La irrupción del calentamiento global en el escenario mundial, y la consiguiente necesidad de reducir el consumo de combustibles fósiles, introdujo un concepto hasta entonces en desuso: la eficiencia energética.
O el compromiso por gastar menos electricidad en las actividades domésticas, industriales, productivas y hasta en la burocracia estatal.
Algunos países, como Alemania, España o los escandinavos, tradujeron dichos vocablos en la puesta en práctica de mecanismos institucionales de ahorro de la energía. Reemplazo de luminarias públicas, tarifas diferenciadas por consumo, reconversión de métodos de producción, promoción de la arquitectura sustentable, ahorro en la actividad estatal, un combo de factores alimentados por la determinación política en combinación con la incorporación de energías limpias y renovables.
Incluso en Alemania, el 25% de la electricidad que se consume se produce en hogares con paneles solares que tienen la posibilidad de inyectar el excedente en la red, y de ese modo amortizar la inversión. Es un fenómeno sociocultural de generación propia de energía. Otros países, como la Argentina, apenas echaron mano al discurso, como si solo se tratara de modificar una conducta individual: sufrir un poquito más de frío en invierno y padecer algo más el calor en verano, siempre dentro de hogares no adaptados al ahorro energético.
Ser más eficientes supone obtener el mismo resultado con menor costo. Las casas, en la Argentina, son ineficientes. Su arquitectura no depende del clima en que están insertas, ni tienen mecanismos de adaptación. Entonces, poner el aire acondicionado en 24 o apagar la calefacción por las noches resulta menos determinante que el ahorro que supondría una construcción sustentable.
Pero el consumo domiciliario supone sólo un tercio de la demanda total. ¿Alguien conoce un programa para reducir el uso superfluo de los cientos de organismos estatales iluminados a pleno en horas en las que los edificios están vacíos? ¿Alguien ha escuchado de planes de reconversión energética de industrias? ¿Alguien ha visto iniciativas para disminuir la incidencia de ciudades iluminadas "a giorno" solo para alimentar carteles de publicidad?
Ser más eficientes supone, lógicamente, una tarea y un cambio de cultura de la sociedad en su conjunto. Y eso, se sabe, lo consiguen las políticas públicas y no las recomendaciones a favor de prácticas individuales que, como corresponde a la electricidad, no mueven el amperímetro.
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