especialmente en la conformación de la escuela pública argentina.

Primero, representó la posibilidad de articular al tradicional maestro de escuela con el nuevo maestro asalariado del Estado, y regulado por una nueva pedagogía de Estado. Su propia figura fue la garantía de ese cambio fenomenal: él mismo la encarnaba para proyectarla al resto de los docentes a punto tal de afirmar hasta el cansancio que siempre iba a ser un maestro de escuela más allá de los altísimos cargos políticos que ocupase.
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Segundo, y tan importante en la actualidad, Sarmiento equivale a respeto absoluto hacia los maestros, en línea con la idea de Manuel Belgrano, quien había dictaminado en su Reglamento que a los maestros de escuela se les debía reputar como un Padre de la Patria. Eso no inhibió a Sarmiento de, varias veces, pronunciarse críticamente hacia la docencia, pero lo hacía constructivamente, profesionalmente, "desde adentro".
Tercero, confirmó la necesidad de la preparación técnica para gobernar la educación y subió la vara hasta lo más alto. Sin formación universitaria, Sarmiento se autoformó en los debates pedagógicos de punta de aquel entonces de la única manera en que eso es posible ayer y hoy: ejerciendo la docencia, experimentando, leyendo la literatura pedagógica especializada, visitando escuelas (argentinas y de cada lugar del mundo en el que le tocó estar) y publicando sus ideas para confrontarlas con los demás. El resultado es que un gobernante de la educación está para proponer política educativa, filosofía de la educación, organización escolar y hasta métodos de lectoescritura con una ambiciosa reforma ortográfica, como lo muestra Karina Galperin, quien también me mostró dónde Sarmiento se autodefinía más como "educacionista" que como educador.
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Cuarto, Sarmiento no estaba solo. Formaba parte de una dirigencia (no solamente política) que sabía que gobernar implica no solo ejercer el gobierno (o gestionar, como se dice ahora) sino también, y al mismo tiempo, perfilar un proyecto de país adonde dirigir los esfuerzos. En el caso de las generaciones políticas e intelectuales de las que Sarmiento participó, este consenso terminó siendo el efecto de un conjunto de conflictos no exentos de violencia. O sea, no era un proyecto pacífico surgido de la serenidad de una tertulia literaria sino la resultante de tensiones entre clases, grupos y facciones con suficiente lucidez y reflexividad sobre su actuar como para proyectar y concretar un país nuevo.
Quinto, mostró cómo la escuela pública es el instrumento social central, hasta ahora insuperado, para alcanzar al mismo tiempo equidad y cohesión social. Sarmiento es el nombre argentino de la igualdad por la educación.
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Sarmiento no es Sarmiento: es el nombre que un proyecto educativo asumió para una época. No está mal que no haya ninguno igual. Lo que hace falta es esa fuerza colectiva para reconstruir otro proyecto superador al sarmientino. Su nombre propio será un detalle.
El autor es Profesor de la UTDT y Miembro de Pansophia Project
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