Una tarde tibia de otoño envolvía los árboles del parque en Barracas. El aire olía a pasto recién cortado y a expectativa. En el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda, la música irrumpió como un relámpago de libertad. Entre bancos despintados, miradas curiosas y parlantes colgados, una banda icónica de la escena argentina se preparaba para revivir uno de sus himnos. Esta vez, no estaban solos.
Turf, liderado por el siempre excéntrico Joaquín Levinton, eligió un escenario atípico y profundamente simbólico para presentar su nueva versión de “Loco un poco”, aquel hit nacido en 2001. Lo hicieron junto a los pacientes, internos y exinternos del Borda, en el marco de una transmisión especial de La Colifata, la radio que hace casi tres décadas se convirtió en la voz de los que casi nunca tienen voz.
Pero el reencuentro con su clásico no fue un simple revival. Esta versión trae consigo una colaboración inesperada y poderosa: Lali Espósito, la estrella del pop argentino, prestó su voz, su energía y su magnetismo para darle a la canción una segunda vida. La producción estuvo a cargo de Ale Sergi, de Miranda!, quien tejió una base sonora que fusiona con maestría el ADN rockero de Turf con la sensibilidad pop de Lali.
“En este disco de colaboraciones pensamos en Lali por afinidad, por amistad, por talento”, confesó Levinton en diálogo con Urbana Play. Y agregó: “Es el tercer episodio de Polvo de estrellas, el disco que estamos terminando”.
La escena tenía algo de película surrealista. Una pantalla gigante instalada en el parque. Pacientes con gorros tejidos, otros con carpetas y dibujos bajo el brazo. Médicos, músicos, cámaras. Y de fondo, la inconfundible melodía de Loco un poco filtrándose entre los árboles, desafiando el silencio que suele habitar esos espacios. “Vamos a tocar unos temas con una audiencia muy particular”, había adelantado Joaquín. Y no mentía.
Lea Lopatín, guitarrista de Turf, miraba a su alrededor y murmuraba: “Estamos en un parque muy lindo”. Era cierto. Pero había algo más. Era un parque cargado de historias, de tratamientos largos, de soledades profundas y también de pequeños destellos de alegría como el de ese martes.
La presencia de La Colifata, ese experimento social y mediático que comenzó en 1991 de la mano del psicólogo Alfredo Olivera, funcionó como puente entre la banda y los internos.
Y entonces sonó la canción. Un instante se volvió eterno cuando los acordes retumbaron en los parlantes. Algunos comenzaron a moverse al ritmo, otros cantaban desde sus sillas, mientras en la pantalla gigante aparecía Lali, luminosa, compartiendo versos con Joaquín. El videoclip, estrenado en simultáneo, mezcla escenas de estudio con un aire de late night show, parte del proyecto audiovisual que acompaña el relanzamiento: Polvo de Estrellas.
El propio Levinton recordó, nostálgico, sus primeros pasos en la radio. “Tenía un programa en FM La Tribu, los sábados a la medianoche”. El mundo era otro. Turf recién despegaba, el país estaba al borde del colapso, y el Borda seguía siendo el mismo edificio gris con patios internos donde el arte se colaba como podía.
Hoy, más de dos décadas después, el grupo decide volver sobre sus pasos. Pero no para repetirse, sino para reinventarse. Para tender puentes. Para decir, con música, que todos cargamos alguna forma de locura. Y que en el fondo, está bien.
Fue más que un show. Fue una ceremonia íntima, colectiva y transformadora. Una pequeña revolución de guitarras y voces en el corazón de la salud mental. Una canción que volvió a nacer.
Pero ese encuentro no fue solo el regreso de una canción. Fue también un viaje colectivo por el repertorio más entrañable de la banda que supo encontrar la gloria entre guitarras brillantes y estribillos pegajosos. Así, la banda desempolvó dos de sus himnos: “Magia Blanca” y “Pasos al costado”.

La primera, una suerte de conjuro pop, flotó en el aire como una alucinación alegre. Levinton, con su estilo despreocupado, lanzaba cada verso como si todavía tuviera veinte años. El riff inicial de Magia Blanca provocó los primeros saltos.
Y entonces llegó “Pasos al costado”. La canción que hace dos décadas sonaba como un manifiesto irónico sobre la resignación se transformó, por obra del tiempo y la relectura generacional, en una consigna de resistencia. Milo J, el joven rapero que viene sacudiendo la escena urbana argentina, se sumó al nuevo disco para ponerle su voz a esta reversión. Y su presencia, aunque no física ese día en el hospital, estuvo presente en cada estrofa.
Porque “Pasos al costado” dejó hace rato de ser una canción. En las tribunas, en las marchas, en las radios, en las plazas, se transformó en canto colectivo. En Argentina y en Japón. En el Borda, por unos minutos, fue algo más: una declaración de principios, una forma de habitar el mundo sin pedir permiso.
La tarde cayó con lentitud sobre el parque. Las luces de la pantalla ya no se veían tan nítidas. El silencio después fue largo. Como si nadie quisiera que ese instante se terminara. Como si la música hubiera logrado, una vez más, lo imposible. Detener el tiempo.
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