
"¿Qué le falta a tu camiseta?", la preguntaron al colombiano Edwin Cardona en plena presentación de los refuerzos de Boca. Ante todos los testigos de la escena, mostró una enorme sonrisa y no vaciló: "El número 10".
La mítica casaca que usaron Diego Armando Maradona, Carlos Tevez, Alberto Márcico y Juan Román Riquelme tiene nuevo dueño. No le pesa. No dudó en pedirla parado delante de todas las cámaras. A sus espaldas, una historia de pobreza, lucha y superación que bien podría haber moldeado al jugador ideal para cargarse con esa responsabilidad tan importante en el Xeneize.
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El primer recuerdo se remite a una pequeña habitación del barrio Belén Buenavista de Medellín que cobijó al joven Edwin, los tres hermanos menores y sus padres. Algunos días no había dinero para tomar el colectivo, otros ni siquiera alcanzaba para tener un plato de comida en la mesa. El fútbol era su única salvación; el riesgoso entorno, el gran peligro.
"No teníamos para un autobús o para comer. Si almorzábamos no cenábamos, si cenábamos, no almorzábamos. A veces no desayunábamos y éramos cuatro niños", recordó el futbolista en diálogo con el programa radial Superclásico.
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Cuando la panza crujía de hambre, el valor de la pelota más crecía en el interior de Cardona. Su padre, Andrés, sólo conseguía trabajos semestrales como albañil, barrendero, taxista y empleado en lavaderos de autos o empresas de construcción. "La vida a mi papá le dio muy duro", reconoció Edwin que para esa época ya estaba obsesionado con alcanzar la gloria simplemente para ubicarse en la ruta que lo llevaría a la calma económica para los suyos.
El contexto hostil que en aquellos primeros años ya perseguía a la familia Cardona pareció no ser suficiente para el destino, que decidió ponerle un nuevo escollo: su madre, Paula Bedoya, fue diagnosticada con cáncer de ovarios. Edwin abandonó definitivamente el envase de niño y se calzó el traje de hombre de la casa. La cuidó durante el período de recuperación y le prometió que se transformaría en jugador profesional para sacarlos a todos de la marginalidad.
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Mientras tanto, el mediocampista que a sus 24 años arribó a Boca para uno de sus mayores desafíos profesionales sólo despuntaba el vicio en los torneos Ponyfútbol –unos campeonatos infantiles de Medellín–.
Cuentan los que lo conocen que cuando no tenía espacio en los partidos informales que se armaban en la cancha ubicada a unas cuadras de su casa, él se quedaba pegado a la línea del lateral a la espera de que la pelota se vaya para ir corriendo a devolverla. La obsesión y el amor por el fútbol tendrían su rédito poco después.
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A los 13 años, veedores del Atlético Nacional lo descubrieron en uno de los certámenes que disputaba y no dudaron: lo sumaron a sus categorías juveniles. Ya tenía pasta de crack, pero bien sabía por reflejo de su propio padre que al talento debía acompañarlo con esfuerzo.
No faltaba a ningún entrenamiento. Cuando los bolsillos de sus padres más sufrían, él se las ingeniaba para estar presente en las prácticas. Iba a pie, en bicicleta o le pedía prestado dinero a un tío para el pasaje del bus de ida. Repetía la misma fórmula para volver, pero el préstamo era de un compañero del plantel.
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El esfuerzo conmovió al Atlético Nacional, que al poco tiempo lo sacó del pequeño hogar en el barrio Belén y le otorgó una vivienda en Antioquia, además de suministrarle un pequeño ingreso para los gastos personales, los cuales Edwin decidió darle a sus padres para ayudar en la casa. Cada año que pasaba, Cardona subía su nivel y conseguía mejoras en la calidad de vida de toda la familia. La motivación era infinita: su pasión era la salvación. La fórmula perfecta

El 2009, con 17 años, fue el quiebre definitivo de su carrera: debutó como profesional en su club y la rompió con la selección Sub 17 de su país en el Sudamericano de la categoría que se celebró en Chile. El resto, en el mundo del fútbol, fue historia conocida.
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Cardona no olvida su pasado. Es el motor para seguir adelante. Para pedir sin temer la pesada 10 de Boca: "Siempre tuve ese sueño de jugar. De poder sacar a mi familia adelante. Y creo que ahorita lo estoy logrando. El pasado a uno le deja muchos recuerdos bonitos, pero obviamente muchas tristezas". Ahora sólo mira para el frente: allí está el camino que lo llevará al éxito en Boca. Y, claro está, a la salvación de sus más queridos.
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