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El argentino que brilló en la era del VHS: la anécdota detrás del título “Mi pobre angelito” y todo lo que le debe a “Star Wars”

Luis Alberto Scalella nació en una familia que se dedicaba al cine. Empezó como boletero y hoy es dueño de Argentina Sono Film, la mayor productora del cine nacional

Luis Alberto Scalella cuenta cómo "argentinizó" títulos de algunos de los grandes éxitos de Hollywood como "Mi pobre angelito" y "Duro de matar".

Los argentinos no lo saben pero hubo un nene y hubo una bisabuela a los que habría que agradecerles cada vez que se acerca la temporada navideña. Es que, aunque ninguno tuvo la intención, entre los dos construyeron la escena que inspiró un nombre de película que varias generaciones tienen guardada en la memoria y en el corazón, y que es difícil de abandonar si aparece inesperadamente en medio del zapping.

El nene era rubio y travieso a tiempo completo. Su bisabuela se llamaba Avelina y había nacido en Santander, España. “Mi hijo no se quedaba quieto, no paraba un segundo, todo el día haciendo cagadas. Y yo ‘ahhh, lo voy a matar’. Y mi abuela, que era buenísima, me escuchaba retarlo y me decía ‘pobre angelito, déjale, déjale, pobre angelito’. Yo en ese momento estaba buscándole título para ponerle a Home alone, que en España se llamó Solo en casa. Ese nombre no me daba nada, ¿qué es Solo en casa? Y ahí cuando mi abuela me pidió que no retara a mi hijo, que era un rubiecito travieso como el de la película, dije, listo, Mi pobre angelito. Y quedó, les encantó, le pusieron el mismo nombre en toda Latinoamérica”.

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El que habla con Infobae es Luis Alberto Scalella, histórico productor y distribuidor de cine y hoy dueño de Argentina Sono Film, tal vez la productora más emblemática de la historia del cine argentino. Para llegar hasta acá, fue el nieto de un abuelo italiano que trabajaba como “control de cine”, es decir, que pulsaba el cuenta ganado cada vez que un espectador entraba a la sala a ver una película.

Scalella adaptó "Home alone" a "Mi pobre angelito". (Créditos: Dawn McKenna/Coldwell Banker Realty)

Fue también un nene de cinco años al que su papá le ponía zapatos guillermina y gorrito para que lo acompañara a controlar las salas en las que él distribuía cine italiano y cine francés: de ese papá aprendió sobre cine y también sobre cómo se hacen negocios.

Luis Alberto fue boletero y, cuando durante el gobierno de Héctor Cámpora se corrió el rumor de que quienes tuvieran una distribuidora de cine -como su padre- iban a tener que producir una película nacional a cambio de distribuir varias extranjeras, viajó al calor agobiante de La Rioja para supervisar la producción de Yo maté a Facundo. Esa terminaría siendo la última película dirigida por Hugo del Carril. Su papá lo había mandado en su nombre para supervisar que nada se saliera del presupuesto y a Luis Alberto, cuenta él, le “picó el bichito de la producción”.

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Se metió por las suyas en el mundo de la producción -en el que todavía es uno de los grandes jugadores nacionales- y en los ochenta le puso un nombre que no le gustó a la distribuidora que, inicialmente, compartía con otros socios: Gativideo. Casi cualquier argentino que haya vivido en la época de la videocasetera y el VHS tiene un pedacito de la memoria reservado para ese logo plateado y grandote de Gativideo y también para la música que acompañaba al logo y a todas las advertencias sobre derechos de autor que había que ver antes de que empezara la película: no estaba inventado lo de “Saltear intro”.

“Creo que Gati quedó en el recuerdo de los argentinos porque el VHS fue toda una época. De repente podías hacer el plan de película en tu casa, invitar amigos, pedir una pizza y mirarla. O poner a los chicos a ver la película y que se entretuvieran, en una época en la que había muy pocos canales de cable y no había todavía canales pensados para los chicos”, describe Scalella.

Scalella cuenta cómo surgieron el logo y la banda sonora de Gativideo

Eran los ochenta y los noventa, el auge del VHS y de los videoclubes de barrio, esos que cobraban multa si la película se devolvía con demora e incluso, en algunos casos, si la película se devolvía sin rebobinar. Ir a elegir la película era un plan en sí mismo y, cada tanto, los videoclubes organizaban sorteos en los que uno podía volver a casa con un póster lustroso de alguna película resonante o hasta un VHS para sumar a la colección familiar. En esos años, Gativideo distribuía a algunas de las grandes productoras: Disney, Fox, MGM. Era altamente probable poner play y que apareciera el logo.

“Yo quería un logo medio épico porque el nombre de la distribuidora me daba como de videos de gatitos. Quería algo grandote. Y me inspiré en algo que nunca olvidé desde que lo vi por primera vez: las letras de Star Wars que van apareciendo grandes desde abajo, como en el medio del cielo, del espacio. De ahí salió el logo de Gativideo”, cuenta Scalella.

La música también tuvo inspiración hollywoodense. “Hicimos crear una música inspirada en John Williams, uno de los compositores más importantes del cine (N. de la R.: Williams compuso, por ejemplo, las bandas sonoras de Star Wars, Indiana Jones y Tiburón). Y el saxo histórico de Gativideo está inspirado en una base de Kenny G que se escucha en Nueve semanas y media”, reconstruye Luis Alberto.

“Yo quería títulos como los de Crónica”

En su oficina de Palermo, Scalella está rodeado de sus pasiones y su historia en la industria del cine. Hay una camiseta de River firmada y enmarcada, y decenas de fotos suyas practicando salto hípico.

Hay fotos de su padre con las grandes estrellas del cine italiano -Sofía Loren, Marcello Mastroianni, Vittorio De Sica, Luchino Visconti-. Hay también fotos suyas con Pedro Almodóvar, Cate Blanchett, Christopher Reeve, Arnold Schwarzenegger, Ricardo Darín, John Travolta y otras grandes estrellas mundiales de la industria del cine.

El logo y la música de Gativideo protagonizaron la era del VHS.

En un subsuelo, un depósito atesora todo el catálogo de Argentina Sono Film, que en 2033 cumplirá cien años. Huele a acetona, un material presente en las cintas fílmicas que están guardadas en latas y ordenadas en enormes estanterías. Una buena parte del patrimonio cultural argentino está metido en esas latas.

Durante sus años como distribuidor -que fueron muchos-, Scalella adaptó al castellano (y a la idiosincrasia argentina) varios títulos de películas que se volvieron hits. “Antes, las películas no se estrenaban simultáneamente en todo el mundo. Primero se estrenaban en su idioma original y tenía que venir la copia prestada, copiarse acá, prepararse los subtítulos. Y en ese tiempo se pensaba el título con el que se iba a estrenar acá”, cuenta Scalella.

“Yo era bastante buen titulero. Pensaba en esos títulos grandotes e impactantes de Crónica, yo quería títulos como esos, algo que enganchara a la gente, porque a la gente la tenés que enganchar desde el título. La productora extranjera pedía que la distribuidora propusiera títulos, y yo proponía, y muchas veces quedaban”, recuerda. Además de Mi pobre angelito, hay otros grandes éxitos en su haber.

“Yo le puse Pecados capitales a Seven. ¿Cómo le iba a dejar Siete, qué te dice Siete? Nada. El asesino de la película mata aludiendo a los pecados capitales, la lujuria, todos los pecados capitales. Entonces le puse así: Pecados capitales. Y la pegó”, reconstruye. Cuando vio Die hard, protagonizada por Bruce Willis, pensó: “A este le tiran, le tiran, le tiran, y no lo matan ni en pedo. Es duro de matar este tipo”. Y así quedó la adaptación al castellano del título de ese clásico de acción de fines de los ochenta.

Scalella rodeado de las latas de películas que pertenecen a Argentina Sono Film. Fotos: Jaime Olivos

“De repente me llega otra película. Se llamaba Working girl. ¿Qué es working girl? Chica trabajadora, yo enseguida pensé que eso aludía a una prostituta acá en Argentina. ¿Y de qué trabajaba la protagonista de la película? Era una secretaria ejecutiva. Y le puse así: Secretaria ejecutiva”. En el film brillan Melanie Griffith, Sigourney Weaver y también la cantante australiana Carly Simon con su canción “Let the river run”, indisociable de la película.

Otra de sus “pegadas” a la hora de poner títulos fue cuando cambió El peque se va de marcha, un título puesto para los cines y los VHS de España, por Cuidado bebé suelto. “¿Cómo voy a distribuir una película que se llama El peque se va de marcha en Argentina? Imposible. La película en inglés se llama Baby’s day out y efectivamente el bebé se les pierde y hace de todo porque anda suelto, así que le puse Cuidado bebé suelto y funcionó bárbaro”, cuenta Luis Alberto.

El último cambio de nombre fue el que hizo desde Muerte en un funeral, un clásico del humor inglés estrenado en 2007, por Un funeral y medio. Así va a llamarse la adaptación de esa película que ya filmaron Guillermo Francella y Adrián Suar como protagonistas, y que se estrenará en la primera mitad del año que viene. Luis Alberto es uno de los productores principales.

Desde que “le picó el bichito” en el calor de La Rioja hasta hoy pasaron más de cincuenta años. Su papá le había advertido: “Lo menos riesgoso en la industria del cine es ser exhibidor, porque estrenás una película un jueves y, si no funciona, la levantás a los pocos días. Ser distribuidor es de riesgo intermedio. Y ser productor es lo más riesgoso, porque vos ponés la guita para hacer la película y, si no funciona, perdiste”.

Como hacen tantas veces los hijos cuando sus padres los aconsejan, Luis Alberto lo escuchó a medias: se hizo distribuidor pero también productor. Y en medio de toda esa trayectoria, miró a su hijo, escuchó a su abuela y le puso nombre argentino a uno de los grandes hitos del cine.

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