Evelyn Garay tenía 16 años cuando una barranca se desprendió sobre la avenida Estrada, en el barrio Bajada Grande de Paraná, y la pared de la habitación donde dormía su hermano de 18 se le vino encima. Lo mató mientras dormía. En la misa de cuerpo presente, el padre Matías, el cura de la parroquia, dijo una frase que Garay repite todavía, más de dos décadas después, desde Valencia, España, donde vive hace cuatro años: en diálogo con Infobae. “El dolor aleja o acerca a Dios”. A ella la acercó.
Evelyn, que desde los 13 años daba catequesis y hacía tareas para la iglesia, que había crecido con una madre que la llevaba a misa desde que podía caminar y le enseñó a no cuestionar los dogmas, decidió algo que formuló con la certeza de quien no tiene alternativa. “Si mi hermano que ha fallecido creo que tiene vida eterna, entonces también siento que tengo vocación religiosa. Iré por las buenas o por las malas”.
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Pasó un año y medio con las hermanas mercedarias de Paraná, participó en retiros espirituales en la casa central de Córdoba. Conoció la espiritualidad de la orden, su obra en colegios y comunidades. Pero en un retiro espiritual decidió que necesitaba algo más radical. “Para que mi sacrificio valga”, dice que pensaba entonces. Aclara que esa es una frase de católica ortodoxa, no lo que piensa hoy. “Creemos que el dolor nos va a unir más a Dios, porque se predica un Jesús crucificado, un Jesús de dolor. No se predica al Jesús resucitado, sino al del dolor”, afirma desde una plaza de Valencia en una videollamada con Infobae.
Entre octubre y noviembre de 2001, Evelyn fue sola al Carmelo de Nogoyá, en Entre Ríos. Se escapó del colegio para la primera visita. Después asistió a una ceremonia de profesión solemne. Vio a una monja postrada en el suelo con las manos extendidas mientras le tiraban pétalos de flores y las religiosas cantaban. “Me impactó muchísimo”, cuenta. Entendió poco de lo que estaba viendo, pero pidió ingresar. Cuatro meses después, el 2 de febrero, entró como postulante. Tenía 19 años.
El Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen sería años después el centro de un caso judicial que terminó con la condena de la priora Luisa Toledo a 3 años de prisión efectiva por privación ilegítima de la libertad agravada por violencia y amenazas, en un fallo del Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay de junio de 2019.
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La historia de Silvia Albarenque, compañera de Garay en el noviciado, inspiró la serie Cautiva, estrenada en septiembre de 2026 en Flow. Garay habló con Infobae a raíz de esa serie y de un libro que escribió sobre su propia experiencia.
La carta sobre el pelo rubio de su madre
Los primeros seis meses fueron de postulantado. Evelyn tenía que usar el pelo corto, sin velo ni hábito. Después llegó la toma de hábito y el cambio de nombre. Evelyn Garay dejó de existir. En su lugar apareció Mariana del Espíritu Santo. Si alguien entraba después, no iba a saber que Mariana había sido Evelyn. Tampoco Evelyn iba a conocer los nombres reales de las demás. Eran 16 monjas. Ella era la última.
Las habitaciones se llamaban celdas. Garay aclara que la palabra viene de las celdas de las abejas, no de la cárcel, pero se ríe cuando lo dice. “Claro que pensamos en una cárcel”, sostiene. El convento funcionaba con las constituciones más rígidas de la orden carmelita, textos que todavía mencionan al rey de España porque la orden salió de ahí. Garay las describe como medievales.
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La obediencia era el eje de todo. “Si te dicen doble para la derecha, después para la izquierda, después para la derecha, estás en el mismo lugar. No tenés que cuestionar”, afirma. Lo que buscaban, dice, era matar la personalidad. Que el tono de voz fuera igual en todas, que las posturas fueran iguales, que los pensamientos fueran iguales. “La particularidad, la personalidad que vos creaste hasta ese momento se apaga, se muere, se mata”.
La jornada era un circuito cerrado entre el coro y las tareas. La liturgia de las horas demandaba entre siete y ocho horas diarias de rezo. Desde completas, rosario, meditación, una hora de silencio absoluto, y vuelta al coro. Entre medio, las tareas que la priora asignaba. Las visitas se hacían a través de una reja, en el locutorio. La primera vez que Garay quiso tocar la mano de su madre o de su abuela, le sacaron la mano. No podía ni rozarles los dedos. “Bueno, empezaba el sacrificio”, dice.
Bajo el mandato de la madre María de los Ángeles, la priora que Garay conoció durante su estadía, le ordenaron escribirle una carta a su madre porque se había presentado a una visita con el pelo teñido de rubio. Su madre es morena. La orden era directa. Tenía que teñirse el pelo nuevamente oscuro porque a Dios no le agradaba ese color, porque no era el suyo. Garay no le había escrito nunca una carta a su madre desde que entró. La primera que le escribió fue esa.
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A Silvia Albarenque, cuenta Garay, la obligaron a escribirles a sus hermanos y a su padre porque se había separado de la madre. Le prohibían al padre que la visitara. Las palabras de esas cartas hicieron tanto daño que recién ahora, más de una década después, Albarenque y sus hermanos están empezando a entender que no fue ella quien las pensó.
El alambre con púas y los latigazos en la oscuridad
Las mortificaciones no se mencionaban durante la postulación. Aparecían después de la toma de hábito, cuando la vocación ya se daba por segura. “Ahí te muestran cuáles son los sacrificios físicos que tenés que imponerte vos misma. Y como vos ya estás aprendiendo a ser una monja, lo aceptás”, admite Evelyn.
El convento de Nogoyá usaba dos instrumentos que figuraban en las reglas y constituciones de la orden Estos eran el cilicio y la disciplina. El cilicio era un tejido de alambre con puntas de púa que se ajustaba alrededor de la pierna. Garay dice que terminaba sangrando, que se hacía heridas al apretárselo. Le quedaron marcas. Hace una semana, Albarenque le confirmó en una charla privada que ella también las tiene. “Tengo marcas, pero no se lo he dicho a nadie”, le dijo.
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La disciplina era un látigo. La autoflagelación se realizaba en comunidad, durante el rezo de un salmo, en la oscuridad. Garay corrige lo que muestra la serie Cautiva. Los golpes no eran en la espalda, sino sobre las nalgas. A ella le enseñaron que debía usar la última túnica, el camisón que iba debajo de todo el hábito, y golpearse por encima de la tela. Si sangraba, las gotas tenían que quedar ahí.
En agosto de 2016, tras la denuncia que publicó la revista Análisis de Entre Ríos, la policía allanó el convento. Secuestró 14 disciplinas de tiento trenzado de 50 centímetros, endurecidas con cera y nudos. 14 cilicios metálicos, bandas de alambre tejido con púas. Y mordazas caseras fabricadas con tubos de plástico rígido de suplementos vitamínicos, perforados y con elásticos para sujetarse alrededor de la cabeza.
Garay revela que sentía después de golpearse. “Te sentís vacío, te sentís confundido, te sentís que no has aprendido nada de la religión o que no entendés nada realmente lo que es la espiritualidad, que por qué razón tenés que ejercer esa violencia sobre vos mismo”. Lo peor, dice, era que ese proceso de digerir lo que acababa de pasar lo hacía sola. “No podía hablarlo con el confesor, porque si no era carmelita no entendía nada, y si era carmelita le seguía lavando la cabeza. No podía hablarlo con ninguna hermana, porque no se sabía ni los nombres de ellas. Y con la madre maestra, que era la misma que tuvo Albarenque, costaba vincularse por su carácter”, explica.
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La respuesta institucional era una sola frase que se repetía en loop. “Tenés que entregar el dolor, entregar el dolor, entregar el dolor, unirlo a Jesús crucificado”.
Tres o cuatro conversaciones en tres años
Evelyn Garay y Silvia Albarenque coincidieron en el noviciado del Carmelo de Nogoyá. Albarenque era la novicia mayor. Garay, la última en entrar. En más de tres años cruzaron muy pocas palabras. “Habremos hablado unas tres o cuatro veces, pero nunca de nosotras, nunca de nuestra vida afuera, nunca de nada particular”, cuenta Garay. Hoy se escriben todos los días. Empezaron hace unos meses.
Las reglas del convento prohibían mirarse a los ojos, tocarse las manos, comunicarse fuera de los horarios permitidos. Cada monja tenía un espacio estipulado. “Cada una en lo suyo, en lo que le mandaron, y así tiene que ser - sostiene Evelyn-. Si te pasa algo, tampoco lo podés comentar con nadie. Estás muy sola”.
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Una de las hermanas profesas buscó tener un vínculo diferente con Garay. “No era sexual - aclara Evelyn-. Pero era algo que dentro del convento estaba prohibido.”
Garay lo compara con una sensación que conoce cualquier persona. “Es como cuando tenés doce o trece años y un hombre mayor te está mirando demasiado. Algo así, algo que no corresponde, no hay por qué y soy la víctima acá”. Garay habló con la madre maestra. La madre maestra se lo transmitió a la priora. Hablaron con la hermana. La hermana negó todo y la acusó a ella. Garay se quedó callada. Ese fue el clic que decidió a Evelyn a querer salir del convento.
Albarenque, en cambio, permaneció cautiva casi seis años después de manifestar su voluntad de irse. Toledo destruía o escondía sus pedidos escritos de exclaustración. Le colocaban una mordaza con un tubo de vitaminas perforado sostenido con un elástico detrás de la cabeza. “A veces me lo daba tres días, a veces ocho días”, declaró Albarenque durante el juicio. La encerraban en su celda con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso. Cuando salió en 2013, su estado físico era deplorable.
Garay distingue entre las dos prioras que conoció. “La madre María de los Ángeles era una persona de oración, dulce, parecía una abuelita. Rígida, con ideas medievales, pero no sádica”. Toledo era otra cosa. Se notaba “a la legua” que era una mujer de poca oración. “Cuando subió como priora, iniciaba la hora de meditación, una hora de silencio absoluto, y se iba a revisar las celdas. Eso no se había hecho nunca con la otra priora. No oraba, no rezaba. Creaba nuevas mortificaciones que no figuraban en las constituciones de doscientos o trescientos años”, recuerda Evelyn.
Falda hasta los tobillos y 25 años sin saber qué le gustaba
Cuando las hermanas rezaron y votaron, la salida de Garay fue aprobada. Tenía 21 años. Salió vestida con falda hasta los tobillos, camisa prendida del último botón y mangas hasta la muñeca. Seguía yendo a misa todos los días. Intentaba mantener la rutina del convento en la calle, hasta que la dinámica de su casa en Paraná se lo impidió. Las hermanas mercedarias la recibieron.
Se anotó en la universidad para estudiar de maestra. Empezó a trabajar en comercio, en una heladería. La vida tomó marcha. Pero el proceso de recuperación fue largo y sigue. “¿Cómo puede ser que con 25 años tenga que acordarme cuáles eran mis gustos, qué es lo que me gusta hacer? ¿Dónde quiero estar?”, se preguntó entonces.
En algún momento se enamoró de una chica. No lo dudó. “Lo sentí tan certero que siempre lo aclaré: es como que alguien me dijera: ‘Evelyn, pero tu pelo es negro’. Sí, ya sé que es negro. ‘Ah, pero no te habías dado cuenta que era negro tu pelo’”. Su madre lo tomó mal al principio. Le duró dos días. Garay no iba a negociar. Lo primero que entendió cuando se reconoció homosexual fue que no tenía que rendirle cuentas a nadie y que tenía que ser libre económicamente. “Una vez puesta en campaña, ya nadie tenía poder de decirme nada”, afirma.
Ella y Albarenque coincidieron en algo más. Las dos se alejaron de la Iglesia católica. Cuando salieron y se enteraron de los casos de abuso sexual de sacerdotes, del caso Próvolo, la distancia se volvió definitiva. Garay intentó ir a misa con su abuela estando en Paraná. No toleró el sermón. “Salir de la Iglesia es lo mejor que puedo hacer”, dice. La palabra Dios le cuesta. Pero respeta a quien la use.
Garay lleva cuatro años en Valencia. Acaba de conseguir el permiso de trabajo. Antes cuidó chicos, ancianos, perros y casas de verano. Nunca tuvo que trabajar un sábado ni un domingo desde que llegó a España. Para alguien que venía de comercio y heladería en Paraná, eso ya es mucho. Escribió una novela sobre lo que vivió en el convento. Lo hizo para no olvidarse y para trabajar los traumas con su psicóloga. Uno de los personajes está inspirado en Albarenque, con su acuerdo. Ya subió algunos adelantos a su cuenta de Instagram.
Albarenque no puede dar entrevistas todavía. Escuchó una de las que dio Garay y le escribió. “Eve, no puedo más, estoy muy conmovida. Tengo que seguir mi vida, caer en el presente otra vez y no dejarme arrastrar por esto”. Está feliz porque se habla. Pero conmovida.
Desde que la serie Cautiva se estrenó, a Garay le escriben personas de toda Argentina. Algunas tienen conocidas en otros carmelos. Garay dice que el problema es la supervisión. Los carmelos son autónomos. El obispo es el único que puede entrar a la clausura. Si no lo hace, nadie más puede.
“Lo que pasó es lo que sucede siempre con estos casos en la Iglesia. A nosotras nos quedan las heridas”, afirma. Mientras tanto, el convento de Nogoyá sigue funcionando.
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