En una de las imágenes de Perfume, una mano enciende una cámara. En otras, esa misma cámara acompaña ensayos, estudios de grabación, viajes y recitales. La mano es la de María Gabriela Epumer, guitarrista, cantante y compositora que integró Viuda e Hijas de Roque Enroll, fue una figura clave en la banda de Charly García y desarrolló una carrera solista antes de su muerte, en 2003.
El documental, dirigido por Lucía S. Ruiz y codirigido y guionado por Andrea “Andy” Testa, se construye a partir de 50 horas de registros que la propia Epumer filmó —o filmaron sus allegados— entre mediados de los años 90 y 2002. El material permaneció durante años en cajas que guardó su familia: había cintas de video y audio, fotografías, vestuarios y recortes de prensa.
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Perfume, una película de María Gabriela Epumer, tendrá su estreno comercial el 12 de noviembre. Desde el 13 podrá verse los viernes de noviembre en Malba Cine y llegará a salas de distintas ciudades del país con distribución de Moving Pics.
Testa, que conoció primero a Epumer a través de su trabajo con Charly García y asistió de adolescente a un homenaje que se hizo tras su muerte (el 30 de junio de 2003, a los 39 años, los mismos que hoy tiene Testa), define a la música como una referencia personal. En diálogo con Teleshow, la realizadora habló de la confianza de la familia Epumer, de la decisión de dejar que la artista condujera el relato desde sus propios archivos y de una proyección íntima que reunió a Charly con los hermanos de la guitarrista.
—La familia de María Gabriela Epumer les entregó un archivo íntimo y desconocido incluso para ellos. ¿Cómo fue ganar esa confianza?
—El proyecto empezó con Lucía Ruiz, la directora, que se acercó a la familia con la idea de hacer una película sobre María Gabriela. Ellos aceptaron y nos entregaron las cajas: nos dijeron que las tenían guardadas, pero que ni siquiera sabían qué había dentro de las cintas. Fue un gesto de mucha confianza y, al mismo tiempo, una responsabilidad enorme. Ahí aparecieron vestuarios, cientos de fotos, recortes de revistas, material sonoro y unas 50 horas de registros audiovisuales. Primero tuvimos que digitalizar y catalogar todo.
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A partir de ese hallazgo, sentimos que la película estaba esperando ser en esas cajas. María Gabriela había registrado muchos momentos de su vida artística: ensayos, salas de grabación, tras bambalinas de recitales, viajes. Hay pasajes íntimos, pero lo que atraviesa el archivo es su deseo de dejar documentado el trabajo de una música y una artista.
—¿Por qué eligieron usar solamente ese archivo y evitar una reconstrucción más convencional de su vida y su carrera?
—Cuando apareció el material, entendimos que tenía una fuerza propia. Si incorporábamos imágenes de otra naturaleza, la película perdía algo de su identidad. Queríamos que fuera ella quien condujera el relato, desde su voz, su cámara y su forma de mirar. El registro empieza aproximadamente en 1995 y llega hasta 2002, un año antes de su muerte. Esa delimitación de tiempo estaba dada por el propio archivo y decidimos respetarla.
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El trabajo de guion y montaje fue compartido entre Lucía, Lorena Moriconi y yo, con mucho ida y vuelta. Nos propusimos hilvanar las imágenes con sutileza, encontrarles un ritmo lento pero sin pausa y permitir que el público se detenga en gestos que cuentan mucho. Por ejemplo, María Gabriela prende la cámara, se ve su mano, las líneas de su palma, y después la entrega para que otra persona filme. Ahí aparece su confianza y también una manera de crear con los demás.
Había tomas que en una producción más homogénea se descartarían: el comienzo de una escena antes de que todo esté listo, un desequilibrio de luz, el diafragma automático que vela una imagen o el corte de una cinta. No quisimos corregir esos rastros. Eran parte de la materialidad del archivo y de una relación artesanal con la música. La película no es cronológica: propone un viaje con ella, una entrada a su mundo.
—El viaje de Epumer a La Pampa, junto a su familia y la comunidad ranquel, ocupa un lugar central. ¿Qué encontraron allí?
—En el archivo estaba el registro de un viaje que hizo con su hermana Claudia, su papá y miembros de la comunidad de descendientes ranqueles para la restitución de los restos del cacique Panquitrúz. Las imágenes tienen una espiritualidad muy fuerte: la caminata, los abrazos, los silencios, la forma en que filma.
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Nos interesaba que ese momento conviviera con las imágenes de los recitales masivos y de las bandas con las que tocaba, porque esos mundos aparentemente distantes también eran parte de su identidad. Por eso pensamos ese viaje como el corazón de la película. Fuimos a La Pampa para conocer el lugar que ella había filmado. Al llegar, encontramos la pirámide y la figura del zorro sobre la que María Gabriela había hecho zoom. Estaban ahí, aunque el paso del tiempo también se veía en la madera envejecida y en los colores gastados. Eso nos hizo pensar mucho en la ausencia, pero también en que ella estaba muy viva en sus imágenes.
—Charly García autorizó el uso del material desde los inicios del proyecto y después vio la película terminada. ¿Cómo vivieron ese encuentro?
—Cuando ya habíamos digitalizado y catalogado el archivo, empezamos a escribir el proyecto, armar la carpeta y buscar los fondos necesarios para hacer la película. En ese momento tuvimos un primer contacto con Charly, a través de su mánager, Guillermo “Tato” Vega. Necesitábamos su autorización porque sabíamos que era una figura fundamental en la vida de María Gabriela, como ella lo fue en la de él. Charly firmó el permiso para que usáramos los materiales que habíamos seleccionado y eso nos abrió una puerta muy importante.
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Pasaron dos años y medio o tres desde aquel contacto hasta que terminamos el armado. Entonces volvimos a comunicarnos para que pudiera ver la película. Era importante por una cuestión ética: trabajábamos con la obra y la vida de una persona que ya no está para decirnos qué le parecía. Queríamos saber qué sentían la familia y las personas cercanas a ella. Con Charly, además, no sabíamos si querría verla completa ni qué le iba a pasar, porque era alguien a quien quiso muchísimo. Intentamos cuidar ese momento, como también cuidamos las proyecciones que hicimos para la familia y los allegados.
—¿Qué pasó durante la proyección en La Fábrica?
—Yo nunca había visto a Charly en persona. Para mí era alguien imposible de conocer, porque su música me acompañó toda la vida. Cuando llegó a La Fábrica, el lugar donde compartió tiempo con María Gabriela mientras componían, ensayaban y grababan, fue un momento muy fuerte. Entra con una presencia que te hace pensar: “Claro, es Charly”. Pero también encontré a un Charly diferente de la imagen televisiva: más humano, muy perceptivo y amoroso.
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Durante la función lo íbamos mirando. Él estaba atento a la pantalla, nos miraba a los ojos y seguía la película con concentración. Al terminar, tenía un brillo en los ojos, levantó el pulgar y dijo: “Me encantó”. Después compartimos un rato con pocas palabras, más bien desde la alegría de estar ahí. Estaban Lito y Claudia Epumer, Fernando Kabusacki y otras personas centrales en la vida de María Gabriela. Fue un privilegio ver que una película podía reunirlos alrededor de una hermana, una amiga y una compañera artística. La intención siempre fue celebrarla, no construir una película desde el golpe bajo o la nostalgia.
—Antes de codirigir Perfume, Epumer ya era una referencia para vos. ¿Qué lugar ocupaba en tu historia?
—Yo la conocí primero a través de Charly García, por su voz y por su presencia en esa banda. Al año de la muerte de María Gabriela hubo un recital homenaje en el Dorrego. Yo tenía 15 o 16 años y fui. Me impactó mucho: por un lado, conocí su trabajo como solista cuando ella ya no estaba; por otro, me llevé una especie de llave. Desde entonces fue una referenta musical para mí. Escuchaba Perfume todo el tiempo y sigue siendo un disco que me gusta mucho.
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Cuando Lucía me contó que tenía este proyecto entre manos, sentí muchísimo deseo de que la película existiera. Después de trabajar durante tanto tiempo con sus imágenes, la quiero mucho más y la siento muy cerca, aunque nunca la conoció en vida. Intentamos hacer la película con mucho respeto y afecto.
—En un posteo escribiste que “Charly fue mi papá cuando mi papá no estaba”. ¿Cómo atravesó esa experiencia la realización de la película?
—Desde la adolescencia supe que quería dedicarme al cine. Me gustaba escribir y el arte fue una forma de refugio, un lugar afectivo que me contenía. Tuve una infancia muy dura, marcada por el abandono de mi padre y por situaciones de violencia. Con mis hermanas y mi mamá atravesamos momentos complejos, y desde muy chica sentí que tenía que protegerla. A los 39 años, y como mamá de una hija que está por cumplir 11, todavía me pregunto por esa ausencia y por qué no pude tener con él un vínculo como el que hoy veo entre mi hija y su papá.
Mi papá amaba a Charly García. De chica, con mis hermanas, escuchábamos un casete de Parte de la religión y un CD de Sui Generis una y otra vez. Era una herencia contradictoria: a veces sentía que mi papá quería más a Charly que a mí, algo que de chica no podía entender. Pero esa música se convirtió en una compañía propia. Más grande entendí por qué algunas letras se habían quedado en mí. Cuando Charly canta “cuando estés mal, cuando estés solo, cuando estés cansado de llorar, no te olvides de mí”, hay algo que habla directamente de esa pregunta: si alguien en el mundo piensa en mí.
Por eso, cuando Charly vio Perfume, se juntaron muchas cosas personales. La poesía y el arte pueden acompañar, cubrir, ayudar a sentir aquello que a veces no se logra explicar de forma racional. El cine, en este caso, reunió mucho amor. También me confirmó que el arte no es solo una consigna: puede acercar a las personas, ayudarlas a encontrarse con lo que sienten y a estar fuertes junto a otros.
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