
El papa Francisco recibió un ejemplar de mi último libro, Padre Mugica, de manos del obispo castrense, monseñor Santiago Olivera, durante una audiencia en El Vaticano el sábado pasado. “Agradeció mucho”, le dijo luego Olivera al autor. El prelado argentino es también miembro del Dicasterio para las Causas de los Santos, es decir el organismo pontificio donde se analiza si una persona hizo méritos suficientes para llegar a los altares.
La idea de llevarle un ejemplar al Papa surgió del propio Olivera en un almuerzo en la casa de la abogada jujeña y ex diputada y ex convencional constituyente Cristina Guzmán en el que participaron otros obispos, funcionarios y diplomáticos.
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“Estoy seguro de que a Francisco el tema le va a interesar y mucho”, señaló Olivera luego de aquella comida.

La trayectoria del padre Carlos Mugica, asesinado en 1974, sigue provocando polémicas tanto en el clero como en la feligresía. En especial por su relación —que fue cambiando— con tantos jóvenes católicos que luego formaron parte de Montoneros, entre ellos Mario Eduardo Firmenich, y por su forma de ejercer el sacerdocio, que traspasó ciertos límites formales, como en el vínculo con su amiga Lucía Cullen, aunque el cura villero siempre defendió el celibato sacerdotal.
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“La mala educación de la utopía católica” en los 60 y 70 es un tema que preocupa a Francisco, tal como expresó durante un encuentro con cardenales de América Latina en el año 2014, porque derivó en el pasaje de muchos jóvenes de la Acción Católica a la lucha armada.
Si bien Carlos Mugica fue uno de los curas progresistas que al principio alentó o, al menos, justificó a las guerrillas, en sus últimos años de vida se enfrentó fuertemente a la cúpula de Montoneros, en especial con sus ex discípulos de la Acción Católica, de quienes había sido asesor espiritual, porque no estaba de acuerdo en la continuidad de la lucha armada. Vale recordar además que, restablecida la democracia en 1973, la guerrilla no depuso las armas y continuó con la metodología del uso de la violencia como herramienta política.
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Más allá de esos dos temas, en la Iglesia se lo elogia por su auténtica vocación sacerdotal y su trabajo decidido en favor de los más pobres, materializado en su acción pastoral en la villa miseria de Retiro. Por eso se lo considera el primer cura villero y es una figura emblemática de los sacerdotes dedicados a esa pastoral.
Además, Mugica fue cruelmente asesinado hace 50 años, el 11 de mayo de 1974, durante la tercera presidencia del general Juan Domingo Perón, a la salida de la iglesia donde había dado misa.
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Por ese motivo, un grupo de sacerdotes sostiene que Mugica fue un mártir y debería ser considerado beato, que es el paso previo a la santidad, pero otros afirman que eso no corresponde porque fue asesinado por cuestiones políticas y no por la defensa de la fe católica, que es lo que caracteriza al martirio.
“Francisco lo respeta mucho, pero dice que hasta ahora no se escribió un libro completo sobre el padre Mugica, con sus luces y sus sombras”, dijo hace un tiempo la periodista Alicia Barrios, muy cercana al Papa.
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Recientemente, el nuevo arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, renovó el enfoque sobre la figura del cura villero cuando, en la misa del Jueves Santos, cuestionó que la figura de Mugica hubiera sido “secuestrada por los apasionamientos políticos y partidarios”, e instó a sacerdotes y religiosos a evitar que siguiera siendo “usada o cosificada”.
Se refería al intento de apropiación y uso partidario que el kirchnerismo hizo durante tanto tiempo del padre Mugica, un personaje atractivo y una personalidad de gran riqueza que trasciende los límites siempre estrechos del aprovechamiento político.
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