"Autobiografía onírica", escucha Cecilia Szperling y se ríe. Sacude con ganas brazos y cabeza y dice que le encanta como definición, porque de eso se trata su novela "La máquina de proyectar sueños", que la editorial Interzona distribuye por estos días. Y es que así ocurre: la voz narradora es una niña que va entre los siete y los diez años, y está moldeada por sus sueños y también sobre la fantasía que —sobre todo— proviene de la literatura.

Szperling escribió una novela personal construida con capítulos breves que también pueden leerse cada uno como una pequeña historia y que pueden imaginarse como estrofas de un gran poema o de una composición orquestal en la que van entrando los instrumentos y el ritmo se acelera o se detiene según la necesidad de la historia. Resulta muy atractivo el crecimiento rítmico hacia el desenlace que acompaña el crecimiento de la niña narradora y el deterioro del cuerpo de su padre.

Cecilia Szperling es periodista, escritora y creadora de ciclos literarios. En 1997 publicó su primer libro de relatos "El futuro de los artistas", que obtuvo el subsidio de la Fundación Antorchas. Lleva adelante el ciclo Confesionario Radio desde 2010 en Radio UBA y dicta clases de escritura creativa en el Centro Cultural Rojas.

—¿Usted, que entrevista escritores, cómo se siente en el lugar de la entrevistada?
—Un poco desubicada, primero y, después, lo que tiene este libro es que me metí mucho, escribí un libro muy de las noches, de las pesadillas, de los sueños, muy poético. Es como que entro por un tubo y en esa ficción que armé, en esta autobiografía fábula, al entrar me conectó y eso me resulta fácil para contestar.

—Quería empezar con eso: ¿qué implica fábula autobiográfica?
—Es porque hay cosas que son autobiográficas pero lo autobiográfico no es una biografía de hechos. Por ahí hay algunos hechos importantes a lo largo del libro, pero no es importante contar los hechos. Sería una autobiografía de imágenes. Creo que, cuando uno es niño, se forma por las cosas que le pasan, pero también por toda esa mezcla de imágenes, de fantasías, de cosas que escuchó, que vio o imaginó y que de algún modo perduran, porque es como que entran en el ADN.

—Me gustaba definirlo como una autobiografía onírica.
—¡Me encanta! Podría ser una autobiografía de los sueños y eso lo que le da lo de fábula y una poética.

—¿Cómo trabajó la primera persona en la voz de una nena que comienza a los 7 años?
—Hice un trabajo un poquito más de dramaturga, porque lo vi como un personaje. Quizás también conecté con mi hija, que ahora tiene diez; conecté con ella y de algún modo te acerca a todas esas sensaciones de esos momentos. Lo trabajé como dramaturga. En el momento que escribía decía: "Esto tiene un poco de un sarcasmo o de una mirada que es fuera de la edad", y ahí sacaba esa parte, por eso también digo que es una fábula. Es una autobiografía y ese yo es un yo editado y construido.

—¿Coincide en que es un yo muy potente?
—Porque creo que perdura. De algún modo puedo tener una noche en la que no me puedo dormir y la sensación de estar en la casa sola, que los otros duermen y estoy con mis fantasías, los temores o la imaginación o lo que veo del otro, es exactamente igual a lo que podría pasarme a los siete años.

—Sin embargo, aquellos siete años de cuando usted los tuvo son muy diferentes a los actuales para una nena como la protagonista de la novela.
—Quizás, como dice Sigmund Freud, que el inconsciente no tiene edad y no tiene tiempo, hay algo que entra en un contexto distinto. Yo estaba pensando: "Hoy te despertás a los diez años y podés ir a buscar tu iPod o tenés una televisión que no para de darte dibujitos". Igual a los niños los estamos educando más anacrónicos. El momento de la noche cuando vos te despertás es un momento que es igual ahora y antes, y esa situación es anacrónica, se mantiene y permanece a lo largo de los años.

—Uno lee una voz narradora de una niña que comienza cuando tiene siete años y va a recorrer sus próximos años y piensa en un relato de iniciación. Sin embargo, creo que no lo es o, al menos, no es sólo eso, sino que tiene elementos de diferentes géneros. ¿Qué opina?
—No lo pensé para nada como relato de iniciación, no tengo claro ese género y no sé muy bien a qué refiere. Para nada pensé en algo así, como hago una pintura de una nena como empieza y… para nada. Quizás al revés: me parece que esa época entre los siete y los diez años tiene una intensidad onírica, de los sueños y de las fantasías, de desubicarse y de una profundidad muy fuerte de entender descubrimientos. Lo fui escribiendo mucho más poéticamente, pensando en la poesía y en que quizás muchas de las escrituras poetas, en algún punto, esa voz tiene esa edad y le dan a todo como una animación o un paisaje del alma. Siento que a mí me pasaba eso: las sombras hablan, los paisajes son el paisaje del espíritu, por la fantasía y por el ánimo.

—¿Y esto se refuerza aún más porque se trata de una chica moldeada por la literatura?
—Es una voz moldeada por la literatura. En el caso en donde se mezcla lo autobiográfico con mi trabajo de escritora pienso en que mi mamá recitaba poesía y entonces tengo esa escucha de la poesía de Juana de Ibarbourou y crecí con esa catarata poética real, pero, a la vez, cuando estaba pensando en la voz de esa niña, recurrí bastante a esas poetas, a un libro de Ariel Schettini que se llama El tesoro de la lengua, donde analiza a Gabriela Mistral, a Alfonsina Storni. Hay mucho de [Manuel] Puig, de [César] Aira, esa voz de esa niña está hablada por una escritora.

—¿Ese oído pegado a la poesía es lo que le da musicalidad al texto?
—Es un texto que lo empecé no pensando que iba a ser un libro, iban a ser pequeñas piezas y lo leía con Paula Maffia, que es una cantante muy genial. Es un texto que lo pensé más para ser recitado, cantado, más para la oralidad, sobre todo la primera parte. De hecho, tuvo primero escenario y después tuvo página. Me alegro mucho que hayas llegado a la música. La imagen de la tapa también tiene que ver con ese momento, porque la trabajé con Flavia Darín, que es una artista que me gusta muchísimo, es un retrato y ella después lo manipula, lo cambia y lo vuelve personaje. Trabajamos con ella un par de estas canciones poemas. Quizás es un libro un poco performático.

—El otro rasgo de la novela es que es un texto que evoluciona en su lenguaje y en su ritmo a medida que crece la nena y se deteriora el cuerpo del padre. ¿El ritmo acompaña la historia?
—Tenía el principio, que eran las noches y tenía el desenlace, la muerte del padre y trabajé mucho cómo no adelantarme y cómo es la vida, que la vas viviendo y vas sintiendo todo lo que tenés que sentir y, a la vez, la muerte es como esa parte de la vida que vas incorporando por momentos y por momentos no. Trabajé esa idea de que el personaje vaya su ruta y la vida va su ruta también y se van encontrando. No sé muy bien cómo pude lograr que todo encaje, porque lo que fui trabajando como canciones.

—¿Es el ritmo?
—Pensé mucho en la música y cuando tenía el principio y el final, decía: "Necesito un poco más de base, necesito percusión, acá violines" y así, trabajé en el sentido musical, lo pensé como movimientos musicales.