
Hay días en que escribir sobre cultura parece tan banal que una se siente en la obligación de pedir disculpas. Eso me pasó ayer: le mandé un mail a mi editora por un tema tanto más alegre que el que ocupaba mi cabeza en ese momento que tuve que hacer una alusión a eso que estábamos leyendo en los suplementos internacionales, como diciéndole "no vivo en un termo lleno de libros y conciertos", aunque a veces me gustaría. Entonces ella recogió el guante y me dijo que bueno, que escribiera sobre eso, que por qué no. Estuve a punto de contestarle que no tenía nada que decir sobre el tema del atentado en el estadio de Manchester, de la muerte de tantos chicos; que solo puedo decir qué horror, qué barbaridad, adónde vamos a parar. ¿Qué hay para decir? Me acordé de un textito del israelí Etgar Keret, el primero de su libro de crónicas Los siete años de abundancia. Keret está en un hospital acompañando a su mujer, en pleno trabajo de parto. Las enfermeras conversan, se escucha caos y se escuchan sirenas: hubo un atentado y el hospital está repleto. Entonces un periodista reconoce a Keret y le pide una declaración, entusiasmado por encontrarse, por una vez, con un escritor en el después de un atentado: por fin alguien va a decirle algo interesante en lugar de las exclamaciones vacías de siempre. Keret lo decepciona cuando le dice que no estuvo en el atentado, pero un poco lo consuela: él tampoco hubiera tenido nada genial para declarar. ¿Qué otra cosa hay para decir?
Las redes sociales están llenas de gente con respuestas mágicas. Hay una fórmula básica, por izquierda y por derecha: la idea de que existe una solución clara, efectiva e infalible pero que por obra de "alguien" (de los gobiernos blandos, de los gobiernos duros, de las corporaciones, del lobby judío, de las socialdemocracias cobardes) no se pone en práctica. Si nos sacamos los pruritos progresistas con el Islam, dicen unos, se acaba el problema: ¿qué tendrán en mente? ¿Matarlos a todos? ¿Encerrarlos en sus países, "cerrar nuestras fronteras" a cualquiera que no comparta los valores occidentales y cristianos y rezar para que no pase ninguno? Incluso si les concedemos la premisa endeble de que el que mata en nombre del Islam lo representa y el que abre fuego un día cualquiera en el colegio porque no se bancaba más a sus compañeros de división solo se representa a sí mismo, ¿cuál es la solución que están proponiendo?
Un poco los entiendo, a esos y a los que piensan (con argumentos igualmente supersticiosos) que si se acaba el Estado de Israel, el lobby del petróleo o la cultura del consumo el ISIS se va a evaporar en el aire. La incertidumbre es una cosa horrible; la más apocalíptica de las teorías es más tranquilizadora que la duda. El éxito de las teorías conspirativas se basa en eso, y el de muchas otras igual de poco sustentadas que pasan por versiones aceptables de la realidad también. Si no hay dios, que haya un genio maligno, pero creer que no hay nada, o que hay tantas variables que a la hora de tratar de controlarlas todas es básicamente lo mismo que nada, es aterrador.

Hace poco leí por primera vez un texto precioso: A Message to the 21st Century, del filósofo Isaiah Berlin. Berlin lo escribió en 1994 y le pidió a un amigo que lo leyera en la ceremonia en la que le iban a entregar un doctorado honoris causa en la Universidad de Toronto. El ensayo empieza recorriendo las grandes masacres del siglo XX, que a Berlin le tocó ver casi entero, para terminar en una nota optimista: Berlin parecía pensar que la paz y la democracia iban a expandirse en el mundo. No ahonda en los fundamentos de este diagnóstico pero su prosa franca deja al lector convencido de que había buenas razones para pensar eso. Yo no estoy segura, pero leer esos buenos augurios desde el siglo XXI es definitivamente sombrío. Me dejó pensando dos cosas: la primera, y supongo que tendrá que ver con mi crianza: ese texto podría haberse escrito en 1992, o en 1993, pero jamás en 1995. En 1995 mataron a Yitzhak Rabin (a algunas personas de mi generación demasiado entusiasmadas con una versión boba de liberalismo habría que recordarles, o contarles por si jamás lo escucharon, que lo mató un nacionalista israelí), y empezó eso que llamamos siglo XXI, que Berlin no pudo predecir y que no sabemos cuándo se termina.
No es que no hayan pasado otras cosas (la suerte de la democracia en los últimos veinte años tampoco fue tan clara en muchos otros conflictos, y cada vez lo es menos), pero más que las Torres Gemelas yo tengo grabado ese día, en el que mis maestras en el colegio judío lloraban a escondidas en el baño y nos decían que todo iba a estar bien a chicos que no teníamos ninguna razón para sospechar lo contrario.

Pensé una segunda cosa, también. Hay algo que Berlin escribe que no cambió: aceptarse falible, animarse a no comprar ninguna tesis milagrosa y volverse a casa con el carrito de soluciones vacío a seguir pensando y conversando tiene mala prensa, o como mínimo mucho menos glamour que las certezas épicas de los convencidos. Peleamos con armas desiguales: cuando nos dicen "y vos entonces qué proponés" solo sabemos levantar los hombros. Supongo que esta es mi forma rebuscada de decir, en cinco mil caracteres, qué barbaridad, adónde vamos a parar, qué mundo loco; pero aunque sea una paradoja me pareció que tal vez había algo para decir a favor de ese impulso de no responder, del escritor que se anima a no declarar nada interesante y bancarse la permanencia en el silencio, en la pregunta.
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