En una entrevista con Infobae al Mediodía, la periodista Verónica Wiñazki contó cómo su proyecto audiovisual visibiliza historias de abuelas argentinas, registrando sus recetas y recuperando la memoria afectiva de las familias.
Durante la charla, Wiñazki relató cómo la iniciativa nació a partir de la grabación a su propia abuela, Tita, de 98 años: “Le dije: ‘Abue, te voy a ir a grabar y quiero que cocines tus ñoquis de ricota’. Lo hice sin ninguna intención, un poco por impulso. Y lo que pasó en ese momento fue algo mágico, porque ella se conectó inmediatamente cuando puso las manos en la masa, se conectó conmigo, se conectó con su historia, empezó a charlar y yo ahí vi que pasaba algo”.
El archivo doméstico convertido en memoria pública
Wiñazki explicó que, aunque el proyecto partió de la búsqueda de recetas familiares, pronto descubrió que lo esencial era el encuentro y el reconocimiento: “Lo de las recetas es una excusa al final del camino. Lo que yo encontré cuando fui a buscar primero a estas abuelas para que me compartan su receta familiar, es que tienen mucha alegría al compartir un saber, al compartir algo que ellas hacen todos los días para su familia, y reciben, cuando reciben ese reconocimiento público que dan las redes, una cantidad de mensajes de felicidad de estas mujeres, de sus familias, que me muestran que ahí hay algo más allá de este registro que yo estoy buscando, que es recolectar estas recetas ancestrales, familiares, domésticas, para armar un archivo que en definitiva va armando también el mapa de la gastronomía argentina”.
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El salto a lo colectivo se hizo evidente cuando el primer video ajeno a su familia superó el millón de vistas en dos días. “Delia me estaba esperando espléndida, con su delantal, con una energía. Tenía preparada una torta ya terminada para mostrar. Lo que pasó después fue inesperado: ese video tuvo en dos días más de un millón de vistas y tantos comentarios. Me empezaron a escribir hijas, hijos, nietos, bisnietos, nueras, queriendo que participen sus abuelas y abuelos”, relató.
Vitalidad, comunidad y reconocimiento: la cocina como espacio de encuentro
El fenómeno no solo generó una red social, sino un espacio de vitalidad para las propias protagonistas. “Lo que me empezó a pasar y me está pasando ahora es que eso que yo pre-pensaba, digo: ¿cómo voy a conseguir a estas abuelas? Bueno, ahora no estoy dando abasto respondiendo a todas las que quieren participar, porque hay algo de esto. No solo la familia quiere guardarse este recuerdo, hay algo de esa nostalgia que se genera, pero hay algo también de darle un momento vital, feliz a esa persona”, remarcó Wiñazki.
Las historias que narra la comunidad superan la nostalgia y se convierten en reconocimiento y entusiasmo. “Me levanto todas las mañanas y tengo mensajes de muchas abuelas que me mandan stickers de corazones, bendiciones, me mandan lo que cocinaron. Una de ellas, Marta, de Caseros, fue maestra toda su vida, la hija le mostró el video y los comentarios, le pidió que le arme un Instagram porque quería responder a uno por uno sus mensajes”, contó.
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La periodista describió también la diversidad de historias y la riqueza de las experiencias reunidas: “Hay abuelas de 100, 105 años, que cocinan para toda la familia y que preparan kilos de comida para repartir en las fiestas. Cada una de ellas es un personaje y tiene una historia particular más allá de la receta”.
Cocina, identidad y transmisión generacional en la era digital
Wiñazki enfatizó la función de la cocina como lugar de transmisión y unión: “Estas mujeres tienen un saber que se transmite de manera oral y presencial, y eso se puede perder. Yo tengo ahí una búsqueda, para guardar, por eso hablo del archivo, eso que en el futuro vamos a perder. Muchos nietos me escriben y me dicen: ‘Qué lástima que no llegué a filmarla’”.
La comunidad digital, que supera los 230 mil seguidores y cuenta con videos de más de 4,5 millones de reproducciones, se compone de mujeres y varones de todas las edades, movilizados tanto por la nostalgia como por el deseo de aprender y compartir: “Tenés mujeres grandes que comentan que les hace acordar a su mamá o a su abuela, y gente joven, algunos comentarios graciosos como: ‘No tengo abuela, ¿me adoptás?’”.
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El proyecto se sostiene de forma totalmente autogestiva y sin fines de lucro, algo que Wiñazki subrayó: “No hago plata con esto, priorizo poder hacerlo. Sueño con llenar el mundo de recetas de abuelas”.
La cocina, lejos de ser solo una técnica, aparece en los relatos como un acto de amor y un puente generacional: “No me molesta que se repitan las recetas, porque lo que importa no es la receta ni la técnica, sino quién la hace, de qué manera y qué significa para la familia”.
El registro audiovisual, además, se convierte en un archivo sentimental: “Muchos recetarios heredados tienen anotaciones, dibujos, manchas de chocolate, frases como ‘riquísimo’ o ‘muy rica, fácil’, y son reliquias que cuentan historias. Hay cuadernos de más de 150 años. Esas hojas amarillas son un mundo en sí mismo”.
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Las redes sociales, lejos de fomentar el odio, propician un espacio de ternura y reconocimiento, según Wiñazki: “Los comentarios son todos de amor, de reconocimiento. No existen los haters”.
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