
Un estudio basado en 56 entrevistas en profundidad realizadas en Argentina concluyó que un mayor conocimiento sobre el funcionamiento de los algoritmos de las redes sociales no se traduce necesariamente en mayor control ni en bienestar para los usuarios. La investigación, titulada “Everyday Scrolling: Algorithmic Awareness and Audience Tactics” y publicada este miércoles en el International Journal of Communication, fue realizada por Brenda Focas, investigadora de la Universidad Nacional de San Martín y del Conicet, y Eugenia Mitchelstein, de la Universidad de San Andrés. Las autoras sostienen que el reconocimiento de cómo operan estos sistemas suele generar experiencias ambivalentes marcadas por la saturación cognitiva, la personalización forzada y el abandono estratégico de las plataformas.
El trabajo parte de una pregunta que atraviesa buena parte de la investigación reciente sobre comunicación digital: qué entienden los usuarios comunes sobre los algoritmos que deciden qué contenido ven en sus pantallas, y qué hacen con ese conocimiento. “En el ecosistema digital contemporáneo, los algoritmos juegan un rol central en la selección, jerarquización y circulación de noticias y entretenimiento”, escriben Focas y Mitchelstein en la introducción del artículo.
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“Las audiencias no son actores pasivos frente a la curaduría algorítmica; por el contrario, desarrollan percepciones, prácticas de gestión y evaluaciones críticas sobre los algoritmos”, concluyen. Además, señalan que la relación de los usuarios con la curaduría algorítmica varía de acuerdo con el nivel de comprensión que tienen sobre su funcionamiento.
Entre las principales conclusiones, las autoras señalan que “los usuarios situados en el extremo intuitivo suelen recurrir a maniobras radicales, como el abandono total de una plataforma cuando se sienten abrumados”, mientras que quienes poseen una comprensión más sofisticada utilizan recursos como “silenciar contenidos, dejar de seguir cuentas o ‘entrenar’ activamente al sistema”.
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Estas acciones, explican, expresan una evaluación ambivalente de los algoritmos, entre su utilidad práctica y la “saturación sensorial o ideológica” que pueden provocar. Sin embargo, alertan que “la capacidad de gestión no elimina las asimetrías de poder entre plataformas y usuarios, ni garantiza experiencias informativas más plurales o reflexivas”.
Los usuarios se ubican en un continuo que va de la intuición a la comprensión técnica
Uno de los hallazgos centrales del artículo es que todos los entrevistados reconocieron el término “algoritmo”, pero con niveles muy distintos de comprensión sobre su funcionamiento. Las autoras proponen entender esta variación no como categorías fijas, sino como un continuo que va desde percepciones intuitivas hasta entendimientos técnicos elaborados.
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En el extremo más intuitivo se ubica Rosita, coordinadora de un centro comunitario de 63 años, quien resume: “No sé qué son... pero si ves algo, después te llega más contenido relacionado con eso”. En el otro extremo, Ignacio, ingeniero agrónomo de 38 años, describe el mecanismo en términos técnicos: “Es una secuencia de datos de la cual se puede extraer una estadística y predecir una probabilidad supuesta de que algo ocurra”.
Entre quienes tienen una comprensión más limitada, el estudio identifica un patrón recurrente: la sospecha de que el teléfono los escucha. Violeta, abogada de 54 años, lo describe así: “Hablamos porque vi unas remeras y voy a comprar zapatillas Adidas... y entonces el teléfono me empieza a mandar promociones o novedades de Adidas. No sé si eso tiene que ver con un algoritmo o porque el teléfono escucha. Para mí, es un misterio”. Mariano, psicólogo de 48 años, comparte esa percepción: “Es como una cosa paranoica... como que estoy hablando con vos y después aparece en Facebook”.
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En una posición intermedia del continuo, otro grupo de usuarios describe los algoritmos como sistemas proactivos orientados al futuro. Jorge, psicólogo de 51 años, los compara con “un formato de aprendizaje en el que la inteligencia artificial va incorporando conocimiento, conocimiento, conocimiento, y el algoritmo se va produciendo. Es como una especie de diagrama de flujo”. Gonzalo, estudiante de matemática de 20 años, coincide: “Es como un conjunto de reglas para seguir en un orden específico y obtener el mejor resultado esperado”. Las autoras señalan que estas posiciones “no son meramente cognitivas; se traducen en repertorios de acción distintos para gestionar, resistir o dirigir la curación algorítmica en las plataformas elegidas”.
Entre el entrenamiento del algoritmo y el abandono total de las aplicaciones
El estudio identifica dos grandes repertorios de tácticas entre los usuarios: uno curatorial, orientado a negociar dentro del sistema, y otro de retiro, orientado a abandonarlo.
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Quienes cuentan con comprensiones más sofisticadas tienden a usar herramientas dentro de las propias aplicaciones para ajustar lo que ven. Yamil, estudiante de publicidad, explica: “Hay funciones como ‘no me interesa esta publicación’ o ‘no me interesa este video’ que uso mucho, especialmente cuando estoy viendo una serie nueva o una vieja y no quiero spoilers”. Lalo, que trabaja en marketing, usa el mismo recurso: “De vez en cuando veo una publicación que no soporto. Y toco ‘no me interesa esta publicación’. Y después deja de aparecer”.
Otros entrevistados describen tácticas más orientadas a silenciar temas completos. Azul, economista de 22 años, cuenta: “Podés como manejar lo que ves y leés... silencio todas las palabras, como Cristina [la expresidenta Fernández de Kirchner], todo eso lo silencio y elijo ignorar esas cosas... o sea, podés vivir en tu propia burbujita si querés”.
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Leo, estudiante de 25 años, aplica la misma lógica, pero con un objetivo deportivo: “Soy hincha de Boca. Obviamente no quiero ver nada de River. El otro día apareció un tuit de River. ¿Y qué hice? Fui a los tres puntitos que abren las opciones y toqué ‘no me interesa este tuit’”. Algunos participantes, en cambio, entrenan activamente al sistema para que les muestre más de lo que les interesa, como Zoe, estudiante de 18 años, que busca y da “me gusta” a videos sobre explicaciones de canciones para que “el algoritmo empiece a mostrar más de esos videos”.
En el extremo opuesto, el estudio documenta un repertorio de retiro que aparece tanto entre usuarios con conciencia intuitiva como entre los más sofisticados. Juana, fotógrafa de 37 años, describe su manera de desconectarse cuando se siente abrumada: “Pongo, no sé, algo de música, como jazz, y ya, me desconecto, no leo nada por tres o cuatro días... no entro a ninguna plataforma”. Alejandra, editora de 25 años, relata una experiencia similar: “Ya ni siquiera me interesa abrir Instagram o Twitter, porque algo que antes no notaba del algoritmo ahora es más obvio, no funciona, no acierta. Digo, no quiero ver esto, y cierro la aplicación”.
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Incluso usuarios con comprensión técnica avanzada optan por el borrado total de aplicaciones. Matías, estudiante de economía de 20 años, lo resume así: “Lo borré en su momento por un motivo personal, y después nunca más quise volver. Fue hace como ocho meses, Instagram, TikTok y Snapchat, todo afuera”. Y agrega: “De repente, no sé, abría Instagram y veía el posteo de una chica comiendo pasta con camarones en Ibiza, y yo en casa comiendo una hamburguesa, y pensaba, no me importa. Y me cansé; ya no tenía ganas de ver nada más”.
La conciencia algorítmica no garantiza mayor autonomía frente a las plataformas
Uno de los aportes centrales del estudio es poner en discusión la idea extendida de que a mayor conocimiento técnico sobre los algoritmos, mayor es el empoderamiento del usuario. Las autoras señalan que, si bien los participantes con percepciones más elaboradas despliegan repertorios curatoriales más activos, como silenciar contenido, entrenar recomendaciones o usar herramientas de personalización, “muchos de los participantes expresan fuertes sentimientos de saturación, fatiga e incomodidad”. Esta observación lleva a Focas y Mitchelstein a relativizar el supuesto de que comprensión técnica equivale a agencia crítica.
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El estudio también advierte que incluso las percepciones imprecisas desde un punto de vista técnico, como la idea de que el teléfono escucha las conversaciones, son socialmente significativas porque moldean prácticas concretas de uso, desconfianza o retiro. Según las autoras, esto sugiere que la conciencia algorítmica “debería entenderse menos como conocimiento experto y más como una forma de saber práctico y narrativo, construido a través de la experiencia cotidiana”. Citando a de Certeau, el trabajo remarca que el grupo de consumidores “no es homogéneo”, y que la capacidad de gestión de los algoritmos “no elimina las asimetrías de poder entre plataformas y usuarios, ni garantiza experiencias informativas más plurales o reflexivas”.
En sus conclusiones, las investigadoras plantean implicancias para las políticas públicas. Dado que la conciencia algorítmica se distribuye de manera desigual entre los usuarios, sostienen que “los responsables de políticas públicas y los educadores deberían reconocer que la conciencia está distribuida de manera desigual entre los usuarios”, en lugar de asumir un público homogéneo capaz de comprender y gestionar los entornos algorítmicos. En contextos como el argentino, donde las redes sociales constituyen una vía primaria de acceso a la información, las autoras consideran que las iniciativas de alfabetización digital podrían fortalecer la capacidad de los usuarios para interpretar y negociar de manera crítica el contenido curado algorítmicamente.
El estudio reconoce como limitación su diseño cualitativo, orientado a la profundidad interpretativa antes que a la generalización estadística, y propone que futuras investigaciones exploren estos hallazgos mediante estudios comparativos entre países, diseños longitudinales o enfoques multimétodo.

La metodología combinó entrevistas presenciales y por Zoom durante casi un año
El estudio adoptó un enfoque cualitativo centrado en la recepción de noticias, mediante entrevistas en profundidad que permitieran a los participantes explicar con detalle sus prácticas y decisiones frente a los sistemas de recomendación. Los datos se recolectaron a través de 56 entrevistas semiestructuradas realizadas entre agosto de 2024 y junio de 2025: 41 se hicieron de manera presencial y 15 a través de la plataforma Zoom. Cada entrevista tuvo una duración aproximada de 35 minutos y se desarrolló con consentimiento verbal, en lugares elegidos por los propios participantes.
El reclutamiento se realizó mediante redes diversas y referidos, lo que en metodología se conoce como muestreo de bola de nieve, con el objetivo de garantizar heterogeneidad en género, edad, ocupación y entorno social. El 64% de los participantes fueron mujeres, con edades de entre 18 y 63 años y un promedio de 34 años, un rango que, según las autoras, refleja de cerca a la población adulta de Argentina según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos. La totalidad de la muestra fue urbana, mayormente de la ciudad y la provincia de Buenos Aires, aunque también incluyó residentes de San Juan, Bariloche y Tucumán, con ocupaciones que iban de estudiantes y jubilados a un cocinero, un músico, un programador, un dentista y un psicólogo.
La guía de entrevista se construyó sobre la base de literatura previa acerca de plataformas, algoritmos y consumo de noticias, y abordó tanto hábitos informativos como de entretenimiento. Las autoras decidieron no tratar ambos dominios por separado: “Los usuarios encuentran noticias de manera rutinaria mientras participan en prácticas orientadas al entretenimiento, como el scroll en redes sociales”, señalan en el estudio, razón por la cual indagaron la conciencia algorítmica como un fenómeno que emerge de experiencias cotidianas más amplias, y no de una actividad aislada de consumo de noticias.
YouTube, Instagram y Facebook concentran el uso de plataformas en Argentina
El estudio retoma datos del Digital News Report 2026 del Instituto Reuters para dimensionar el lugar que ocupan las redes sociales en la vida cotidiana de los argentinos. Según esas cifras, el 71% usa YouTube, el 68% Instagram y el 66% Facebook. TikTok alcanza al 39% de los usuarios del país, mientras que X reúne al 16%. La investigación se enfoca en ese entorno, donde una misma pantalla mezcla noticias, videos, publicidad, entretenimiento e intercambios personales.

Esta superposición explica por qué los algoritmos intervienen en la forma en que las personas se informan sin buscar noticias de manera deliberada. Los contenidos periodísticos aparecen entre recomendaciones musicales, publicaciones de celebridades, videos deportivos o avisos comerciales, y los usuarios intentan modificar ese flujo con recursos como silenciar términos, dejar de seguir cuentas, marcar publicaciones como no deseadas o eliminar aplicaciones. El fenómeno adquiere relevancia en un país donde las plataformas funcionan como una puerta de entrada frecuente a la información.

Por otro lado, los datos de Data Reportal correspondientes al segundo trimestre de 2025 muestran que las redes sociales ocupan un lugar que excede el entretenimiento entre los usuarios argentinos de internet mayores de 16 años. El 54,5% las utiliza para mantenerse en contacto con familiares y amigos, pero leer noticias aparece como la segunda razón de uso, con el 46,9%, por delante de llenar el tiempo libre (46%). Buscar contenidos, como artículos y videos, concentra el 38,3%. El relevamiento, difundido por We Are Social y Meltwater, ayuda a explicar por qué las recomendaciones algorítmicas inciden en la dieta informativa: las plataformas reúnen en un mismo flujo vínculos personales, actualidad, ocio y contenidos sugeridos.
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