En el Banco Central aseguran que no ha cambiado la política monetaria orientada al objetivo de reducir la tasa de inflación a un dígito porcentual al año hacia fines de 2019. No sólo eso, en la última conferencia de prensa mensual sobre el ánalisis de los índices de estabilidad financiera, el presidente de la entidad, Federico Sturzenegger, dijo: "La meta de inflación del 17% no se cambia". Y está bien, sobre todo porque aún resta transitar más de la mitad del año para llegar a esa meta techo, dado que del objetivo piso del 12% ya no se habla.
La fotografía al día de hoy parece darle la razón si se observa que entre abril y mayo de 2016 la inflación acumulaba un aumento del Índice de Precios al Consumidor del 30% al 34%, y llegó a acelerarse hasta un pico de más del 40% en el tercer trimestre, y ahora descendió al rango del 27,5% el mes pasado y este, aún estimando un 2% en el mes, se reducirá a 25 por ciento.
Sin embargo, los economistas profesionales amantes de los números monetarios han descubierto hace más de 70 años que las variaciones en la cantidad de dinero en un ambiente donde no hay clara recuperación de la confianza y la bonanza económica se muestra esquiva, se transmiten a los precios con un rezago de 12 a 24 meses, según los escenarios y las circunstancias exógenas.
En el caso argentino, a pesar de las particularidades que lo caracterizan, al punto que en los manuales de economía de mediados del siglo pasado se diferenciaban a los países entre desarrollados, en desarrollo, Japón y Argentina, se advierte con claridad que la inflación de los últimos doce meses se alineó al ritmo del aumento de la variación de la base monetaria doce meses antes, y apenas excedió en un par de puntos porcentuales a la suba de entonces del agregado monetario amplio.
Punto de giro a partir de enero 2017
Según ese sendero de expansión de la cantidad de dinero primario y también del denominado M2, que agrega los depósitos en caja de ahorro y a plazo fijo, tanto del sector público como del privado, la desaceleración de la tasa de inflación de un pico del 40% a mediados de 2016 a un rango de 25% en la actualidad, siempre en comparación con un año antes, se sostendría hasta junio o julio. No mucho más.
Es que si se toman esas dos variables monetarias, se advierte con claridad que desde el segundo semestre de 2016 ingresó en un modo electoral, primero, de modo moderado, pero se tornó intenso desde el nuevo año, pese a que se lo intentó disimular con la suba del corredor de tasas de las Lebac, que esta semana avanzó a 25,5% anual: la base monetaria ya no se expande a un ritmo del 27% a 29% interanual, y los agregados monetarios de modo acotado, a una tasa de entre 18% y 22%, sino que en ambos casos se afirmaron en los últimos tres meses en un ritmo de más del 35 por ciento.
Más allá de que entre los factores determinantes de la inflación pueden encontrarse múltiples causas, como el ajuste de los precios relativos de la economía (tarifas); factores climáticos que afectan la oferta de productos básicos, pero principalmente la persistencia de un abultado déficit fiscal, entre otros, al final del día responde a la mayor oferta de dinero de la que desean los agentes económicos.
En ese punto, los técnicos del Banco Central confiaban en la restricción presupuestaria de las familias que implicaba contar con ingresos que no acompañaban el ritmo de alza de los precios, y de ese modo, contribuían al objetivo de desaceleración de la inflación. Pero llegaron las paritarias, junto con los aumentos de jubilaciones y de los planes sociales sobre la base de la variación de los precios en los seis meses antes, y el cuadro cambió: los precios pasaron de subir a una tasa de 1,5% por mes en la segunda mitad de 2016 a más de 2% en el primer tercio de este año.
Muchos economistas han venido alertando en los últimos meses sobre la necesidad de una convergencia entre la política monetaria que desde un principio se había mostrado restrictiva y la fiscal, que se mantuvo expansiva.
Los últimos datos del Banco Central parecieran indicar que la autoridad monetaria comenzó a ceder, a tono con las exigencias de un año electoral en el que los indicadores anticipados de actividad carecen de fuerza para predecir una clara reactivación, pese a que su conductor insiste en que no abandonará su objetivo de domar la inflación.
El mercado mientras tanto toma sus recaudos y mes a mes da señales de ajuste a la baja de sus expectativas de crecimiento en el corriente y posterga las decisiones de fondo hasta después de las elecciones de octubre.
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