Liliana Heker

¿Me permitirán una licencia cuasipoética? Sucede que me importa mucho señalar, junto con los consagrados, a escritores nuevos y muy valiosos. Pero son tres y me costaría mucho sacar a uno de ellos, porque lo interesante es que las escrituras y los mundos son clara y promisoriamente diversos.

Del mundo que conocimos, de Abelardo Castillo (Alfaguara). Selección de cuentos de una intensidad y una perfección formal inusuales. Fascinante al punto de llevarnos a leer, como por primera vez, a quien es un maestro del género en nuestro país y de Latinoamérica.

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Alfaguara). El descubrimiento del año para mí, estos cuentos que desbordan vida, que desafían las formas conocidas y que nos atrapan como un mar, embravecido o amable, desde la primera hasta la última página.

Carroza y reina, de Isidoro Blaisten (Mil botellas). Un hecho para celebrar, esta iniciativa de la editorial Mil botellas de reeditar a uno de los escritores más originales y cautivantes de nuestro país. Y una invitación a seguir conociéndolo y leyéndolo, actividad que siempre es una fiesta para sus lectores.

La mala fe, de Romina Doval (Bajo la luna). Novela que sorprende por la complejidad de sus personajes, por el manejo de los distintos planos de escritura, por lo diestro de la construcción, por la eficacia con que instala un trasfondo histórico e ineludiblemente político.

Los árboles caídos también son el bosque, de Alejandra Kamiya (Bajo la luna). La escritura, el ritmo y el modo en que es observada la realidad en estos cuentos, que ocurren en Japón o en Argentina, tienen una sutileza y una originalidad otorgadas, justamente, por el cruce de las dos culturas. Un libro hermoso.

No hay risas en el cielo, de Ariel Urquiza (Corregidor). Cuentos que atrapan desde el primer párrafo, con una violencia que quita el aliento, con un manejo notable de lenguajes coloquiales muy diversos, con personajes complejos y a veces imprevisibles cuyas vidas se van entrecruzando hasta construir algo más vasto e igual de intenso que cada uno de los cuentos que integran el libro.

Hebe Uhart

Imposible salir de la tierra, de Alejandra Costamagna (Estruendomudo). Chilena, es una colección de cuentos, algunos anteriores, con una nota laudatoria de Mariana Enríquez, se consigue en Santiago de Chile.

Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg (Lumen). Italiana, publicado en Buenos Aires, el texto tiene un gran poder evocativo y la virtud de unir la vida cotidiana con el contexto social de la Italia de la Segunda Guerra.

Acá el tiempo es otra cosa, de Tomás Downey (Interzona). Joven autor argentino, finalista del premio a libro de cuentos publicado que se llevó a cabo en Bogotá en noviembre último.

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Alfaguara). Por trabajar con lucidez sus ambivalencias y las de su familia. Norteamericana, pero con gran relación con México y Chile, donde se crió, rica y pobre por épocas, etcétera.

El último libro es un ensayo sociológico de Álvaro García Linera, el vicepresidente de Bolivia. No sé el nombre del libro porque no lo encuentro, pero tiene un capítulo brillante sobre cómo tendría que ser una democracia latinoamericana realmente.

Luciano Lamberti

Un cementerio perfecto, de Federico Falco (Eterna Cadencia). Cada vez más maduro y definido en su estilo, Falco viaja hacia adentro en este nuevo gran libro de cuentos.

La uruguaya, de Pedro Mairal (Emecé). Novela liviana pero intensa, que se lee de un tirón. El Nick Hornby argentino, como dice un amigo.

Seis buitres, de Celso Lunghi (LaOtraGemela). Novela de terror social, con múltiples narradores, saltos en el tiempo y un pequeño pueblo lleno de brujas y asesinos.

Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama). Libro de cuentos de terror, algunos muy perturbadores. Enríquez logra darle una vuelta de tuerca al género para que sea creíble y a la vez demencial.

En la colonia agrícola, de Santiago Venturini. Poemas sobre la difícil tarea de vivir en pueblo chico.

Margarita García Robayo

Un libro que me impactó mucho fue Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlín (Alfaguara). Me pareció notable esta mujer con esa vida tan oscura y tan difícil, escribiendo cosas llenas de humor y de vitalidad. Me fascinaron la originalidad de su lenguaje, las comparaciones disparatadas y al mismo tiempo acertadísimas, el desparpajo con el que habla de temas terribles como la enfermedad o la pobreza, o la adicción o el aborto. Me conmovió en muchísimos sentidos.

El cielo de los animales, de David James Poissant (Edhasa). Una colección de cuentos que se emparentan entre sí porque sus historias tienen que ver con animales. Es deslumbrante. Está lleno de ideas narrativas muy llamativas y poco usadas, y me gusta especialmente cuando explora ese sector deprimido —económicamente, sobre todo— de Estados Unidos. Esos personajes al borde de lo "trash", con momentos de lucidez casi lírica que consiguen emocionarte.

Y hubo tres autoras argentinas cuyos libros me gustaron muchísimo este año: uno es el de Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama); yo a Mariana la leo desde siempre y, si bien no me sorprende la calidad de su narrativa, este libro me pareció una muy buena síntesis de un estilo que muchos emparentan con el terror y para mí es algo más parecido al horror que puede encontrarse en historias realistas y absolutamente contemporáneas. Me parece que Mariana es única haciendo eso, y si algunas de sus historias dan "miedo", no es por la presencia de elementos fantásticos o sobrenaturales, creo yo, sino por la cercanía que todo ese universo —extraño, ciertamente— tiene con la realidad, con el tiempo que transitamos e incluso con escenarios que muchos hemos andado.

La novela de Cecilia Szperling, La máquina de proyectar sueños (Interzona), también me pareció muy buena. La voz de la narradora es de una belleza desgarradora, el modo en que se las arreglas para no contar todo lo que cuenta, consiguiendo que el lector perciba lo dramático y lo trágico de la historia, pero como a través de un susurro o de un sueño. Fue un placer también en términos de lenguaje, raptos preciosos de buena poesía.

El otro libro que quiero mencionar es la primera y notable novela de Natalia Rozenblum, Los enfermos (Alto Pogo). Natalia es una narradora joven, pero cuando te enfrentás con su libro, no lo parece. Escribe a un ritmo de percusión: veloz, hondo, preciso. Esta novela cuenta la historia de una madre que cuida a su hijo en estado de coma en una clínica. Es dura, triste, y va arrinconando a los personajes, extremando las situaciones, tensando la cuerda, con una naturalidad increíble. Es una de esas novelas que te dejan bufando tras el punto final, como un boxeador noqueado, pero también te deja reflexiones duraderas acerca de temas complejos que tienen que ver, quizá, con lo irremediablemente frágil de nuestra humanidad.

Hernán Vanoli

Voy a elegir en primer lugar tres debutantes:

Monstruos geométricos, de Denis Fernández (17 Grises), que es un libro de cuentos muy personal, muy bien trabajado, en torno a la sobreproducción de información, la idea de catástrofe y el cruce de eso con los sentimientos.

Fiestas sísmicas, de Rocío Cortina (Textos Intrusos). Otro libro de cuentos estructurado en torno a la pregunta por las formas de la crueldad, el lugar de los niños en nuestra cultura y las vidas suburbanas de personajes poco frecuentados en nuestra literatura.

Australia, de Santiago La Rosa (Metalúcida). Una novela muy dinámica sobre la paternidad, los sueños de desarrollo argentinos y las contradicciones del sistema médico.

Entre los ensayos, me gustó mucho Houellebecq. Una experiencia sensible (Galerna), de Nicolás Mavrakis, porque relee al autor francés desde Buenos Aires e ilumina, actualizándolos, aspectos poco visitados de su obra.

Después, dentro de las traducciones, me gustó mucho El cielo de los animales (Edhasa), de David James Poissant, un libro de cuentos formidable, muy bien trabajado dentro de la tradición norteamericana.

Jorge Consiglio

Stoner, de John Williams (Fiordo). Esta novela, publicada por primera vez en 1965, narra una historia simple que, sin embargo, crece en tensión dramática hacia el final. Una ficción en la que se narra con maestría el mar de fondo, el tramado emocional que soporta la existencia del protagonista.

Tres libros de cuentos, de Mario Arregui (Letra sudaca). Mediante este libro se pueden conocer los tres libros fundamentales de este autor uruguayo. Excelente y pedagógico el prólogo de Elvio Gandolfo.

Piquito a secas, de Gustavo Ferreyra (Alfaguara). Un engranaje más para el imaginario ferreyrano. Esta ficción tiene dos focos bien definidos: la mordacidad y las reglas implacables de un mundo estúpido. La novela avanza como un tractor.

Katsikas, de Pedro B. Rey (Leteo). Un libro bellísimo escrito con una prosa derivativa y exacta que pone en tensión la vanguardia y la tradición.

Mi mundo privado, de Elvio Gandolfo (Tusquets). Gandolfo siempre se mete con los géneros para desbordarlos. En este caso, escribe una novela estupenda en la que el sonido de la autobiografía dispara un enorme efecto de verdad.

María Rosa Lojo

Complacer, una novela de Silvia Plager (Sudamericana), escritora de amplia y variada trayectoria. La historia enlaza cuatro generaciones de mujeres (de la bisabuela a la bisnieta), cuatro maneras de experimentar la femineidad en una sociedad que ha cambiado rápidamente. El humor, el lirismo, la ironía, se combinan felizmente en este relato múltiple, con momentos dignos de Pedro Almodóvar, sobre todo en el encantador personaje de la bisabuela, doña Herminia.

Relato de ceniza (Madrid, Verbum) es la tercera novela de la destacada hispanista francesa Maryse Renaud (Martinica, 1947). Escrita en un sorprendente castellano de gran riqueza, remite al Caribe, como las anteriores novelas, y fascina a los lectores con la historia extraordinaria del negro Cyparis, único sobreviviente de la erupción del monte Pelée, en 1902.

La mujer pájaro y una modesta eternidad (Letra Viva), tercera novela del escritor y psicoanalista Pablo Melicchio (1969), desenvuelve un relato de inspiración junguiana que cruza escenarios realistas con elementos surreales, visionarios, maravillosos, en el mundo del Conurbano bonaerense actual. La violencia de género, el abuso familiar, la trata de personas proporcionan la materia de una historia compleja donde se batalla por la reparación y por la integridad del ser.

Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama), de Mariana Enríquez (1973). Es un libro intenso y desconcertante que nos habla del terror y del horror de vivir. Un terror relacionado con contextos de violencia social y política, de opresión y de exclusión, pero que también emerge, como sostenía Edgar A. Poe, de lo insondable y lo profundo, no sólo de una tradición literaria (en ese momento, la alemana), sino "del alma".

Jotón, de Natalia Crespo (Modesto Rimba). Ópera prima con características de novela de formación, transcurre entre dos mundos. La crisis del 2001 pone a la joven Marisa y a su marido ante la opción de emigrar a los Estados Unidos. Mientras él encuentra en el entorno académico estadounidense "su lugar", no sucede lo mismo con ella, que finalmente decide volver, para hallarse, otra vez, ante la insatisfacción y la insuficiencia, aunque por otros motivos. Identidad, pertenencia, choques culturales y desgarramientos marcan un libro escrito con percepción afinada y talento satírico.

María Moreno regresó en grande con Black out
María Moreno regresó en grande con Black out

Juan Terranova

Si el 2015 fue el año de publicación de Cataratas, la imprescindible novela de Hernán Vanoli, este fue de Bob Chow, que con tres libros arma una trilogía imparable de la imaginación deslumbrante y la novelística precisa. El águila ha llegado, por Editorial Nudista, La máquina de rezar, por Editorial Marciana, y Todos contra todos y cada uno contra sí mismo (La Bestia Equilátera), ganador de un premio, son para mí los tres libros del año. De los tres, el que más me gusta es La máquina de rezar.

El otro libro que tiene todo para pasar a ser libro del año es Houellebecq, una experiencia sensible, un ensayo sobre el novelista francés escrito por Nicolás Mavrakis, donde las ideas contemporáneas de Houellebecq son traducidas al dialecto del Río de la Plata.

El quinto libro que pondría es Estrógenos, la segunda novela de Leticia Martin, por su capacidad para tematizar con elegancia e inteligencia la idiotizante obsesión por el género y sus desventuras explícitas en la actualidad.

Selva Almada

El hada que no invitaron, de Estela Figueroa (Bajo la luna). Por fin la tan esperada edición de la poesía completa de Figueroa, una de las poetas argentinas vivas más importantes. Sus libros inhallables fuera de Santa Fe, una poesía que venía circulando en dosis homeopáticas por internet. Felicidad total.

Hay gente que no sabe lo que hace, de Alejandra Zina (Paisanita). Un gran libro de relatos, una mirada desenfocada, por momentos ácida, por momentos tremendamente conmovedora y solidaria sobre el mundo de las mujeres.

Australia, de Santiago La Rosa (Metalúcida). Una primera novela muy sólida, una historia a caballo entre la realidad y la distopía, una crítica aguda a la idea estereotipada de familia.

Black out, de María Moreno (Random House). Es ella la mente más brillante de Argentina.

Las carnes se asan al aire libre, de Oscar Taborda (Mardulce). Una novela notable, escrita y publicada por primera vez hace treinta años, agotada hace más de veinte. Una reedición para celebrar.

Bruno Petroni

Otro logos, de Elsa Drucaroff (Edhasa). Un impecable aparato teórico que va más allá del palabrerío y nos empuja a pensar en las batallas de hoy. Fundamentalmente, la cuestión de género y su relación inescindible con los conflictos de clase.

Catacumbas, de Luciana Jazmín Coronado (Valparaíso). Un potente y, a la vez, sutil libro de poesía. Lejos de ser efectista o alojarse en la pereza material, cada poema de Catacumbas rompe con lo esperado y nos hace levantar la mirada de la página como si hubiésemos recibido un zarpazo.

Obra reunida, de Juan Rulfo (Eterna Cadencia). ¿Todo está dicho? Una reedición que confirma que, pasen los años que pasen, hay textos que siempre tienen cosas para decir.

La dictadura ilustrada, de Carlos Sampayo (Mil Botellas). Un libro de cuentos único. Ideas originales que se entrelazan a través de una estructura aún más original. Un manejo exquisito de la ironía que me hizo reír muchísimo, y eso no es poco.

Las nenas, de Angélica Gorodischer (Emecé). No es fácil conseguir libros de Gorodischer (pese a su enorme obra), así que cuando sucede, hay que aprovechar. Las nenas pueden mostrarnos el mundo, salvarnos o destruirnos junto a él.

Eugenia Almeida

Villa del Parque, de Jorge Consiglio (Eterna Cadencia). Puro Consiglio. Cuentos que iluminan como un refucilo manso.

Tacos altos, de Federido Jeanmaire (Anagrama). La belleza que aparece en el detalle. El lenguaje, la búsqueda, la identidad. Una novela impecable.

Tres hermanos, de Esther Cross (Tusquets). Un relato de infancia, fotografías de la memoria. Una novela que también es poesía.

Visitas a La Perla. Ensayos sobre lo que no desaparece, de Gabriela Halac (DocumentA/Escénicas). Un libro imprescindible. Voces que conversan mientras visitan el Espacio para la Memoria La Perla.

Mentiras y moretones, de Pablo Bernasconi (Sudamericana). Textos y dibujos jugando para demoler prejuicios. La pluma de Bernasconi es única.

No puedo dejar de mencionar otros libros que me gustaron tanto como los primeros cinco: El río, de Débora Mundani (Corregidor); La dictadura ilustrada, de Carlos Sampayo (Mil Botellas); Un asesino entre nosotros, de Flaminia Ocampo (Victoria Ocampo); Reproducción, de Bernardo Carvalho (Edhasa).

Diego Erlan

Black out, de María Moreno (Penguin Random House). Todos esperábamos las memorias de María Moreno, pero ella, en Black out, nos entrega algo más. Esta no es una simple memoria que intenta estafarnos con sus recuerdos y una construcción de autor ubicándose dentro de un universo y un tiempo. Nada de eso. Ella hace algo más radical, más visceral: construye un objeto extraño y fascinante como este libro, que atraviesa el tiempo, los géneros, y atraviesa también a sus lectores con un estilo demoledor. Eso es María Moreno: un estilo que se ofrece al lector sin concesiones, como si fuera un cuerpo desgarrado, ensangrentado y vivo.

Los diarios de Emilio Renzi (tomo II). Los años felices, de Ricardo Piglia (Anagrama). Ya lo habíamos comprobado con el primer volumen y ahora, una vez más, confirmamos que los diarios de Piglia son la gran obra de su vida. Otra vez encuentro acá un estilo, un espíritu de época, las obsesiones de un escritor y ese subtítulo que señala un tiempo que precede al horror. No sería extraño que el próximo año, para esta época, estemos eligiendo el siguiente volumen de esta serie como libro del año. Porque se lo merece. Porque es implacable.

Poesía completa, de Fogwill (Penguin Random House). Siempre se consideró a la poesía de Fogwill como algo menor dentro de su obra, pero él de joven ansiaba ser considerado poeta y la poesía del último tiempo llegó a tener una potencia particular. Una edición de su poesía completa como esta resulta interesante para bucear por esas primeras obras, escasamente leídas en su momento y casi inconseguibles ahora en sus ediciones originales, y volverlas a leer en perspectiva. Es otro Fogwill. Con toda la carga de su obra posterior, su construcción y sus mutaciones.

Mi mundo privado, de Elvio Gandolfo (Tusquets). Gandolfo se propone en este libro una inmersión en la cabeza de un personaje bastante parecido a él. Si tuviéramos que hacer un link, deberíamos linkear este libro con el Mario Levrero de La novela luminosa. Eso: Gandolfo es el Levrero argentino.

Stoner, de John Williams (Fiordo). Puede sonar extraño elegir un libro de 1965 y publicado en España en 2010, pero esta edición argentina de Stoner, que hizo una editorial independiente como Fiordo, acercó más al lector a una obra descomunal, hermosa desde todos sus vértices. Elegir este libro no sólo es apoyar, de algún modo, lo mejor de la editorial independiente argentina que tiene a Fiordo (y a Caja Negra y a La Bestia Equilátera y a Sigilo y a Mansalva) entre alguno de sus más interesantes exponentes, sino también a la excelencia de la traducción que puede hacerse en estas costas. Fue un hit. Sin duda.

Leandro Ávalos Blacha

Vivir en la salina, de Elvio Gandolfo (Caballo Negro). La colección de los libros de cuentos de Gandolfo (hasta 2016) es puro deleite. Nadie debería perdérselo, pero mucho menos quienes se interesen en la literatura de género, fantástico, terror. Aquí, en manos del maestro.

Hay gente que no sabe lo que hace, de Alejandra Zina (Paisanita). Otro de cuentos. Historias que se mueven entre los cortocircuitos de lo cotidiano, las crisis personales, climas cercanos al abismo que, aun así, no dejan de ser diseccionados con cierto humor. ¿La joya? "Negros famosos".

La mano del pintor, de María Luque (Sigilo). Cándido López se le aparece a la tataranieta del médico que debió amputarle la mano para salvarle su vida. ¿Podrá terminar sus pinturas? María Luque construye una novela gráfica alucinante que mira la Guerra del Paraguay desde el mundo del dibujo y los fanzines. Y uno puede perderse en cualquiera de sus viñetas como en un cuadro de Cándido.

Dark, de Edgardo Cozarinsky (Tusquets). Una novela sobre la amistad un tanto extraña de un adolescente con un hombre dispuesto a abrirle los secretos del mundo adulto. Poco se sabe de él. ¿Por qué lo hace? ¿Con qué intenciones? Quizás lo más oscuro del texto radique en verdad en nosotros, lectores, que sólo esperamos la fatalidad en ese vínculo. Cozarinsky mantiene con maestría el suspenso en lo que fuera que vaya a ocurrir con ellos.

Cuando la ciencia despertaba fantasías, de Soledad Quereilhac (Siglo XXI). Quereilhac se enfoca en el entresiglo (XIX-XX), un momento intenso y de plena transformación para el mundo y para la Argentina. ¿Cómo dialogaban la ciencia, el arte, el ocultismo, la teosofía y lo paranormal con la sociedad? Un libro que sigue los discursos en boga en la época, y de los que se nutrieron muchas de las obras fundamentales de autores como Horacio Quiroga o Leopoldo Lugones.

Michel Houellebecq, quien visitó este año el país, fue objeto de análisis en un destacado libro de Nicolás Mavrakis.
Michel Houellebecq, quien visitó este año el país, fue objeto de análisis en un destacado libro de Nicolás Mavrakis.

Alejandra Laurencich

Es difícil elegir cinco títulos entre la inmensidad de buenos libros publicados este año. La lista es injusta y arbitraria, me quedan afuera unos cuantos que me gustaría recomendar especialmente, pero aquí vamos:

 Un mal nombre, de Elena Ferrante (Lumen). De las cuatro intensas novelas que componen esta saga, todas absolutamente recomendables, esta, su segunda parte, podría destacarse como favorita por la condensación de sus cualidades. La tetralogía completa desarrolla las peripecias sentimentales de una tortuosa relación entre dos amigas napolitanas —personajes admirablemente construidos, al igual que los que componen su entorno más cercano—, y va desplegando el exquisito retrato de una sociedad y una época convulsionadas, como escenario político y social que enmarca ese vínculo, desde los años 40 hasta la actualidad. Ferrante despierta no sólo fascinación sino adicción entre sus lectores.

Francamente, Frank, de Richard Ford (Anagrama). El regreso de Frank Bascombe, protagonista de la magnífica trilogía de novelas que se iniciaba con El periodista deportivo (que Anagrama reeditó también el mes pasado en una edición especial). Ahora Bascombe es un hombre de 68 años, tan lúcido y cínico como siempre, más irreverente incluso, desencantado y con razón, quien, en el primer relato de los cuatro que componen el libro, va a evaluar la destrucción que el huracán Sandy provocó sobre la zona costera donde él tenía su hogar. Así, con esta bellísima metáfora sobre el paso del tiempo y la declinación, Ford vuelve a hechizarnos en este lánguido paseo de cuatro instancias junto a Bascombe, a deleitarnos con esa honda mirada sobre la actualidad y los temas siempre inquietantes de la muerte y la vejez, la política, la guerra, la pérdida de la fe, el racismo. Puro disfrute.

Pecado, de Laura Restrepo (Alfaguara). Nuevo encuentro con la espléndida prosa de esta colombiana talentosa, autora de la recordada Delirio (Premio Alfaguara 2004 y del Grinzane Cavour 2006). Una pintura de la sociedad actual, de la violencia y la desigualdad de clases que erosionan desde dentro sus pueblos y sus ciudades. Los personajes de cada relato avanzan por un territorio de oscuridad o ambigüedad moral, dejan en evidencia aquello que, según palabras de la misma narradora, logra el Bosco en su tríptico: "El tránsito fácil entre el bien y el mal, entre el deseo y el castigo".

Palabra calcinada. Veinte ensayos críticos sobre Juan Gelman (Unsam Edita). Un abordaje intenso a la obra del poeta, merecedor del Premio Cervantes 2007; a través de la mirada de veinte escritores y críticos, logran este acertado retrato en el que se analizan los recursos creativos y los temas recurrentes de su producción: el amor, los días de infancia, el compromiso político, el exilio, el dolor, la memoria. Magnífico ensayo que, a su vez, deleita y vuelve a poner en foco a una de las voces más conmovedoras y singulares de la poesía internacional.

Cuentos reunidos, de Liliana Heker (Alfagura). La lectura del conjunto de estos relatos —que muestra claramente el gozo que una trayectoria cuentística sólida es capaz de generar en el lector— se ve coronada por el regalo de los seis últimos cuentos de Heker, pequeñas piezas de filosofía, extraordinarias y conmovedoras, no sólo en su construcción, que recuerda esa finura proustiana para desmenuzar la percepción de lo intangible, la increíble exposición de estados de ánimo o reflexión complejos, sino por la hondura y la contundencia que transmiten en cada frase, y el abordaje de temas que interpelan sin filtro: la vida como algo que ocurre sin que nos demos cuenta, la felicidad de los instantes fugaces, la belleza escondida en lo cotidiano.

Camila Fabbri

El cielo de los animales, de David James Poissant. Libro de cuentos. Por su trabajo con los animales en relación con el humano. De una originalidad extrema. Se convirtió en uno de mis libros favoritos.

La composición de la sal, de Magela Baudoin (Libros del Zorzal). Libro de cuentos. Son relatos muy precisos sobre historias de relaciones humanas. Llegó a mí de casualidad, en la Feria del Libro de Guadalajara. Me parece una novedad digna de su lectura.

Las chicas, de Emma Cline (Anagrama). Novela sobre el clan Manson. Aunque la temática sea atractiva por su información sobre historia real, la novela va más de experiencias personales de la autora. Lo estoy leyendo ahora mismo, me parece muy interesante. Es la primera novela de la autora, a su corta edad de 27 años.

Mauro Libertella

Black out, de María Moreno (Penguin Random House). El libro definitivo de María Moreno, una caja de resonancias privada donde se inventa una genealogía etílica y clausura un subgénero argentino: el libro sobre los años sesenta.

La uruguaya, de Pedro Mairal (Emecé). Mairal tiene una innegable magia narrativa, escribe con una naturalidad de prodigio. La uruguaya entra en una serie contemporánea de libros sobre amores truncos en las puertas de la adultez, sobre cómo armar algo estable en los años de la fragmentación.

Los niños perdidos, de Valeria Luiselli. Un ensayo narrativo sobre un tema gigante (los niños migrantes en Estados Unidos), pero encarado desde la microscopía (dos o tres experiencias personales, algunas preguntas, casi ninguna respuesta). Es un tema complicadísimo, por excesivamente actual, pero lo resuelve con elegancia y una alta conciencia estética.

La disolución, de Diego Erlan (Tusquets). Un amor desbocado, que se incendia en apenas tres meses, como todo amor juvenil que se precie. La disolución es una novela-ensayo sobre cómo la cultura pop te puede pudrir la cabeza y es un libro sobre la Buenos Aires de cambio de siglo, que captura los cambios emocionales de una ciudad que se mueve.

El hermano mayor, de Daniel Mella (HUM/Gussi). Este es un libro imperfecto, salvaje, extraño, sobre todo lo que pasa en una familia cuando uno de los cuatro hermanos se muere. Mella tira la antorcha al piso y prende fuego la casa: acá se mete hasta el fondo de sus bajezas, de su vida sexual, familiar y sobre todo de su cabeza. Es un libro de autoindagación, un psicoanálisis sin psicoanalista.

Matías Moscardi y Andrés Gallina

Autorretrato, de Édouard Levé (Eterna cadencia). Como toda escritura suicida, la prosa de Autorretrato está cargada de una vitalidad eufórica, un fervor contagioso: cada frase parece un tuit condensado y maníaco, con un ritmo cardíaco, una escritura que parece el latido de un corazón, un músculo que bombea fluido vital con cada espasmo, a cada ramificación nerviosa de las frases.

Antitierra, de Valeria Tentoni (Neutrinos). Leer el título de este libro es como tirarse de un tobogán que desemboca en el arenal de la pregunta: ¿qué es 'antitierra', esa palabra que en su pecho lleva la aliteración "titi" que suena a 'titiritero' o incluso 'tiritar' de frío? ¿Será un lugar lejos de la Tierra, que prescinde de un suelo, donde la gravitación indefinida es la norma? ¿O una emoción —hoy estoy antitierra? Quizás un dato científico, una matriz que se instala en todos los poemas para darles su propio peso específico, su propio fuera de órbita.

Falso documental, de Luis Chaves (Alfagura). Por momentos, pareciera que sólo existe la poesía, pero ya no los poemas. Este libro de Luis Chaves tiene, entre otros, uno que se llama "Traducción libre de un poema inédito de Chan Marshall". Aunque a esta altura se trata de un poema de estatura mítica, muchos todavía no lo conocen. Está incluido acá, en Falso documental, la obra reunida del poeta costarricense, junto a un puñado de poemas hermanos, tan hermosos como el mayor de ellos.

Yo te vi caer, de Santiago Loza (Ediciones DocumentA/Escénicas). El libro reúne un poema dramático y una novela, escritos en el lapso de diez años. Una escritura de una fragilidad poderosa, hecha de voces, de murmullos, afinada en una tonalidad que funciona como hilo finísimo a punto de quebrarse. Un manifiesto sobre la caída, sobre el desmoronamiento de todo lo que se sostiene, empezando por la palabra misma, que en su materialidad es la primera que empieza a rodar como una piedra, pendiente abajo.

Las cartas de Eros, de Enrique Lihn (Overol). Enrique Lihn escribe cartas imaginarias de amor a mujeres imaginarias. Las cartas son hermosas porque no pretenden fijar con alfileres la mariposa muerta del amor, sino narrar, desde el género epistolar, sus meandros, sus fluctuaciones, ese aleteo nervioso que se resiste a la sujeción de las palabras.

Nicolás Mavrakis

Cuentos completos, de Kingsley Amis (Ed. Impedimenta). Un libro para, por ejemplo, ver qué puede lograr alguien inteligente y con humor ante un hábito (o un vicio) tan simple y ordinario como el alcohol. También está la habilidad de Kingsley Sr. para retratar la guerra de clases en Gran Bretaña, la guerra de los géneros literarios y la nunca marchita guerra entre los sexos.

Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico, de Slavoj Žižek (Ed. Akal). Entre los que llegaron este año a Buenos Aires, acá está compendiado prácticamente todo lo que orbita alrededor de Žižek. Hegel, Lacan, Stalin, humor, cine, comunismo, literatura y una larga sucesión de ideas perfectamente articuladas para desnudar algunas de las paradojas del tipo que prosperan en relativa paz debajo del generoso paraguas ideológico del capital.

Echeverría, de Martín Caparrós (Anagrama). Esta es una novela fóbica, es decir, una novela en la que Caparrós proyecta sobre Echeverría casi todas las reservas, las incomodidades y las alarmas neuróticas del intelectual incapaz de hablar la lengua de la política (lo cual significa una sola cosa: la incapacidad para comprender el peronismo). Amparada bajo la vida del primer escritor romántico argentino, la ingenuidad y la neurosis de Caparrós construyen una novela histórica excelente.

El amor cruel, de Juan Terranova (El Cuervo). Cuentos para volver a ubicar el amor en el territorio de la realidad y en el de las fantasías que sobreviven gracias a (y no a pesar de) la realidad. Narcisismo, perversión, confusión, vulnerabilidad: el amor en una versión sin edulcorar, que es precisamente la versión adulta en una época donde todos prefieren la mentira de vidas y amores infantilizados y castrados.

Madre noche, de Kurt Vonnegut (La Bestia Equilátera). Reeditar novelas fuera de circulación suele ser el recurso cómodo de los editores conservadores y sin ideas. Sin embargo, la reedición en Argentina de esta novela demuestra que todos los debates, las disputas y las distribuciones colectiva de culpas por "los errores del pasado", incluido el famoso "rol de los medios", está mejor contado por el nazi exiliado de Vonnegut que por cualquier apurado historiador o columnista dominguero contemporáneo.

Elvio Gandolfo regresó a la novela después de diez años con “Mi mundo privado”
Elvio Gandolfo regresó a la novela después de diez años con “Mi mundo privado”

Mariano Quirós

Mi mundo privado, de Elvio Gandolfo (Tusquets). Tiene el desparpajo elegante y retorcido típico de la prosa de Gandolfo; además de un humor melancólico y tierno, Gandolfo te mete en su cabeza —o en la cabeza del personaje que inventa Gandolfo— y se mete en la tuya, y siempre tiene razón.

Santiago, de la tucumana María Lobo. Libro de cuentos, parecen cuentos de antes, de otra época.

Los libros de poemas La cura, de Claudia Masin, porque de una manera extraña —poética, digamos, y sin cinismo— está lleno de esperanza o algo como eso y Ud. no viaja asegurado, de Franco Rivero (porque a mí me encantan las historias familiares —agrias, felices y desquiciadas—, y en estos poemas hay todo eso y seguro que algo más).

Y el libro de ensayos Parte de guerra, de Mariano Dubín, que me enrostró la poesía de la cumbia villera, a mí que soy tan remilgado.

Silvia López

Tres hermanos, de Esther Cross (Tusquets)

El absoluto, de Daniel Guebel (Penguin Random House)

América alucinada, de Betina González (Tusquets)

Manual de jardinería, de José Ioskyn (Barnacle)

Miserere, de Germán García (Mansalva)

Carlos Bernatek

Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, de Ricardo Piglia (Anagrama). Casi una década prodigiosa en manos de una maquinaria narrativa de extremada lucidez, que vulnera géneros —el diario, el ensayo, las memorias— al servicio de un proyecto donde vida y literatura borronean sus límites.

Fuera de lugar, de Martín Kohan (Anagrama). Un Kohan de amplio espectro que no por eso deja de dirigirse a la propia literatura. Contundente, efectiva vuelta de tuerca sobre registros de ciencias morales y Bahía Blanca, que se abre en interrogantes en lugar de cerrarlos, cómo amplía las miradas.

Villa del Parque, de Jorge Consiglio (Eterna Cadencia). Un homenaje a Jorge Luis Borges, y seis cuentos de pesadumbre que precipitan en diversos grados de la crueldad. Los cuentos de Consiglio, en su diversidad, respetan una premisa básica: aun en su fragmentación y su despojamiento, habitan un idéntico universo estético.

Trilogía: Zama, El silenciero, Los suicidas (Adriana Hidalgo), Antonio Di Benedetto. Esta reedición en tomo único de las tres grandes novelas de Di Benedetto debería obrar de despertador definitivo para quienes aún no han descubierto a este grandioso autor. Zama, en particular, es una de las más grandes novelas argentinas.

Black out, de María Moreno (Random House Mondadori). Moreno despliega toda su maestría en estas crónicas (desajustadas genéricamente, como las de Piglia), con la ternura y la impiedad de un tiempo de bares donde transcurrían las cuestiones significativas y las pedestres de una generación casi extinta; nombres de la literatura, el pensamiento y del olvido mismo que los va envolviendo.

Alicia Plante

El sol detrás del limonero, de Ángela Pradelli (El bien del sauce). La identidad, dónde empieza, en qué consiste esa noción sutil que nunca está completa. No bastan la madre y el padre, el nombre, el origen, si hubo inmigrantes tomando decisiones que marcarían nuestro destino. Nada es suficiente… y Pradelli desemboca en Peli, el mínimo pueblo al noroeste de Italia, diez habitantes dejó vivos la guerra, casi todos familia. Sobrevolando el encuentro, el espectro benigno del abuelo que trajo la sangre y los genes a la Argentina. Belleza, emoción, latimos con ella.

Vivir entre lenguas, de Sylvia Molloy (Eterna Cadencia). Balancear los desequilibrios de la infancia en doble lengua, pero que el inglés no baste y agregar una tercera (el francés, al que esa abuela le dio derecho), saborear como un caramelo la exquisita delicadeza de elegir en cuál decirlo, poder reír, divertirse, con las contra-dicciones, intuir las de-formaciones y el origen, mezclar con naturalidad, inevitablemente, disfrutar del cocoliche de los idiomas, de la vida tal vez, y saber que se entreabrió una puerta sagrada que no se regala ni se explica. A lo sumo se comparte.

Los Oesterheld, de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami (Sudamericana). Primero, coraje, meterse con ellos, con el horror de ellos, tan multiplicado (haría falta poder gritar, ¡Dios mío!). Y después averiguar, indagar, investigar… lo público, lo íntimo, lo privado… de futuro. Fernanda y Alicia tuvieron el coraje, de sobra. E indagaron, nunca de sobra. El resultado fue un libro que nos avanza bajo la piel, que nos disuelve en lágrimas y nos deja con las manos a la espalda, una pena tan profunda que nos callamos la boca. Pero que seguimos leyendo porque es la historia y la historia nos compromete.

Cartas, de Liliana Lukin (Ediciones del Camino). Es sabido que la poesía circula por canales que no le van a la prosa, que la belleza es el propio y esencial territorio y que algunas veces la verdad asoma su guiño majestuoso detrás de la palabra justa, de la imagen a la que el otro vuelve, conmovido, asombrado, cómplice solidario, envuelto en la bruma confusa de la admiración, la ternura y la envidia. Y allí va Lili con su profuso acceso, intangible pero no indecible, "se disuelve mi dogma a medida que amo".

Cada vez más cerca, de Elvio E. Gandolfo (Caballo Negro). Otra cosa el cuento, el cómo y el para qué, diferentes de la novela y la poesía, y será por eso que les ponemos etiquetas. Valgan, qué más da. El talento, mientras tanto, es indefinible y se abre paso con sigilo y se instala donde quiere. Gandolfo se ríe de esto, yo diría, un tipo divertido y dotado de ingenio que en este libro abunda en formas y fondos bellos, en personajes vivos, en remates sorprendentes y lenguajes que varían del terreno ficticio de lo imposible a lo más sencillo, real, cercano a la vida.

Gonzalo León

La primera traducción íntegra al castellano del Finnegans Wake, de James Joyce, es algo que no se puede obviar, no sólo por la tarea que emprendió su traductor, Marcelo Zabaloy, sino porque recuerda una empresa muy similar que emprendió José Salas Subirat con el Ulises, del mismo Joyce. La editorial El Cuenco de Plata y su editor, Edgardo Russo, quien le dio el vamos al proyecto y que no pudo continuar debido a su temprana muerte, son los cómplices de esta monumental tarea. Más que ser el mejor libro, es el hito del año.

Black out, de María Moreno (Penguin Random House). Es increíble cómo Moreno es capaz de reordenar materiales algunas veces publicados y darles un nuevo orden que da la sensación de algo totalmente nuevo. El tono que recorre el libro, que es lo que hace pensar que es algo totalmente nuevo, hace ver un libro híbrido: novela, memorias, autobiografías, collage. María Moreno es uno de los pocos autores que puede considerarse auténticamente moderno.

Antología crítica, de Francis Ponge, con selección, notas y traducción de Waldo Rojas. Ponge es el último poeta francés de relevancia, influyó en poetas argentinos de la poesía de los noventa, como Sergio Raimondi, Martín Gambarotta, Mario Ortiz o Silvio Mattoni, que lo tradujo. Si bien una versión ya había sido publicada, la gracia de esta es que está aumentada y corregida.

Las tres vanguardias, de Ricardo Piglia (Eterna Cadencia). Este libro supo ser, en 1990, un seminario que dio Piglia en la UBA, en el que hay muchos conceptos que hoy se manejan más abiertamente: tradición, vanguardia, la pelea que debe dar el autor para que su obra sea correctamente leída o como pretende que lo sea. Es un libro imprescindible para la gente que no sabe tanto de estos conceptos que rondan en la literatura argentina.

Néstor Perlongher. Correspondencia, compilada por Cecilia Palmeiro (Mansalva). Sin duda este libro funciona como una autobiografía involuntaria del poeta que marcó a una generación. El trabajo puntilloso, metódico y con cariño hacia el material realizado por Palmeiro convierte al libro en un objeto literario cálido, cercano y a la vez informativo, que muestra el mundo de Perlongher sin evadir ninguna faceta.

Por último, me gustaría mencionar El traductor del Ulises (Sudamericana), de Lucas Petersen, la excelente biografía sobre Salas Subirat; la última novela de Leandro Ávalos Blacha, Malicia (Asphalte), ideal para leer en la temporada de Carlos Paz (ya verán); y el último libro del poeta chileno Bruno Vidal, Rompan filas (Ediciones UDP), quizá una de las voces más interesantes de allende la cordillera.

Silvia Plager

En 2017 tuve la fortuna de conocer personalmente a Erri De Luca y quedé deslumbrada por su personalidad y su escritura. Compré entonces Los peces no cierran los ojos y comprendí que la charla que había dado era sincera. De Luca todavía escribe con los ecos de las voces de su infancia napolitana. Novela de infancia que, presumo, le llevó toda una vida concebir. Su prosa apela a todos los sentidos y la playa del niño de diez años es, a pesar de su descripción ceñida a aquella mirada, un lugar en el que toda criatura sensible, creativa, inteligente, habitó.

Sandra Pien, colega y amiga, me regaló su libro de poemas, Calle Charcas, publicado por Summa Poética, escrito en memoria de Chacho Rodríguez Muñoz. Es un libro que debería leerse en lenta comunión con sus versos: "Cuanto más cerca se está de la luz/ mayor es la sombra". Inspirador y bello, invita a la relectura.

John Banville es un maestro de la metáfora. Compré La guitarra azul porque ya había leído Eclipse, novela reveladora y deseaba regresar a un mundo en el que los sucesos son tan importantes como la quietud contemplativa de un lenguaje que se reinventa en cada párrafo. Me prometo seguir leyendo toda su producción literaria. Soy de hacerme ese tipo de promesas todos los fines de año.

El verbo justo, de Liliana Allami, Premio Único de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, me fue entregado por la autora el día que yo presentaba mi novela Complacer. No sospeché, en ese momento, la fascinación que ejercería en mí un relato en el que —según uno de los jurados— forma y contenido hacen una alianza perfecta. Lo recomiendo con fervor.

Jorge Torres Zavaleta, a pesar de su extensa y premiada obra, no deja de sorprenderme. Escribe y brinda su mundo con perseverancia de artista, sin importarle el marketing ni la industria editorial. Reafirmo lo dicho por Cristina Piña, intelectual de creíble opinión que presentó Ixión y otros cuentos fantásticos (1968-1981) en Clásica y Moderna: Jorge Torres Zavaleta es un escritor capaz de brillar en diversos tipos de narrativa.

Y si me permiten agregar otro libro de cuentos, destaco La suerte del caracol, de Martine Tallier, primer premio del Concurso de Cuentos Victoria Ocampo 2015, que recién fue editado a fines del 2016.