“Siéntense, pónganse cómodos, ¿quieren tomar unos mates?” Juanse recibe a Teleshow en el estudio que siente como su casa y desde el primer encuentro muestra sus dotes de anfitrión. Es el mediodía de una primavera que parece haber llegado a la nación y el líder la vive con el entusiasmo de una vida ligada al rock and roll. Con un pie en el pasado, celebrando los 40 años del disco debut de Ratones Paranoicos, una piedra fundacional en un estilo y un género del rock argentino. Y otro en el futuro cercano, preparándose para telonear a Ron Wood, otro Rolling Stone para quien hará las veces de anfitrión, el 7 de noviembre en el Movistar Arena.
Juanse se toma los hechos con naturalidad, y en su actitud no hay ni vanidad ni falsa modestia. Los hechos lo avalan, desde que abrió con la banda el histórico show de Keith Richards en Vélez 92, un hito fundamental para la posterior visita de sus majestades satánicas. O invitando a Mick Taylor a grabar en Hecho en Memphis y a tocar en un Obras al aire libre de un caluroso noviembre del 93 que se volvió una zapada eterna con Pappo. Postales apenas de un hombre que quiso ser músico desde que recuerda y que estuvo muchas veces en el lugar indicado, con una curiosidad que forjó un estilo único en el ilustre historial del rock argentino.
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Por eso, la charla con Juanse es un viaje por el tiempo del rock and roll, en el que celebra los 50 años exactos de la salida de Never mind the bollocks, el álbum debut y despedida de los Sex Pistols, y deja una sentencia. “El mejor disco de rock and roll que escuché. Y lejos”. ¿Por encima de cualquiera de los Stones? El cantante no tiene dudas: “El único que podría alcanzarlo es Exile on Main St. Pero este revolucionó toda la historia de la música, el sonido, la mezcla, la tapa, el título. Y más en esa época”.
La elección puede explicar ese sonido punk y garagero que maridaba con las guitarras stones para tejer gritos como “Primavera nacional” y “Ahora no es lo mismo”, puntos claves del debut de Ratones Paranoicos, un álbum ecléctico y fundamental, con los grooves rythmnandbluseros de “Sedan” y “Descerebrado” y el megahit ”Sucia estrella” del que hablará dentro de un rato. Por momentos, se acomoda y se desacomoda en la silla de la pecera de Panacea, el estudio de conexión spinetteana por el que pasa la mayoría de sus horas.
El estudio es clave en su actualidad, en la previa al enésimo retorno de Ratones Paranoicos y sin descuidar su propio camino, que en los últimos tiempos se reparte entre sus discos solistas y el homenaje Pappo x Juanse. Si toda la vida fue un animal de escenario, hace un tiempo que encontró entre las perillas, la madera y la cercanía una zona de confort.
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“El estudio es como un juego. Es muy real y está todo manifestado en forma material, todo lo que a vos te gusta: poder entrar, grabar, escucharte. No hay un compromiso como el que uno asume para cumplir determinados requerimientos técnicos. En el estudio se va haciendo todo a medida que te lo vas encontrando. El estudio siempre es el mismo y creo haber encontrado una fuente de reposo, de refugio”, reflexiona, antes de entrar de lleno en aquel álbum debut que cambió la historia.
—¿Es más fácil grabar un disco hoy que hace 40 años?
—Yo creo que un buen disco, no, porque no sé si dentro de 40 años vamos a estar hablando de la reedición de un disco grabado en la actualidad. Nosotros tuvimos la suerte de trabajar con Gustavo Gauvry que en ese momento era el productor de todo el espectro del rock; y él no es solo un gran técnico, sino también un gran productor, algo poco habitual. Por lo general, el que es un gran productor está más volcado a su propio criterio técnico, y te das cuenta cuando lo pone por delante de la estética que quiere plantear la banda. Y con él eso no pasaba.
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—¿Cómo llegaron a Gustavo?
—Del Cielito era un estudio diseñado al nivel de cualquier estudio del mundo, ahí grababan Spinetta, Charly, David Lebón… Tuvimos muchos encuentros, charlas, y él le vio algo a la banda que ni siquiera nosotros le veíamos. Empezamos a hacer demos; yo ya había acumulado muchas canciones y nos encontramos con que todo parecía armado para que las cosas se dieran como se dieron, porque él tenía mucho trabajo, lista de espera de todo el mundo que quería grabar en Del Cielito. Hasta que hubo un espacio libre, y el día que nos llamó y nos dijo que empezábamos a grabar, no lo podía creer. Grabamos un demo y ahí nos dimos cuenta de que realmente había posibilidades.
—¿Qué vio Gauvry que ustedes no veían?
—Vio lo que estás viendo vos ahora. Un tipo muy problemático, pero con otro target. En aquella época estaba de moda un reciclaje muy ambiguo de las tribus, de estas cofradías que se armaban. Nosotros éramos muy... británicos, no sé cómo definirlo.
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—No encajaban en el sonido que estaba dando vueltas.
—¡No nos quería nadie! No nos quería ninguna productora, y las compañías no nos querían por el nombre. Ahora da risa, pero Ratones Paranoicos no era un nombre comercial para ellos. Nosotros habíamos firmado un contrato con Umbral, pero el dueño estaba loco y desapareció. Entonces se asociaron DBN, Distribuidora Belgrano Norte, con el estudio, y Gustavo ya tenía la idea de armar Del Cielito Records. Primero salió una edición por Umbral, pero se desmoronó enseguida y después salió una segunda edición por Del Cielito. Eso nos dio un empujón muy grande a nivel anímico, estábamos muy up.
—¿Hacía mucho que no escuchabas el disco?
—No, cada tanto lo escucho porque me gusta ver y jugar con el desafío. Nos tiramos al vacío. No existía lo que hacíamos: ese sonido, ese estilo, esa temática. No había nada acá. Entonces te daba miedo, porque ¿qué estabamos diciendo con una canción como “Descerebrado”? (risas). El que me sacó todos los complejos fue Luis Alberto cuando grabó “Sucia estrella”. Eso quería decir que algo bueno había hecho.
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—¿Cómo fue eso? ¿Te dijo que lo iba a grabar o lo escuchaste de repente?
—No me hagas acordar… Teníamos un grabador Sanyo en la cocina, y mi vieja viene corriendo a mi cuarto: “Vení, escuchá”. Estaba Spinetta cantando un tema mío. No lo podía creer, porque yo me escapaba de casa a los once años para ir a verlo; no te dejaban entrar, era un pendejo. Fui con un compañero del colegio a ver Invisible, en el Coliseo, cuando presentó Durazno sangrando. Éramos fans y toda mi vida lo seguí, y lo sigo siguiendo, porque Invisible es el mejor trío que escuché desde todo punto de vista: compositivo, con respaldo. Escuchá, por ejemplo, la introducción de “La azafata del tren fantasma”. ¿Cómo hicieron eso? Creo que Luis tuvo una bendición muy grande, porque es una sinfonía, un ensamble de acústica realmente encomiable.
Detrás suyo, donde se mezclan afiches de los Ratones, estuches de guitarra y el desorden propio de una banda en funcionamiento, un poster de Invisible parece ratificar sus palabras. El viaje nos lleva ahora a mediados de aquel histórico 1986. La noche previa a la salida del disco fue uno de los tantos que Juanse no durmió de aquellos años de juventud. Fue a la casa de Pablo Memi, compañero de colegio y bajista del grupo, y lo despertó arrojándole piedras a la ventana. “Bajá, boludo, que está el disco en la vidriera”, le dijo. Con la ansiedad de quienes no creen lo que está por suceder, se dirigieron a la disquería de la estación de Devoto: “Cosas de adolescentes. Nos quedamos sentados ahí, mirando la vidriera, horas. Era como que por fin accedíamos al sueño”, evoca y cita una frase que le dijo el monje benedictino Mamerto Menapace para unir otra vez los tiempos del relato: “‘Cuando uno sueña solo, es un sueño nada más. Cuando el sueño se comparte, se transforma en realidad’. Me marcó, porque éramos así: sabíamos qué puesto ocupaba cada uno dentro del campo de juego”.
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—¿En qué momento encuentra al grupo la salida del disco? ¿Ratones Paranoicos es una banda activa?
—Lo que pasa es que no queremos usar el método Chalchaleros, que se están despidiendo hace años. No me molesta tampoco. Si uno tiene ganas de tocar... mi aspecto solista hizo que se refrescara el entusiasmo por comprobar qué es lo que puede. Hacemos esto para que le guste a las personas; al margen del negocio, es eso. Pero uno se da cuenta de que llegaste donde estás porque hubo un montón de factores alrededor que se transformaron en colaboradores incondicionales para que la cosa llegara a donde está. Estoy muy agradecido a mis compañeros en ese sentido, porque cuando no hay un equipo formado se complica: viene la crisis de ego, la falta de reconocimiento mutuo. Eso es lo que hace que las bandas se disuelvan.
—Y ustedes están juntos...
—Sí, estamos grabando, otra vez con producción de Gustavo Gauvry y con Mariano Otero. Es un disco muy fuerte, es lo único que puedo anticipar. Tengo unas ganas terribles de grabarlo y que salga.
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—¿Cómo fue el reencuentro en el estudio?
—Estamos aplicando un sistema nuevo. Ya demostramos que ensayando y grabando en vivo está buenísimo, pero hay otros métodos de plantear la cuestión y estamos aplicándolo.
—¿Cómo vivís la previa al apertura de Ron Wood?
—Ronnie es uno de los compositores y guitarristas más importantes del rock and roll. Viene de lejos: Wood, Jimmy Page, Jeff Beck, Steve Winwood vivían juntos de adolescentes, y ya eran músicos de sesión. Hay una enorme cantidad de éxitos de los sesenta en Inglaterra donde ellos no figuran en los créditos, pero los escribían ellos. El profesor de batería era Jim Marshall, que mientras trataba de encontrar cómo hacer que la guitarra sonara con más volumen, les enseñaba a tocar la batería a Bonham y a todos esos. Ronnie forma parte de esa camada de tipos que realmente diseñaban; si no, todo era acorde. Lo podés poner también a Harrison, y había muchos más, pero obviamente destacarte como un acróbata de la guitarra no dice nada si no estás dentro del diseño. Ronnie es un experto en diseñar y además un gran compositor. Por ejemplo, It’s Only Rock ‘n’ Roll es de él: Jagger le cambió a Ronnie “I Could Feel the Fire”, que es un tema que va a su disco solista, y le dio a Jagger “It’s Only Rock ‘n’ Roll”; de hecho el disco de los Stones se llama así.
—Justo un 6 de noviembre pero de 1993 ocurrió aquel inolvidable show en Obras que nadie sabe cuánto duró.
Uff. Mick Taylor es mi debilidad, pero ya dejé todo eso y ahora lo que hago es recordar. Si me preguntas hoy, me gustan más Sarco en los Ratones y Nico Yud, que es el guitarrista de mi banda solista. Pero los sonidos de Ronnie y Mick son incuestionables. Ellos crearon un estilo, que es distinto a emular. Escuchás Humble Pie, Faces, y te das cuenta de que ahí hay otra cosa. Hay otras grandes bandas, pero eso lo crearon ellos, ya lo llevás adentro.
—Tenés por lo menos dos fotos icónicas con Ronnie, la de los tres cigarrillos y la que están con el Zorrito y el Diego. ¿Tenés contacto con él?
—Tengo más contacto con Steve Jones que con Ronnie, pero no se lo digas (risas). En serio, soy un agradecido a ese nivel conocí a personas de las cuales pude aprender y sigo aprendiendo. Él nació el 1° de junio, Charlie Watts el dos, y yo el tres, y tenemos una foto en orden de calendario. Yo creo que es un artista que nunca se traicionó, estilísticamente podría haber hecho cualquier cosa, y nunca se apartó del sistema del rock and roll puro.
—En aquel recital con Mick Taylor, antes con Keith Richards en Vélez y siempre en cada show de Ratones se cantaba: “Esta noche toca Juanse y el año que viene tocan los Stones”. Sacaron un disco nuevo, siempre hay rumores de gira. ¿Creés que pueda pasar eso?
—Esa pregunta se la tenés que hacer a Daniel Grinbank, él tiene la respuesta. Me acuerdo que Jerry Lee Lewis tocó hasta que estuvo a punto de cumplir cien años, man. Es una locura. Lo que pasa es que cuando vos tenés al guitarrista principal con la mano que parece una garra de esas para atrapar la pelota, te das cuenta de que estás en problemas. Yo creo que está bien, no hay que exigir más. Todos vamos a desaparecer en algún momento, y hay que asumirlo y disfrutar lo que tenemos. A veces veo todo lo que está pasando, estas discusiones eternas entre las ideologías, después, cuando estás en una situación límite de salud, te acordás de cuando estabas al lado de un árbol sacando fotos. O mirando la vidriera de una disquería de estación.
Sin dejar nunca el vicio por el rock and roll, los últimos años conocimos al menos otras dos facetas del líder paranoico. Su versión cada vez más religiosa, desde que abrazó la fe hace unos veinte años y con un rol mediático apto para todo público con su recordada participación en MasterChef Celebrity. “Solamente voy a donde me gusta”, asegura, consultado por un posible regreso a la pantalla chica. “Hace poco fui a lo de Susana Roccasalvo, que es muy amiga mía. Es una persona increíble y me gustaría estar en ese programa de panelista. También vino el móvil de de Carmen Barbieri, que son como amigas/hermanas. No me preocupa ni me importa lo que me digan por eso”, agrega, más allá de cualquier disonancia rockera.
—Se te vio muy desenvuelto en tu paso por MasterChef por ejemplo.
—Bueno, eso se debe a que soy un gran cocinero. (risas). Estuvo bueno, zafamos, y tuvo mucho impacto, porque estábamos saliendo de la pandemia. Y eso hizo que, obviamente, llegáramos a picos de rating muy altos. Pero se formó un grupo de amigos muy lindo con los compañeros, porque realmente es muy exigente.
—¿Se cocina en serio en MasterChef Celebrity?
—Cocinamos en serio! Y aparte te cuento un secreto. Vos tenés que hacer dos platos iguales. Porque uno es el que comen cuando lo terminás, y el otro es el que muestran. A mí me gusta ver televisión, pero más me gusta YouTube. Como me gusta Bach, me pongo las versiones de la Pasión según San Mateo, y las de la Pasión según San Juan y las veo. O algo de cine noir. Ahí estoy en mi hábitat y reemplazó al vinilo. Me gusta tenerlos, pero ya no los escucho.
—¿Qué te genera la visita del papa León XIV?
—Es muy importante. Al margen de la fe, es una figura que responde a que le está prestando atención a un sector del mundo donde está el futuro. Nosotros somos el futuro, no hay países en Europa que reúnan las condiciones de progreso, de extracción de recursos naturales, que tenemos nosotros. Entonces, es fácil la ecuación. Tarde o temprano, el auto eléctrico ya sabemos que no va. Y si siguen buscando combustión, la van a encontrar en Brasil, donde hay quinientos mil millones de barriles de petróleo, que obviamente hay que encontrar el mecanismo para poder inventar un sistema logístico de extracción.
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