
La primera vez que leí una novela tenía 10 años y estaba en San Clemente del Tuyú, una playa de la Costa Argentina. El libro era El mundo perdido, de Sir Arthur Conan Doyle. Entonces descubrí que, aunque la economía familiar no nos permitiera llegar muy lejos, la lectura podía compensar cualquier distancia: ese verano viajé con el Dr. Challenger por el Amazonas en busca de un mundo prehistórico cargado de dinosaurios y peligros.
Desde entonces, la literatura se convirtió en el pasaporte que podía llevarme a lugares impensados y desconocidos, y ser otras personas distintas a la que soy. Lejos estaba de saber que terminaría dedicándome a escribir libros, pero ese descubrimiento de alguna manera le dio forma a la concepción que aún hoy tengo de la literatura. Escribo para ser otros, para estar en otros lugares y dejar atrás la vida cotidiana que llevo.
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Con los años escribí seis novelas. La mitad, historias inventadas con personajes ficticios; la otra mitad, novelas basadas en la vida de gente real. La diferencia entre escribir sobre algo inventado y escribir sobre algo que le pasó a otro, para mí, es ínfima. Lo importante es viajar con el personaje a su propio mundo, ya sea inventando o indagando en el pasado, pero siempre tratando de meterme en un universo mucho más complejo, extraño e interesante que el mundo que me rodea cada día. Porque, para ser sincero, creo que la vida de un autor es mucho más gris que la vida de un personaje de libro. Al menos en mi caso, mi vida transcurre mitad en el teclado, apartado del mundo, escribiendo en la soledad de mi estudio, y la otra mitad en menesteres demasiado simples como para ameritar convertirse en libro: cocino, miro fútbol, paso el tiempo con mi mujer y mis hijos…
Cuando escribí mis novelas de ficción (Delivery, 2002; Con la sangre en el ojo, 2015; Su rostro en el tiempo, 2016) el viaje estuvo confinado a mi propia imaginación. En el caso de las biografías noveladas (El ghetto de las ocho puertas, 2009; Un caballero en el purgatorio, 2012; La niña y su doble, 2014), la odisea implicó meterme en la vida de otro, preguntarle hasta el hartazgo, obligarlo a recordar para tener herramientas concretas con las que, después, recrear su historia de vida. No podría decir cuál de las dos vertientes prefiero: me gusta inventar, pero tener a un personaje vivo frente a mí, con memoria y dispuesto a responder todas las preguntas, es un placer al que, creo, ya no voy a poder renunciar nunca.
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Sin embargo, en ambos casos tengo el desafío de viajar a esas historias buscando aquellas escenas (reales o inventadas) que me permitan dedicarme a lo que más me gusta hacer: convertir en palabras los movimientos, acciones, tristezas y alegrías, horrores y placeres que atraviesan los personajes, buscar hasta encontrar la palabra adecuada, armar, desarmar y rearmar las frases, y, al mismo tiempo, ver, sentir y experimentar eso que ve, hace o siente cada uno de los personajes sobre los que escribo.

Escribir implica desarrollar una cantidad mínima de movimientos durante muchas horas al día: sólo hay que mover los dedos en el teclado con la vista al frente, pegada a la pantalla. Quizá por eso me gusta escribir más a partir de acciones y me aburren tanto los personajes que dan largas peroratas y soliloquios y esas novelas o cuentos donde el autor habla de sí mismo o del oficio de escribir, y los personajes son estatuas que piensan sin moverse, sin actuar, que es lo que hacemos los autores: sentados, pensando historias, palabras. A veces me pregunto si aquella idea de «pinta tu aldea» no terminó convirtiéndose en un estigma que, como si fuéramos personajes de un reality show, empuja a muchos autores a hablar de sí mismos, a mostrar promiscuamente ese momento íntimo que es la escritura.
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Por eso nunca escribo de lo que me rodea, ni de mis gustos, ni de literatura: porque sólo la escritura me permite escapar de mi lugar de trabajo y de mi vida cotidiana, y vivir vidas ajenas que, lamentablemente, se vuelven parte de la mía. Es curioso, pero el placer de ser otro se diluye luego de la escritura, como me pasa cuando termino de leer un libro. Es cruel, pero las aventuras que vivo con mis personajes se convierten en pasado apenas termino la primera versión de un texto. ¿Será eso lo que me empuja a seguir escribiendo, a pensar en el próximo libro apenas termino el que estoy escribiendo? No lo sé.
Sí tengo claro que, como me pasó a los 10 años, la literatura es el único margen que me permito para soñar que puedo cazar dinosaurios, codearme con narcotraficantes, huir de los nazis, desentrañar un crimen pasional, enfrentar al fascismo, ser ladrón, asesino o víctima… Al borde de los 40 años puedo decir que estoy conforme con mi vida, pero soy incapaz de renunciar a al placer de vivir la vida de otros: esa adrenalina es la que me mantiene en movimiento y me sigue empujando por el Amazonas, en busca de un mundo perdido que, por suerte, siempre es distinto a lo que me rodea.
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