Al igual que en el cine de Hollywood, en la arquitectura hay un sistema de estrellas que desfilan por la alfombra roja del mundo global. Se trata de arquitectos a los que se les comisionan grandes obras, de alto impacto, por lo general muy osadas y por eso mismo sujetas a las críticas más entusiastas o más demoledoras. El premio Pritzker, que viene otorgándose desde el año 1979, ha dado visibilidad a celebrities como la iraquí Zaha Hadid (fallecida en 2016) o el francés Jean Nouvel, pero también al holandés Rem Koolhaas, el canadiense Frank Gehry o los suizos Herzog y De Meuron. Junto a muchos otros, estas figuras estelares encarnan parte del panorama multicultural de la arquitectura mundial.

Norman Foster
Norman Foster

Entre los "arquitectos estrella", el británico Norman Foster es una de las figuras centrales. Gran dibujante y aficionado a la aviación, a Foster se lo asocia con la elegancia y simplicidad de sus diseños, por el uso de materiales high-tech y por un énfasis que pretende no ser sólo retórico en los parámetros de la sustentabilidad y el impacto ecológico. Lo innegable es que dejó su impronta en cada rubro de la arquitectura que abordó: las torres, los puentes, los aeropuertos, la arquitectura industrial, las bibliotecas y universidades, pero también en sus cuidadosas intervenciones en edificios ya existentes. Su remodelación del Bundestag, el Parlamento alemán en Berlín, es el caso más emblemático de esta tendencia, que también se verifica, más recientemente, en la proyectada ampliación del Museo del Prado en Madrid.

Luego de la inauguración de la Torre Hearst en Nueva York, el crítico Paul Goldberger llamó a Foster "el Mozart del modernismo". Aunque de altura nada desmesurada, el edificio se destacaba entre otros titanes por un simple diseño triangular, que se replicaba exponencialmente, y por una mezcla de elegancia, lirismo y aparente falta de esfuerzo que volvían oportuna la comparación musical. Antes y después, Foster vivió intensas lunas de miel con la crítica, periódicamente interrumpidas por voces menos condescendientes que no dejaron de señalar su tendencia al autoplagio o la estandarización de sus creaciones, cada vez más dóciles a los mandatos del capital internacional.

Torre Hearst (Nueva York)
Torre Hearst (Nueva York)

Aunque ha logrado conquistar un lugar ahora hegemónico, Foster proviene originariamente de una familia de clase media baja de Manchester. En Norman Foster. Arquitectura y vida (2010), Sudjic Deyan nos permite conocer los comienzos modestos de Foster y sus dificultades para conseguir los primeros encargos. No hay que olvidar que Deyan es autor de otro libro importante para comprender el urbanismo del siglo XXI: el panfletario La arquitectura del poder: Cómo los ricos y poderosos dan forma a nuestro mundo (2006). Pero la biografía de Foster profundiza en aspectos personales como el impacto de la muerte de su primera esposa y socia –la arquitecta Wendy Cheesman–, los descalabros financieros de su firma o sus maneras de lidiar con la enfermedad que en cierto momento sorprendió al arquitecto. Una anécdota pinta por entero al pragmático joven de Manchester. Luego de licenciarse, se presentó a dos becas para estudiar en EEUU: ganó ambas, pero rechazó la Fullbright –nada menos– en aras de la Henry Fellowship, por la sencilla razón de que era la única que lo habilitaba a trabajar paralelamente a sus estudios de posgrado. El libro de Deyan subraya, además, la importancia del diálogo de Foster con el visionario arquitecto e inventor norteamericano Buckminster Fuller.

En Buenos Aires, Norman Foster formó parte del jurado de los proyectos que concursaron para el diseño del MALBA, dejó su impronta en Puerto Madero e inauguró la moderna Jefatura de Gobierno en Parque Patricios. Si uno visita esta nueva sede, puede comprobar que muchas de las decisiones estéticas del edificio encuentran una justificación precisa. La construcción se distingue por un techo amplísimo que sin embargo se ondula según una pauta uniforme. Climatización, iluminación y circuito virtuoso del agua son tres desafíos que esta obra enfrenta y de los que parece salir airosa. Las oficinas, dispuestas en terrazas, desconocen toda rígida división o jerarquía; la acústica logra fundir las voces en un murmullo indiferenciado. Hay un auditorio, un patio central y otros laterales, y a todo lo agiganta la luz y la transparencia. Cuando la vista atraviesa de una vez hasta cuatro fachadas acristaladas, uno se pregunta si no estamos frente a un caso benéfico del tan denostado panóptico.

Uno de los proyectos recientes de Foster es aún más ambicioso. La ciudad de Masdar, en Abu Dabi, supone la construcción de un complejo urbanístico en pleno desierto. Se convertiría en la primera ciudad libre de carbono del mundo, precisamente en el corazón de los petrolíferos Emiratos Árabes: una paradoja que no hay que minimizar. ¿Estamos frente a una fórmula eficaz para la ciudad del futuro o ante un nuevo avatar de esa urbe prefabricada y sin memoria que Rem Koolhaas denunció en su ensayo La ciudad genérica (1994)? En cualquier caso, se trata de un experimento urbano ecológico a gran escala que, de concretarse, seguramente marcará un hito en la historia del urbanismo. Si fracasa, contabilizaremos el primer pueblo fantasma entre las "ciudades verdes", pero también se tratará de un fracaso heroico, a partir del cual podrán extraerse profundas lecciones.

* Para visitar la Jefatura de Gobierno, se puede pedir permiso llamando al teléfono: 5091-7200 o comunicándose con el Ente de Turismo de la Ciudad (las visitas guiadas periódicas se discontinuaron): visitasguiadas_entur@buenosaires.gob.ar

**La biografía de Norman Foster se tradujo al español al año siguiente de publicarse en inglés. Datos de la edición española: Norman Foster. Arquitectura y vida, de Deyan Sudjic (Turner, Madrid, 2011).

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