
Cuando tenía 19 años decidí irme de vacaciones con L., mi novio de aquel entonces. Era la primera vez que compartiríamos tantos días juntos y solos. Él era mi primer novio, yo era su primera novia y para los dos eran las primeras vacaciones en pareja. Eran muchas "primeras veces" en simultáneo y eso nos producía esa mezcla perfecta de alegría y adrenalina. El desafío era organizar ese viaje que había surgido de forma repentina, con apenas un "¿y qué onda si…?".
Era un 20 de diciembre de 1997 y yo para ese entonces ya tenía organizado pasar unos diez días con mis amigas recorriendo Neuquén. Del 1 al 10 de enero íbamos a dar vueltas por ahí con mochilas, carpas. Y también secadores de pelo y tarjetas de crédito por las dudas.
La idea era reunirnos con L. el 11 de enero, una vez finalizado el recorrido con mis amigas, pero ¿cómo armar la logística? Nosotras íbamos a estar rodando sin rumbo fijo, con lo cual no teníamos mucha idea de dónde nos hospedaríamos. En ese entonces si bien existían los teléfonos celulares eran una rareza o un lujo (según como se mire) para pocos. Nosotros no teníamos mails ni móviles. El ICQ se había lanzado el año anterior pero todavía no lo usábamos. En aquellos momentos la tecnología no se desplazaba con la rapidez de ahora. ¿Cómo encontrarnos entonces?
Solo sabíamos que el 11 de enero yo emprendería el regreso a Buenos Aires y que el micro haría una parada en San Martín de los Andes. Eso era lo único cierto en el mar de imprecisiones que nos rodeaba. Así fue que cuando nos despedimos, un 28 de diciembre, cerca de Retiro, quedamos que nos veríamos el 11 de enero en San Martín de los Andes. El punto de encuentro sería la oficina de información turística que, suponíamos, estaba en el centro de la ciudad. ¿Y en qué horario? Iríamos todas la horas pares para ver si nos encontrábamos.
Con ese plan más romántico que práctico, nos despedimos. Él se tomó el micro que lo llevaría a su pueblo natal, para pasar Año Nuevo con su familia, y yo me fui para mi casa en colectivo, escuchando en el camino un cassette en el Walkman. Me gustaba lagrimear en las despedidas, y si no sucedía naturalmente provocaba el llanto con canciones del estilo "Glory of Love", "I'll be there for you" o "Lady in red". La cursilería me salía bastante bien. Sobre todo cuando estaba enamorada.
Pasaron los días en el Sur con mis amigas entre caminatas por la montañas, baños en los lagos, fogones y picaduras de mosquitos. Y el 11 de enero, tal como estaba planeado, paramos en San Martín de los Andes. Eran las dos de la tarde, así que fui corriendo al centro de información turística (que efectivamente estaba en el centro) para ver si me cruzaba con él. Pero no estaba. ¿Habría llegado a la ciudad? ¿Habíamos quedado en buscarnos en las horas pares o impares?
Fui a comer, y al rato aparecí de nuevo por nuestro punto de encuentro, acompañada por mis amigas, que en breve tenían que subir otra vez al micro para seguir camino. ¿Y si él no aparecía? ¿Me quedaba igual o mejor me volvía con mis amigas?
Él no estaba, pero vi que en la cartelera, entre decenas de papelitos de todos tamaños y colores, había uno con un dibujo que enseguida supe que estaba destinado para mí. Lo tomé, lo abrí y leí un mensaje que decía: "No te vayas, esperame". Y eso hice. No recuerdo si fueron 20 minutos o una hora, pero se sintió como una espera eterna. Cuando nos vimos, nos buscamos corriendo y nos fundimos en un abrazo de película (después de todo, esa era nuestra película). La alegría era doble: por vernos y por cómo habíamos logrado gestar ese encuentro.
—Pasé a las dos, que es hora par, como habíamos quedado, pero no te vi —le dije.
—Habíamos quedado en que pasaríamos por el centro de información a las horas impares —dijo, entre risas.
Usualmente hubiese discutido un poco más sobre ese detalle, pero en ese momento me gano la alegría y preferí dejarlo pasar. Había sido una linda hazaña, que hoy, en tiempos de WhatsApp, se hubiese resuelto con un escueto "ya llegué, te veo en cinco minutos". Más práctico, sin dudas, pero cuánto menos romántico.
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