Su álbum íntimo. En 2016, cuando se casó con Alejandro.
Su álbum íntimo. En 2016, cuando se casó con Alejandro.

Florencia Guimaraes no se siente identificada con las palabras "mujer trans". La denominación le suena demasiado políticamente correcta. "No me siento varón ni aspiro a ser mujer. Y ya no necesito esconder mi identidad: estoy orgullosa de ser trava", dice. Tiene 37 años -la edad en la que muchas travestis ya están muertas-, y por su vida pasó todo lo que suele matarlas: se puso silicona industrial en la cola, se colocó prótesis mamarias en un quirófano clandestino, estuvo en situación de prostitución, fue violada y atacada a tiros. Florencia sobrevivió y su vida dio un vuelco.

"Nací en La Boca, mi madre me tuvo a los 14 años. Era una niña cuando se convirtió en una madre abandonada por mi padre", cuenta a Infobae. Florencia se crió en La Matanza con su mamá, su abuela y su hermano. Ahí echó raíces: fue en una colectora cercana donde pasó muchos de los 12 años en los que estuvo en situación de prostitución y es en La Matanza donde ahora vive con Alejandro, su marido.

"Mi abuela trabajó durante 40 años en el pabellón de homosexuales del Hospital Muñiz, especializado en enfermedades infecciosas. Así que mi vida estuvo atravesada por historias de travas que iban muriendo de sida. Fue muy difícil travestizarme porque en mi cabeza resonaba todo lo que vi desde la niñez: travas que se morían muy jóvenes y solas, porque no las querían ni sus familias".

Florencia no era ni adolescente cuando comenzó a maquillarse a escondidas, a ponerse remeras cortas y pantalones ajustados. "Tenía 15 años cuando un hombre paró un auto y me ofreció plata para tocarme, así apareció la prostitución en mi vida. No me expulsaron de casa, como le pasa a muchas, pero venía de una familia muy humilde. Eso sigue pasando, muchas travas son sostén de hogar pero nadie les da un trabajo".

No fue sólo una necesidad económica: "Lamentablemente, muchas construimos nuestra sexualidad en el sistema prostituyente: creemos que esos hombres que nos besan, nos dicen que somos hermosas, nos pagan y nos llevan a hoteles lindos son los hombres que nos quieren"

Florencia sostenía que estaba en situación de prostitución porque quería. Nada la obligaba. Ya estaba en pareja con Alejandro, que a veces le pedía llorando que dejara de hacerlo. "La noche, las rutas, la esquina eran mi mundo: las travas estaban ahí, no eran cajeras de un Coto. En la calle íbamos construyendo nuestros vínculos de amistad. Después terminábamos juntas en un cumpleaños o en un velorio, que son los lugares en común que tenemos las travestis".

"Estaba convencida de que era una decisión autónoma, me sentía fuerte. Hasta que el discurso se me empezó a caer", recuerda. La reconocida doctora en filosofía Diana Maffía lo explica en el prólogo que escribió para "La Roy, revolución de una trava", el libro que escribió Florencia: "De algún modo, el inicio tan temprano en la prostitución genera una ilusión de poder que luego se va deshaciendo como un espejismo".

Atrás, una foto suya. Adelante, Florencia, con el libro en el que cuenta su vida
Atrás, una foto suya. Adelante, Florencia, con el libro en el que cuenta su vida

"Es que vos estás a merced de lo que quiere el otro -sigue Florencia-. Como dice el dicho, 'el cliente siempre tiene la razón'. Por ahí te toca un hombre que quiere acariciarte y besarte pero por ahí te toca otro que quiere pegarte y penetrarte sin preservativo. El mercado prostituyente les ofrece un abanico de posibilidades y las travas somos una mercancía más. Como yo tengo dinero y vos tenés una necesidad, vas a hacer lo que yo quiera".

Tenía poco más de 20 años cuando cayó en la cuenta de que sus amigas más cercanas estaban muriendo a causa del sida. "Y no sólo morían por eso", sigue. "De a poco empecé a tomar conciencia de la violencia que estaba sufriendo. Y me explotó la cabeza". Lo que está por contar es la noche en la que sobrevivió a un intento de travesticidio.

"Estuve muchos años en un mismo lugar, en la colectora de la General Paz. Había un vecino que nos conocía, a veces nos bajaba una sopita en invierno. Una noche me subí a un auto, el tipo frenó a la vuelta, sacó un arma, me dijo que tenía sida y me violó. Cuando logré abrir la puerta, salí corriendo y el tipo empezó a perseguirme en contramano mientras me apuntaba por la ventana. Eran las 8 de la noche, el vecino de la sopita estaba sacando la basura, le rogué que me dejara entrar pero cerró la puerta. Seguí corriendo y el tipo del auto empezó a disparar. No me mató de casualidad".

Egresada: el año pasado, a los 37 años, logró terminar el secundario
Egresada: el año pasado, a los 37 años, logró terminar el secundario

La violaron en la calle y otra vez, en un calabozo: los policías que la llevaron detenida le hicieron pagar su liberación. "Me dejaron tirada toda la noche. A la mañana aparecieron dos policías con el pene afuera. Yo lloraba, les rogaba que me dejaran, pero me agarraron del pelo y me dijeron que si no se las chupaba no salía viva de la comisaría. Después, vino el comisario y me dijo: 'Te dejo mi tarjeta por si me querés denunciar a los Derechos Humanos".

Las enfermedades de transmisión sexual son la primera causa de muerte en la comunidad travesti. La segunda, las consecuencias de la aplicación de silicona industrial y las cirugías clandestinas. La tercera, los travesticidios, que suelen estar marcados por la saña.

A Diana Sacayán, la activista travesti asesinada en 2015, le asestaron 13 puñaladas. Que algunas hayan sido precisamente en las mamas y en los glúteos sirvió de indicio para probar que había sido un crimen por odio de género. El lunes pasado, el asesino fue condenado a prisión perpetua y, así como pasó con la palabra "femicidio", activistas como Florencia lograron instalar el término político "travesticidio" como un modo de visibilizarlos.

Florencia se salvó del travesticidio y tuvo suerte de que la silicona industrial que se colocó en los glúteos no haya viajado muy lejos. "Vi morir a muchas travas por eso. La silicona es líquida, migra, se va a los pulmones y mueren. En mi caso, llegó a la cintura y tengo problemas de salud por eso. No volvería a hacerlo, jamás. No sólo por miedo sino porque no volvería a someterme al estereotipo de cuerpo que se espera de una travesti".

Florencia dejó la calle en 2008, cuando el gobierno de Néstor Kirchner otorgó una pensión mayor a muchos veteranos de Malvinas. "Mi marido estuvo en Malvinas a cargo de un radar desde el primer día de la guerra hasta el último. El día en que cobró me pidió que por favor no fuera más". Por primera vez, Florencia se enfrentó a "el afuera".

Estudió maquillaje profesional en una escuela sin travestis. Después, fotografía. "Fue difícil porque cuando quise hacer las fotos de un casamiento me dijeron que nadie iba a digerir a una travesti toda una noche sacando fotos". El año pasado, a los 37 años, terminó el secundario. "Me llenó de orgullo la relación que tuve con los otros alumnos, que nunca habían tenido contacto con una de nosotras. Terminé en sus cumpleaños sentada con sus familiares. Eso también un logro enorme para mí".

Florencia y sus sobrinos. “Somos una familia normal, con sus dimes y diretes, como cualquier otra”
Florencia y sus sobrinos. “Somos una familia normal, con sus dimes y diretes, como cualquier otra”

El 4 de marzo de 2016, Florencia y Alejandro (57) se casaron. Están por cumplir 16 años juntos. Tienen seis sobrinos, todos se instalan en su casa durante las vacaciones de invierno. "Nos casamos por amor y también porque él tenía pánico de que algún día, cuando él ya no estuviera, me viera obligada a volver a la prostitución", cuenta. Florencia es ahora una militante abolicionista: sostiene que la prostitución no es un trabajo y lucha para que no sea un laberinto sin salida para las travestis.

Después interrumpe el relato: hay un teléfono que no para de sonar. Es que el jueves partirá de Plaza de Mayo la tercera marcha contra los travesticidios y le están confirmado que va a haber réplicas en varios puntos del país. "Este año ya murieron 40 travestis. Todas fueron muertes evitables". La furia se ve en la ilustración de su primer libro, que salió a la venta hace ocho meses. La de la tapa es ella, desnuda, gorda, con tetas y pene, con un grito en la voz y las cadenas rotas en las muñecas.