
Se lo creía inamovible, protegido por sus redes y todos los secretos recogidos por sus servicios policiales: James Comey, el poderoso director del FBI, fue sin embargo abruptamente despedido este martes por el presidente estadounidense Donald Trump.
Oficialmente, este policía de dos metros de estatura fue destituido con efecto inmediato por los errores cometidos en su investigación sobre los correos electrónicos de Hillary Clinton. Pero Comey se había convertido en un personaje molesto para la administración.
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Este ex fiscal federal y ex subsecretario de Justicia ocupaba de hecho una silla eyectable, principalmente desde que recayó en el FBI la investigación sobre la presunta injerencia rusa en la elección presidencial de 2016.
Luego del explosivo caso de los emails de Clinton y del más sensible sobre Rusia, las acusaciones de Donald Trump a su antecesor Barack Obama de haber ordenado espiar sus comunicaciones telefónicas, pusieron a Comey, de 56 años, en el centro de esas turbulencias, con la misión imposible de evitar los roces con la Casa Blanca.
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El director del FBI se permitió sin embargo sacar algunas tarjetas amarillas, a veces duras, como cuando contradijo categóricamente a Trump sobre la veracidad de las escuchas telefónicas.
Y lo hizo sin apartarse de la calma que caracteriza a este hombre experto en audiencias ante comités del Congreso.
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Concentrado, con el ceño fruncido, el jefe de la Policía Federal se destacó en esa tarea, logrando proyectar una imagen de fiel servidor de la ley, a pesar de ser un zorro de la política.
Trump recibió el mensaje: las palabras del jefe del FBI, fortalecidas por el carácter oficial de las investigaciones que él supervisaba, no se borran fácilmente.
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En el ojo de la tormenta

Hillary Clinton lo padeció en carne propia cuando Comey recomendó en una sorpresiva conferencia de prensa en julio de 2016 no denunciar a la ex secretaria de Estado por el caso de sus emails enviados desde un servidor privado, pero comentó que la candidata demócrata había demostrado con ese hecho "una gran negligencia".
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Aquel día James Comey llenó de piedras los zapatos de la ex primera dama en campaña, pero no conformó a los republicanos, que esperaban que la candidata demócrata fuera formalmente acusada ante la justicia.
Cuando, a fines de octubre, diez días antes de los comicios presidenciales, Comey relanzó el caso de los mensajes electrónicos, los republicanos lo aplaudieron y elogiaron su autonomía, de la que dudaban unos meses antes. Todo indicaba que era capaz de mantener el timón de la nave del FBI en medio de la tormenta.
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Notoriamente marginado por los republicanos, Comey había sido designado por Obama en su cargo actual, pero Trump le pidió que continuara en sus funciones.
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La tenacidad es uno los rasgos más sobresalientes de su carácter. Combinando firmeza y pedagogía, enfrentó incansablemente a los empresarios de Silicon Valley para convencer a Apple de que desbloqueara un smartphone utilizado por el autor de un atentado en California. Finalmente fueron los expertos del FBI los que lo consiguieron.
Bajo la administración Obama, Comey eclipsó a menudo a su superior jerárquica, la secretaria de Justicia, Loretta Lynch. Esta ratificó las recomendaciones del jefe de la policía federal de no acusar a Hillary Clinton.
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Con esa controvertida investigación, Comey consolidó su fama de francotirador, aguantando los ataques de todos los bandos y saliendo indemne del avispero. Hay que decir que este padre de cinco hijos y de aspecto siempre impecable, aprovechó su experiencia.
El hombre de las redes
Comey navegaba desde hace tres décadas en los altos círculos político-judiciales, forjándose una coraza gracias a la cual a menudo enfurecía a las autoridades judiciales e incluso a la Casa Blanca.
Lo hizo, por ejemplo, cuando apoyó a los policías reticentes a comprometerse con su tarea tras la avalancha de críticas que recibieron por la muerte de Michael Brown, un joven negro abatido en 2014 en Ferguson (Misuri).
Convertido en fiscal general interino en 2004, Comey estaba presente cuando arribó un asesor del entonces presidente George W. Bush al hospital donde estaba internado el secretario de Justicia, John Ashcroft.
El asesor presidencial, Alberto Gonzales, intentaba aprovechar la debilidad de Ashcroft para hacerle rubricar una controvertida medida que autorizaba las escuchas telefónicas sin mandato judicial.
James Comey en ese momento relató este incidente a unos senadores asombrados, desatando así otra tormenta política.
(Por Sébastien BLANC, AFP)
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