Los autos son instrumentos de movilidad, vehículos que transportan gente, cosas, voluntades. O son más que eso. Su penetración en la sociedad cultivó una conexión especial, un sentimiento de romanticismo. Son más que autos, en algunos casos se transformaron en extensiones corporales, objetos de deseo y de ostentación, miembros familiares. El mundo del motor es un universo que excede la mera utilidad: sopesa su connotación cultural y conforma una identidad en la sociedad.

Spenny es un joven ciego y con autismo que aprendió a manejar la caja de cambios del auto de su padre. La experiencia fue recogida en un video casero. Su expresión denotaba emoción y gratitud. Sonreía, reía, festejaba la acción "cotidiana y pueril" de pasar cambios y de volver a punto muerto. Y por más que el acompañante no deba manipular la palanca de cambios -acción restrictiva al conductor-, la delegación del comando se asemeja, en esta caso, a un gesto de nobleza y una enseñanza.

En el video de un minuto de duración, el padre le pregunta a su hijo si le gusta hacer los cambios de marcha. Él responde, feliz, que sí. Antes se habían dicho "te quiero mucho". Estaban visiblemente plenos de compartir este momento juntos. En su cuenta de YouTube donde posteó el video, Omar Chávez expresó su felicidad: "A mi muchachito le encanta ir a pasear en nuestra Subaru WRX STI. Pensar que solo le iba a mostrar cómo cambiar de marcha".

En otro video, Spenny se dedicó a escuchar el propulsor bóxer turbo de cuatro cilindros y 300 CV del radical deportivo japonés. El ruido, esa melodía para los puristas del motor, significaba para ese joven con autismo y sin visión la mejor traducción de adrenalina y la potencia. Porque, a veces, los autos sirven para conectar personas, para fabricar momentos emotivos, para provocar sensaciones de placer.

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