Fernando Juan Lima
Fernando Juan Lima

En medio del caos vehicular de la tarde, de los oficinistas que salen apurados de sus trabajos, de los que corren porque llegan demorados a la facultad, sobre la calle Lima al 300, en el macizo y algo desmejorado edificio oscuro donde funciona el INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), Fernando Juan Lima se dispone liviano para la charla. Anteojos de marco oscuro, saco, jean, pulóver azul… el look del abogado designado vicepresidente del Instituto de Cine, al igual que su forma de dialogar sobre la tarea que lo apasiona, es descontracturado, pero no por eso menos sólida. Su trayectoria es jurídica —Juez de Cámara desde 2012 y de Primera Instancia desde 2000— pero también cinéfila —es crítico de cine en El Amante, Diario BAE y OtrosCines, también en el programa radial La Autopista del Sur y en el televisivo Cinema Mon Amour—. De hecho, su tesis doctoral fue sobre ayudas públicas al cine. Podría decirse, entonces, que trabajó para no dejar pasar esta oportunidad.

Por las "incompatibilidades muy estrictas" de la Justicia, pidió licencia para dejar de ser juez y así poder trabajar junto al nuevo presidente del INCAA, Ralph Haiek. No los esperaba un buen panorama: la salida de Alejandro Cacetta de la presidencia por pedido del ministro Pablo Avelluto, la posterior renuncia de Pablo Rovito como rector de la ENERC (la escuela de cinematografía del instituto) y una investigación por corrupción en todo el instituto ensucia todo. Pero, ¿qué significan estas nuevas caras? ¿Vienen a dar un giro a la política pública que se venía llevando a cabo en el cine? "Si tenemos el buen cine que tenemos es porque algo bien se hizo", comenta Lima. Habla relajado, ríe, mueve las manos, junta los dedos, reflexiona sin temor al pifie. Cuando el grabador se enciende, su actitud no cambia. Habla con tranquilidad, convencido.

– ¿Cómo estuvo viendo el INCAA desde afuera?

– Hay algo que me a mí me parece muy destacable y que uno en la minucia del día a día se lo pierde: en el Instituto del Cine, desde la recuperación de la Democracia, ha habido algo parecido a una política de Estado. Si tenemos el cine que tenemos, con su calidad, cantidad y diversidad, es porque algo se hizo bien durante todo este tiempo, con sus más y sus menos. Uno tendrá preferencia en las etapas, pero no hubo cortes abruptos, no hubo retrocesos demasiado evidentes ni siquiera en la década del 90, y eso es bueno. Todo se puede mejorar, ése es el desafío. No sólo porque hay cosas que se hicieron mal sino porque el mundo ha cambiado y está cambiando. En eso tenemos que estar atentos. Pero a mí me parece que al Instituto de Cine lo tenemos que cuidar porque no existe cine en ningún lugar del mundo sin apoyo del Estado, y la herramienta que tiene el Estado para apoyar el cine es el Instituto, con lo cual lo veo bien, lo quiero y lo quiero mejorar.

– Claro, porque si uno deja el arte en manos del mercado, la cosa sería muy diferente, ¿no?

– Hay que despejar algunos miedos que son infundados. No es que el puede apoyar al cine, debe apoyar al cine. Este es un mandato que está previsto en la Constitución Nacional. O sea que no hay opción de decir: "Ay no, miren, el cine gasta mucho y por eso no ponemos más plata en el cine". No podemos hacer eso, aparte de que no queremos. Pero realmente no es una opción, y en esto estamos hablando de inversión, no de gasto. La cultura tiene un valor tan importante que justifica que tenga una regulación específica en la propia Constitución, con lo cual realmente hay que invertir en cultura, hay que cuidar nuestra cultura y el norte del Instituto de Cine es: por una parte, el fomento del cine nacional, el apoyo; y por otra, evitar la concentración, esto es diversidad cultural. Tiene que lograr las dos cosas al mismo tiempo. Estas son políticas culturales, políticas de Estado, políticas con mayúscula, no estamos hablando de cuestiones partidarias, porque esto atraviesa a todos los partidos y a los distintos gobiernos. Tenemos que pensar en los problemas cotidianos, a los cuales hay que hacerles frente y muchas veces generan rispideces y discusiones, que bienvenidas sean, y otras veces tenemos que prestarle atención al mediano y largo plazo, porque hay cambios que se están dando y hay herramientas que tenemos que sirvieron en un momento y ahora hay que repensarlas porque el cambio tecnológico es fundamental. La manera de ver películas ha cambiado muchísimo.

Ariel Rotter recibió días atrás el premio mayor la 65ta. entrega de los Premios Cóndor por su película “La luz incidente”. (Foto: Alfredo Luna)
Ariel Rotter recibió días atrás el premio mayor la 65ta. entrega de los Premios Cóndor por su película “La luz incidente”. (Foto: Alfredo Luna)

– ¿Y cómo lograr que el cine logre independizarse del asistencialismo del Estado y pueda generar su propia industria?

– Yo no sé si es lo ideal o tiene que ver con la realidad del cine en ningún lugar del mundo. Y digo "en ningún lugar del mundo" incluyendo a Estados Unidos, y por ahí la India. Realmente el Estado tiene que estar presente y de una u otra manera siempre va a estar. Uno por ahí no presta atención y me pregunta: "Vos que venís del derecho administrativo, ¿qué tiene que ver con el cine?" ¡Todo! La habilitación de la sala, los impuestos que se cobran en las entradas, la cantidad de gente que puede entrar o salir del cine, la calificación si la película es apta para mayores de 13, 16 o 18 años, el subsidio que se da o no se da a la película, la cuota de pantalla que hace que la película pueda ser vista durante dos o tres semanas en la misma sala… todo eso es derecho administrativo. Con lo cual el Estado está presente todo el tiempo en el cine; obviamente tiene que estar presente de una manera que apoye a quien verdaderamente lo necesite y tiene que hacerlo subsidiariamente. A aquel que puede bancarse solo sería lo ideal que no, porque esos fondos podría aprovecharlo otro que lo necesita más. Y, por supuesto, nunca asfixiando a la iniciativa privada, porque por ejemplo el Estado nunca se va a meter en contenidos. Si lo hace, ahí sí estamos hablando de censura u otro tipo de intervenciones indebidas que, por lo tanto, son inconstitucionales. La verdad es que el Estado está siempre presente y me parece que la realidad indica que va a seguir estándolo porque justamente es el mediador necesario para que no haya concentración. Esto pasa en el cine y en otras actividades: si las dejás actuar solas, la tendencia es hacia la concentración absoluta y a la explotación del pobre habitante, que se ve desprotegido. Y acá, aparte, hay un valor muy importante que es la cultura, con lo cual el Estado debe estar presente.

– Y en los años de kirchnerismo, ¿cómo vio las políticas culturales respecto al cine?

– Me parece que es impropio dividir así. No me gusta entrar en cuestiones partidarias. Sí creo que se han hecho muchas cosas buenas y se mantuvieron en el tiempo. Si tenemos la cantidad, calidad y diversidad de películas que tenemos por año es porque algunas cosas se hicieron bien, pero también es indiscutible que algunas cosas se pueden mejorar. Me parece que se puede gastar mejor la plata. Me parece que todo lo que se pierde en burocracia —y ni hablar en corrupción, si la hay— lo que se pierde en tiempos que se pueden acelerar son menos películas que se hacen. Hay que poner el acento ahí: celeridad y transparencia. Me parece que se puso mucho el acento sólo en la producción, pero también hay que mirar la distribución y la exhibición. Me encanta que haya tantas películas. Ayer estaba en los Premios Cóndor y todas nominadas las había visto. Y también las óperas prima, que eran todas excelentes, por cierto. Y da lástima que por ahí las vean, con suerte, cinco mil o diez mil personas. Esto tiene que ver con que llegan tarde a las pantallas, llegan sólo al Cine Gaumont en dos pasadas porque no hay lugar, porque tenemos tantas películas que no entran. Esto hay que pensarlo sistémicamente. Está buenísimo que haya tanta producción, pero el objeto del Instituto del Cine no es dar trabajo para que se hagan películas, es proteger a la cultura. Y la cultura implica que se hagan películas, que se vean, que lleguen a las pantallas, y para eso hay que pensarlo todo como un sistema. La idea es construir sobre lo construido, y es algo que viene pasando, porque uno tiene su gusto, sus pertenencias partidarias o ideológicas, y le podrá caer más simpático uno u otro, pero si uno mira del 83 para acá, por suerte, no ha habido retrocesos tan terribles, ni siquiera en la década del 90. Por eso hay que aceptar lo bueno y mejorarlo.

– Ya que menciona a los Premios Cóndor, hubo discursos fuertemente políticos y muy críticos. ¿Eso cómo repercute a la hora de pensar su función en el INCAA?

– Yo llego al Instituto sin ninguna pertenencia partidaria. Primero porque soy independiente en mi faz personal, y segundo por mi trabajo: como juez no puedo estar afiliado, ni lo he estado en ningún partido político. Pero no hay que tenerle miedo a la discusión, el cine es política. Estaría bueno que nos pudiéramos poner de acuerdo sobre cuándo estamos hablando de política partidaria y cuándo estamos hablando de política con mayúscula. La política con mayúscula tiene que ver con la política de Estado, que tiene que ver con la diversidad, y en eso podríamos estar todos de acuerdo. Me parece que con los hechos vamos a demostrar que ése es el norte de la actividad del Instituto. En eso el tiempo demostrará que quienes defendemos esto podemos estar de acuerdo, más allá de que después nos seguiremos peleando y las cuestiones partidarias van a seguir existiendo y está muy bien que cada uno reclame por lo que cree que es su derecho. Creo que todos los reclamos son legítimos y están hechos desde un lugar de cariño y compromiso por lo que se hace. Realmente esto del cine es una enfermedad contagiosa y hay un compromiso real de todos los que estamos de acuerdo, para poder trabajar juntos. Así como la idea de acá adentro es trabajar en equipo, todas las voces van a ser escuchadas. Está bueno que reclamen, que se quejen, que critiquen. Cuando uno es funcionario público está sometido a ese escrutinio permanente.

Fernando Juan Lima
Fernando Juan Lima

– Las películas argentinas tienen muy corta duración en las salas, y si no llegan a determinada cantidad de público salen de cartel. ¿Qué se puede hacer ahí para que no haya una competencia tan desigual frente a los "tanques" de Hollywood?

– Necesitamos un circuito de exhibición alternativo que esté más extendido y que esté coordinado. Me parece que es algo sobre lo que se puede trabajar. Necesitamos también trabajar sobre la grilla de estrenos para que no se amontonen. La semana pasada, según cómo los cuente, hubo entre 10 y 13 estrenos. Digo "según cómo los cuente" porque hay muchas películas que no se entrenan los jueves, sino que se estrenan viernes, sábado, domingo porque van solamente al MALBA, al Centro de la Cooperación, al Centro Cultural Recoleta o a un espacio similar que existe en alguna provincia. Eso hay que pensarlo bien: hay semanas en las que dos "tanques" te ocupan toda la pantalla y la semana siguiente hay 15 estrenos. Esto hay que pensarlo dialogando con los actores de la industria porque con un determinado orden, ganan todos. Que más gente vaya al cine, que puedan ver películas, es nuestro objetivo y el de los actores de la industroa, porque tiene que ver con nuestra cultura y porque es lo que les genera ingresos.

– Su designación aparece en un momento muy peculiar: la salida de Alejandro Cacetta como presidente del INCAA a pedido del ministro Avelluto, la renuncia de Pablo Rovito como rector de la ENERC, una investigación por corrupción en todo el instituto. ¿Cómo ve este panorama?

– Te soy sincero, el rol acá es de gestión. No puedo opinar sobre lo que pasó o no pasó… aparte soy juez, así que si no tengo el expediente adelante no sé, no me consta, y la verdad que no me corresponde. Esa investigación la tiene que hacer la Oficina Anticorrupción, en su caso corresponde hacer los sumarios administrativos internos y la denuncia ante la Justicia, estamos obligados como funcionarios. No es que es opinable y que decidimos denunciar o no denunciar. Y acá el cine sigue y nuestro objetivo primordial es defender el cine, y lo que hay que hay que hacer es gestionar. ¿El resto? Y sí, no me gusta que ese objeto que uno quiere tanto que es el cine esté rodeado de ese tipo de sospechas. La verdad que no, me encantaría que no fuera así, pero tampoco es el objeto de nuestro trabajo cotidiano. Nuestro trabajo cotidiano es gestionar, hacer más y mejores películas argentinas, que les vaya bárbaro, que haya más salas, que se distribuyan mejor, que las distribuidoras independientes vuelvan a tener el lugar que tuvieron en algún momento.

En abril de este año, hubo varias protestas luego de la salida de Cacetta del INCAA. (NA)
En abril de este año, hubo varias protestas luego de la salida de Cacetta del INCAA. (NA)

– Como crítico de cine, ¿cómo ve el cine argentino respecto a las producciones de otros países?

– La verdad es que Argentina tiene algo excepcional: tiene una marca país muy importante. Esa cosa que acá todavía pareciera que alguno sigue diciendo "no, yo cine argentino no te veo", en general afuera es al revés. El cine argentino tiene una marca en los festivales, que yo he ido bastante, donde hay mucha gente que elige ver una película porque es argentina. Y eso de ver al cine argentino como un género, como si todas las películas fueran iguales, es algo que no existe. Acá hay súper producciones de acción al lado de películas chiquititas o de género, algo que se trabajó mucho tiempo y que me parece una vertiente a explotar. Yo disfruto mucho del cine argentino, de la diversidad y la riqueza que tiene, y no hay muchos ejemplos en el mundo. De hecho tampoco hay muchos ejemplos en el mundo en cuanto a la cantidad de películas que se hacen. Hay que hablar, más que de cine argentino —y esto no es publicidad de ninguna plataforma— hay que hablar de cines argentinos, porque realmente hay muchos, y me parece que es un valor a preservar.

– Si bien somos una cultura periférica donde muchas las películas se legitiman a partir de festivales o de premios en el exterior, ¿es posible pensar el cine desde otro lugar?

– En cuanto a gustos yo soy absolutamente periférico: me gusta mucho el cine independiente y las producciones que por ahí pueden ser extrañas y exóticas. Yo defiendo mucho ese cine y es necesario que exista. Pero también es cierto que al otro lo necesitamos, y tiene que ver con el funcionamiento del sistema. Todo cine que ha funcionado en su faceta industrial necesita del star system, necesita de determinada visibilidad. Me parece que la opción inteligente es apuntar a las dos cosas. Necesitamos de las películas súper taquilleras con estrellas, que también funciona con el público que empuja, perder ciertos prejuicios con el cine nacional, y también necesitamos pequeñas películas que corren los límites y que nos hacen descubrir nuevos directores. Basta con ver cómo ha sido el cine argentino en el tiempo: pensá en lo que fue el Nuevo Cine Argentino, pensá en algún director que fue el que lo inventó y por ahí hoy es uno de los directores que hace las películas súper taquilleras y va a Cannes todos los años. Necesitamos de las dos cosas porque el cine es un continuo que nos precedió y nos va a suceder, y hay que pensar las cosas al mismo tiempo. Más allá de que a mí me puede gustar más ir a ver a la Leopoldo Lugones una retrospectiva un poco secreta, más que una película súper taquillera. Desde acá hay que cuidar los dos aspectos.

– Por último, pensando de acá a 40 años, ¿cómo le gustaría que recuerden su gestión, cuál querría que sea el rasgo distintivo?

– Me gustaría que tenga que ver con el ingreso del cine a la modernidad. me parece que estamos un poco atados al pasado, que lo reivindico absolutamente, pero creo que tenemos cosas que cambiar. Me gustaría que podamos tener mayor diversidad. Eso es algo con lo que hay que trabajar, porque el mundo va en sentido contrario. Es un dato de la realidad, el mundo tiende a la concentración, a que todos participemos del mismo evento al mismo tiempo. Eso es algo que hay que reconocerlo pero es algo que no me gusta y para eso está el Estado, para dar opciones. Estaría bueno que hayamos colaborado en eso, en el sentido inverso.

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