Un mensaje tácito quedó resonando tras el operativo de captura del dictador Nicolás Maduro y Cilia Flores el pasado 3 de enero en Caracas. Se trató de una estafa que el régimen chino quiere ocultar y cuya génesis se remonta al 22 de abril de 2014. Ese día la dictadura conducida por Maduro firmó con pompa la compra del sistema de radares de fabricación china que alejaría de los cielos venezolanos cualquier amenaza externa. En aquel momento se trató de la adquisición de los primeros 26 radares y puestos de mando que fueron actualizándose desde entonces.
Beijing prometió seguridad absoluta para el espacio aéreo del régimen caribeño: le aseguró a sus contrapartes bolivarianos que el sistema JYL-1, cuenta con un radar tridimensional de 320 kilómetros de alcance, una cota de detección de 25.000 metros y que funciona en bandas E y F válido para la detección de aviones militares. Por otro lado, los JY11B son radares transportables de gran movilidad para vigilancia de baja altitud, con escaneo mecánico y que funciona también en las bandas E y F pero con un alcance de 210 km. y un techo de detección de 12.000 metros.
El régimen chino -y los militares del Ejército de Liberación del Pueblo- fueron más allá en sus promesas: dijeron que esos sistemas de última tecnología permitirían detectar aviones de quinta generación como lo son los F-35 y F-22 norteamericanos. Nada de eso ocurrió. La operación militar de enero expuso las limitaciones de los sistemas de defensa importados por Venezuela para defender al dictador.
En particular, el fracaso de la tecnología suministrada por China -y el abandono de Rusia- durante la misión de los Delta Force en Caracas generó dudas sobre la eficacia de estos productos en situaciones de combate real. Brindan en Taiwán.
Analistas internacionales indicaron que tras la exitosa operación, gobiernos que en un principio se vieron “maravillados” por la tecnología prometida por Beijing comenzaron a revisar la fiabilidad de sus propias defensas de origen chino. “Queda por ver cómo la operación de Estados Unidos afectará las ventas chinas de radares y otros sistemas de defensa”, dijo Micah McCartney corresponsal de Newsweek en Taipei y experto en asuntos chinos.
El asalto, catalogado como Operación Absolute Resolve, implicó el despliegue de 150 aviones estadounidenses y el uso de ataques electrónicos e interferencias no cinéticas para neutralizar las defensas aéreas venezolanas y capturar a Maduro y su esposa, Cilia Flores, en un complejo fortificado en Caracas. Posteriormente, ambos fueron extraditados hacia Estados Unidos acusados de conspirar para importar cocaína al país. Narcos, sin eufemismos.
La adquisición de tecnología militar de origen chino y rusa no fue menor. Venezuela había invertido alrededor de USD 2.000 millones en misiles antiaéreos rusos S-300, que incluían radares de apoyo y sistemas de comunicaciones integrados con el radar chino JY-27A. Además, Moscú suministró baterías Pantsir-S1, diseñadas para neutralizar drones y helicópteros. Ninguno de los sistemas —ni los S-300 ni los Pantsir-S1— llegó a disparar. En tanto, el radar JY-27A, vendido por China Electronics Technology Group Corp., fue promocionado como una solución capaz de detectar aeronaves furtivas a distancias de casi 400 kilómetros. Beijing lo describía como móvil, resistente a la guerra electrónica y fiable para la vigilancia y el guiado de largo alcance. Sin embargo, estos sistemas no lograron identificar los aviones estadounidenses, lo que permitió que helicópteros con fuerzas especiales llegaran hasta la capital venezolana sin oposición.
Este revés no fue el primero para la tecnología aérea china. En mayo de 2025, durante el conflicto de cuatro días entre India y Pakistán, las defensas antiaéreas basadas en sistemas chinos desplegadas por Pakistán tampoco impidieron los bombardeos indios sobre múltiples objetivos. Analistas señalaron que la incapacidad de estos misiles chinos para proteger el espacio aéreo pakistaní afectó la imagen de fiabilidad de las exportaciones armamentísticas de China: “El resultado fue una mala imagen para la credibilidad de los productos de defensa de Beijing”, especificaron a Reuters.
La pérdida de eficacia de los radares y de misiles importados resultó especialmente embarazosa para los proveedores extranjeros y dejó en evidencia la desconexión entre la propaganda tecnológica y el rendimiento en situaciones reales de combate. Así lo expresó el general retirado Yu Tsung-chi, ex presidente del Political Warfare College de la Universidad Nacional de Defensa de Taiwán, al afirmar que “un sistema que parece moderno sobre el papel y se muestra intimidante en la propaganda, se desmorona bajo las exigencias de un combate real”.
El viceministro de Defensa de Taiwán, Hsu Szu-chien, habló durante una audiencia legislativa y dijo que el ataque de los Estados Unidos demostró que las armas y el equipo estadounidenses siguen siendo “inigualables”. También remarcó que las defensas chinas debían actualizarse. ¿Están obsoletas o Beijing no cumplió lo firmado? ¿O ambas cosas? Según la agencia Reuters, Michael Sobolik, investigador principal del Hudson Institute con sede en Estados Unidos, sintetizó una preocupación que se repite entre muchos gobiernos, sobre todo de América Latina: “Cualquier nación del mundo que cuente con equipo de defensa chino está revisando sus sistemas y preguntándose cuán seguros son realmente”, dijo.