
Yo no podría explicar por qué escribo. Lo hice desde niña sin un propósito, casi ocultándome del mundo, ya que nadie supo jamás lo que escribía, ni siquiera mis padres, algo de lo que me arrepiento ahora.
Publiqué mi primera novela, En alas de la seducción, empujada por mis amigas administradoras de un foro de lectura, y porque en ese momento mi editora estaba buscando autoras argentinas del género romántico. Se dieron así las cosas, y yo suelo dejarme conducir por los caminos que se abren, a ver qué pasa, del mismo modo que me dejo cautivar por las ideas que me surgen, aunque no sean parte del proyecto inicial. Así nació mi última novela, La salvaje de Boston, que se interpuso en mi mente mientras escribía los primeros capítulos de otra, que quedó relegada.
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Escribir me parece algo natural, como cantar o bailar, algo que nace del espíritu y también es propio del que lee mucho. Claro que hacer de eso un oficio o profesión requiere cierta disciplina y paciencia. Exige también responsabilidad, pero si no me sintiera tan libre y contenta como cuando lo hacía de niña, no lo haría. Para mí no constituye un trabajo sino un placer tan inmenso, que siento voluptuosidad en el tecleo constante y arrebatado. ¡Contar una historia, qué maravilla!
Me gusta contar y que me cuenten.

Tuve en mis abuelas sendas fuentes inagotables de historias, propias y ajenas. Yo me extasiaba escuchándolas. Hablaban de gente que nunca conocí, de épocas lejanas, lugares que jamás visité, y eso mismo me mantenía apegada a sus palabras, bebiendo de la savia de la imaginación. Por eso digo que me considero una contadora de cuentos o, como leí una vez: una "escribidora". Me gusta esa palabra.
Escribo en cualquier parte. Cada una de mis novelas tuvo un escenario distinto en mi casa. Es algo que se dio, no fue planeado. Y cuando acondicioné un rincón especial, alejado de los ruidos cotidianos, en la siguiente novela cambié por otro. Soy escritora itinerante en mi propio hogar.
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Tampoco tengo horarios fijos debido a mis otras actividades, de manera que escribo primero en la mente, nunca me siento frente a la pantalla o la hoja en blanco. A veces mientras camino o hago otras cosas, estoy escribiendo de ese modo intangible, y luego suelto ese torrente de una sola vez, hasta agotarlo.
Creo que jamás escribiría sobre mí misma. Disfruto de inventar y meterme en la piel de personajes que hacen cosas que yo no podría o tienen conocimientos de los que carezco. Si soy torpe con la aguja, Brunilda Marconi, la protagonista de El ángel roto, tiene manos de hada para la costura. Me aventuré en ese universo de las costureras, aprendí sobre telas y máquinas de coser, fingí ser esa mujer laboriosa capaz de crear algo bello con sus dedos. Me encanta el olvido de mi persona, transformarme en otra durante el tiempo que dure la novela. A lo mejor es por eso que escribo, para salirme de mi ser, para probar cómo es ser otro.
Tal vez acabo de descubrir la respuesta a la pregunta del inicio.
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