
Casi todos los días, en la clínica, vemos las imágenes que se comparten entre niños, niñas y adolescentes. Algunas son memes inofensivos, otras son crueles y otras pueden constituir crímenes. Estos lenguajes hace rato conforman una parte muy importante de sus vidas, si no toda.
Entre las risas y las bromas también aparecen la vergüenza, el dolor y la humillación cuando quedan expuestos, el miedo a ser el próximo en convertirse en un ícono ridículo, y hasta reconocer que sus conductas lastimaron a un compañero o compañera. Lo virtual es real en el sentido más auténtico y complejo.
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La denuncia de adolescentes víctimas de sus compañeros que las convirtieron en imágenes sexualizadas mediante inteligencia artificial obliga a pensar en el lugar que ocupan estas prácticas durante la infancia y adolescencia. Muchas de estas imágenes circulan con una naturalidad que vuelve difícil detenerse a pensar qué se está compartiendo.
Una fotografía tomada de una red social o capturada durante una videollamada puede pasar de un teléfono a otro sin que nadie pregunte si la persona retratada quiso aparecer allí.
La posibilidad de acceder a esa captura se confunde con el derecho a apropiarse de una parte del otro. Esa lógica forma parte de una trama social y aparece en distintos ámbitos. Uno de ellos es el académico. Se ven reels, podcasts, notas y hasta libros apropiados lisa y llanamente. Una práctica que antes se llamaba plagio, pero que hoy no provoca ni pudor.
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Aunque las consecuencias sean distintas, estas prácticas contribuyen a una cultura en la que se presume que la disponibilidad del material y de las imágenes de las personas, entre otras cosas, parece volver innecesario pedir autorización o reconocer al otro.

Con la inteligencia artificial, esa apropiación alcanzó una dimensión extrema y dolorosa. Trabajos presentados en la escuela, en la universidad y en las editoriales escritos enteramente por el chatbot, es decir por miles de autores no reconocidos en una autoría robada de la red.
Hoy cualquier texto, audio o imagen puede ser tomado por cualquiera. Las imágenes de las adolescentes denunciantes se convirtieron en escenas sexuales, fabricadas y multiplicadas en miles de pantallas en un loop aterrador para la víctima. Unicef advierte que utilizar la imagen o la identidad de un niño o una niña en estos materiales lo convierte directamente en víctima. Y en los consultorios se puede constatar con rigurosidad esa afirmación. Las capturas de imagen para agresiones, burlas y cualquier otra forma de explotación tienen secuelas profundas.
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Hace tiempo la mamá de una adolescente de 14 años consultó porque su hija había abandonado la escuela, una vez que se había viralizado un video suyo en la clase de gimnasia donde la cámara había enfocado sus partes íntimas, sobre el jogging. El meme la había convertido en el hazmerreír de todo el colegio, y se había subido a una plataforma para seguir compartiendo sin fin. Ello había contribuido a desatar episodios de ansiedad aguda y pánico. En la escuela no le dieron mayor importancia al hecho: “Es cosa de chicos, es una travesura, no es para tanto“ le habían dicho a su mamá. Dejando a la víctima y a su familia como únicas responsables de tramitar el dolor.
Esas imágenes logran además una revictimización porque, aunque con el tiempo fabrique otra víctima de la que burlarse, la imagen quedará para siempre. El trabajo subjetivo para recuperarse y salir de esa posición es arduo y también evitable si se tomara en serio el sufrimiento infantojuvenil.
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Si una plataforma puede detectar casi de inmediato la música de un video y advertirte que estás infringiendo derechos de autor —decía una compañera mexicana el otro día, en una conferencia—, ¿cómo puede ser que se pueda “desnudar” digitalmente a una niña o adolescente y hacer circular miles y miles de imágenes de agresiones sexuales y de todo tipo contra la infancia como si nada?
Son las herramientas las que están permitiéndolo, incluso permiten ejecutar estos crímenes: en simples pasos, la apropiación del otro es posible, mientras nosotros seguimos atontados e indignados asistiendo al daño.
En cuanto a violencia sexual, los registros de Internet Watch Foundation muestran la dimensión que está adquiriendo esta producción. Entre enero y junio de 2026, la organización identificó 6.310 imágenes generadas con inteligencia artificial que cumplían la definición legal de material de abuso sexual infantil utilizada en sus evaluaciones, frente a 4.512 durante todo 2025. Entre las 6.221 imágenes con edad y género registrados, el 98% representaba niñas.
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Existen las soluciones. Un buscador puede redirigir la ayuda en vez de mostrar resultados de material de explotación sexual, por ejemplo y de esto poco se sabe.
Cuento en mi nuevo libro “Perversiones sexuales en entornos digitales” diferentes experiencias y prácticas destinadas a cambiar las cosas de verdad. Una de ellas es el estudio de los comportamientos de los perpetradores en el momento mismo de la búsqueda de material de agresiones sexuales.
Una investigación de Protect Children, realizada por encargo de Ofcom, analizó más de 20.000 respuestas a una encuesta anónima disponible en 24 idiomas. En un buscador de la deep web, quienes buscaban material de violencia sexual infantil eran dirigidos a la encuesta y a recursos de ayuda, en lugar de obtener resultados ilegales. Así fue posible conocer sus comportamientos durante la búsqueda activa y explorar oportunidades de prevención.
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Las plataformas digitales no son espacios pasivos donde ocurre la violencia sin que se sepa. Sus decisiones sobre las herramientas que ofrecen, las condiciones de circulación y las respuestas a las denuncias intervienen en la posibilidad de producir y prolongar el daño.

La responsabilidad empresarial debe alcanzar esas decisiones, además del retiro de las imágenes una vez denunciadas. He contado cientos de veces que presentamos un proyecto destinado a bajar el material de agresiones de inmediato. Se llama Bajalo Ya. Ningún legislador se ha interesado en la iniciativa que impulsamos los defensores de infancias libres de violencia.
En esa misma lógica de captura y consumo, el material gore —imágenes explícitas de violencia extrema— circula entre series, películas, juegos, foros y contenidos sobre crímenes reales.
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La vida ajena, incluso en sus momentos de mayor sufrimiento, puede convertirse en material para retener una atención que cada vez es más frágil. Lo que alguien padeció pasa a ser algo que otros utilizan, comentan y comparten, muchas veces sin considerar a la persona cuya intimidad están exponiendo. Importa más el clickbait que el sufrimiento que se está exponiendo.
La pedofilización del deseo y la erotización de la fragilidad y la vulnerabilidad forman parte del mundo en el que hoy se educa sexoafectivamente a la infancia. Las cuentas que exponen a niñas y niños en poses y gestos sexualizados convocan a las peores perversiones y consumos escondidos en los anonimatos y la deslocalización. Las que difunden relatos e imágenes de crímenes sin velos ni advertencias también participan de esa transformación del desvalimiento en contenido.
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Cuando la humillación y el sometimiento se convierten en entretenimiento, excitación o una oportunidad de ganar dinero, debemos detenernos en lo que esas prácticas tienen en común con las apropiaciones que señalo al comienzo: el otro pierde el derecho a decidir sobre aquello que le pertenece. Su imagen, su trabajo, su relato o su sufrimiento quedan disponibles para quien encuentra cómo utilizarlos. Las consecuencias son diferentes, pero la pregunta por ese supuesto “derecho“ a disponer atraviesa todas estas situaciones.
Darle un like a material de este orden es apoyar la industria de la apropiación del trabajo y el dolor de las personas. Un like, un posteo, un comentario, hoy es una declaración de principios.
No hacerle al otro lo que no quisiéramos que nos hicieran exige reconocer ese límite y nuestra responsabilidad, también cuando resulta fácil cruzarlo, cuando nadie reclama o cuando apropiarse de lo ajeno trae reconocimiento, fama o dinero.
Los niños y las niñas se educan en una sociedad que debe responder por lo que permite y por lo que recompensa. ¿Qué les estamos pidiendo a niños, niñas y adolescentes que hagan con lo que se está ofreciendo?

Difícilmente podamos enseñarles a respetar la intimidad de una compañera si naturalizamos que la voluntad y la autoría de los demás pueden borrarse cada vez que nos conviene.
Mientras les pedimos que aprendan a cuidarse, también debemos hacernos cargo de lo que están aprendiendo sobre cómo tratar a los demás. Capturar una imagen, copiar un texto o hacer circular un audio o una historia no nos convierte en sus dueños. Cambiarles el formato, reescribirlos o combinarlos con otros materiales tampoco borra su procedencia ni nos otorga su autoría. Transformar lo ajeno no elimina la obligación de reconocer a quien lo creó ni de respetar sus derechos.
Detrás de todo eso sigue habiendo alguien cuya existencia no puede quedar reducida al provecho que otros sacan de ella, porque también, de una u otra manera termina siendo una victimización y siempre tiene secuelas.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de los libros La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario, Huérfanos atravesados por el femicidio y Perversiones sexuales en entornos digitales. Grooming, sextorsión y streaming. Persistencia histórica y mutaciones actuales: vulnerabilidad, sometimiento y manipulación.
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