Todo se resumió en un grito. Un alarido contenido por horas de vigilia, meses de espera, décadas de lucha. Con varios segundos de expectativa en el conteo, las pantallas gigantes dispuestas en el sector verde frente al Congreso confirmaron la tendencia que se alimentó en las últimas horas: con 38 votos positivos, 29 negativos y 1 abstención, el Senado sancionó la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). Así, los feminismos tuvieron su tan ansiada revancha y el anhelo se hizo efectivo: el aborto es legal en la República Argentina.
Sobre Callao, la avenida Rivadavia, y las calles circundantes al sector norte del Congreso, todas cubiertas por la militancia verde, la noticia que anunciaba la pantalla -y ratificaba por los parlantes la voz de Cristina Kirchner- provocó una explosión, un ruido atronador de chillidos agudos que generó una suerte de temblor entre el humo verde de las bengalas, los fuegos artificiales y los vasos que volaron por el aire. Después se precipitaron las lágrimas y -aún a pesar del calor insoportable de diciembre y de la pandemia- brotaron los abrazos.
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Agustina, de 22 años, que viajó desde Quilmes para estar presente esta noche, mira la pantalla donde se lee claramente “aprobado” y salta a los brazos de su mamá, Karina, de 46 años, que la contiene emocionada. “Realmente yo no estaba tan segura de que iba a salir hoy, no lo puedo creer. Era necesario, es algo básico para nosotras, es como el derecho a votar. Es demasiado esto”.

El festejo no fue uno más, no fue el mismo que el de las dos veces en las que el proyecto obtuvo media sanción: esta vez, la suma de todos esos gritos fueron el punto cúlmine de una de las conquistas parlamentarias más importantes de la historia de los feminismos argentinos y, sin lugar a dudas, de un hito en la lucha de mujeres y personas con capacidad de gestar que reclamaron por años al Estado poder decidir sobre sus cuerpos y maternidades sin verse empujados a arriesgar la vida o la libertad en la clandestinidad.
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“Esto es algo con lo que yo venía desde hace muchos años. Eran otras épocas las mías, no existía esto que se vive ahora. Vine por mis ideales y también para acompañar a mi hija”, dice Karina, todavía conmocionada. “En mi familia hubo muchas muertas, porque el aborto seguía existiendo igual, nada más que era clandestino. Espero que ahora sea distinto”.
La “marea verde”, contrario a lo que se cree, no es homogénea. En esta oportunidad, además, fue especialmente diversa: hubo hombres y mujeres, personas trans, agrupaciones políticas, grupos de amigas de todas las edades, familias, chicas adolescentes o jóvenes adultas junto a sus madres.
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En esa pluralidad, que es la complejidad misma de los feminismos, se mezclaron las emociones, la ideología, las historias familiares y las opiniones personales, pero triunfó una certeza transversal a todo: de ahora en más el Estado tendrá la obligación y la responsabilidad de velar por la salud y la libertad de toda mujer o persona con capacidad de gestar que quiera interrumpir un embarazo.
Cuando, en la madrugada del 9 de agosto de 2018 la columna verde chocó de frente con una nueva postergación en la lucha por el derecho a abortar de forma legal y segura, la multitud no bajó la cabeza y, en el frío extremo y bajo la lluvia, cantó más fuerte para asegurar lo que hoy ratificaron en las calles: la lucha no había terminado.
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Después de cuatro vigilias, la promesa se cumplió en la madrugada del anteúltimo día del año, al fleje del plazo que Alberto Fernández prometió en la apertura de sesiones legislativas, cuando la pandemia de coronavirus todavía era un problema lejano y no una crisis sanitaria a nivel nacional e internacional.

“Siento alivio por todas las que vienen después. Me alivia pensar en que es probable que muchas menos mujeres a partir de ahora y personas con capacidad de gestar tengan miedo de tomar decisiones sobre sus propias vidas. Ese es un paso adelante del cual no se vuelve más”, sostiene Eliana, militante del Movimiento Campesino de Santiago del Estero.
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Ahora, así como la lucha no terminó cuando el Senado rechazó la ley hace dos años, para las mujeres en las calles el reclamo por el aborto legal, seguro y gratuito no termina en la sanción.
“El desafío es hacer de un papel una efectividad, que la ley realmente se cumpla. No que solamente sea un papel que diga lo que podemos hacer o no. Además hay que empezar a militar dentro de cada consultorio médico y obstétrico y en todo el campo de la salud para que la decisión sobre nuestros cuerpos sea real”, explica Eliana. “Ahora no hay que bajar los brazos, hay que seguir la lucha”, coincide Gisela, de 43 años, con los ojos rojos por el llanto de emoción. “Esto recién empieza”.
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Fotos: Catalina Calvo y Thomas Khazki
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