
—A los personajes de La noche de la usina —dice Eduardo Sacheri— la categoría de héroes les queda grande.
La novela con la que obtuvo este año el Premio Alfaguara (175.000 dólares) transcurre en O'Connor —un pueblito de provincia donde Sacheri ya había situado Aráoz y la verdad— en medio de la crisis del 2001. Un grupo de vecinos se juntan para pelearle a la pobreza abriendo unos silos, pero son estafados por un comerciante de pocos escrúpulos. Allí, donde tantas veces las historias se cierran, es donde esta se abre: cuando los vecinos deciden encajar el golpe y planear una revancha. Por eso Sacheri no habla de héroes:
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—La heroicidad suena muy altruista y, en realidad, ellos hacen lo que hacen por ellos mismos. Está bien que hay cierta solidaridad que ponen en práctica, pero tampoco son tan buenos. Más bien intentan tomar una revancha. "Recuperemos lo que nos estafaron". Hasta en ese sentido son un poco pequeños. Será que no soy muy buen abogado de mis personajes.

Licenciado en Historia, docente de profesión y escritor de vocación, Sacheri dice que prefiere las historias de "épica minúscula":
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—Donde aparece la gran épica queda poco por contar. O por lo menos a mí me resulta que tengo poco lugar para contar. Me gusta el gesto mínimo, el pequeño hallazgo de un personaje dentro de un mar de pérdidas. Y es verdad que, como historiador, tiendo a descreer de los grandes relatos demasiado cerrados en sí mismo, demasiado solemnes y demasiado épicos.
—Hablás de "revancha", pero en la novela se puede entender que hay una búsqueda de Justicia. Eso es algo siempre presente en tus libros. Pienso, por ejemplo, en La pregunta de sus ojos.
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—Indudablemente la idea de Justicia me obsesiona. Aunque no lo tenga presente, cuando me pongo a escribir un libro evidentemente me da vueltas. Creo que también está la idea de reparación. Porque, mirado de cierta manera, cualquier acto artístico es una búsqueda de reparación. Hablo como lector o como quien mira una película o escucha música. Cuando te sumergís en el acto artístico hay una suerte de reparación entre lo que la vida es y lo que debería ser. Tu espíritu se acomoda de otra manera mientras experimenta ese goce artístico. Por eso la reparación engloba de una u otra manera todo lo que hacemos, aunque sea una reparación tortuosa o vinculada con la angustia y el dolor; la reparación no siempre es placentera. Volviendo a mi manera de construir historias, a lo mejor es mi manera de entender la vida. Nuestro sino es absolutamente trágico y lo único que tenemos para echar mano son mínimas reparaciones fugaces que enderecen un poco las cosas hasta que la vida se vuelva a desmadrar.
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