Un enfoque emergente en la lucha contra el deterioro cognitivo plantea que la estimulación del nervio vago podría constituir una vía novedosa para abordar la pérdida de memoria relacionada con el paso de los años y con la enfermedad de Alzheimer.
Aunque las terapias actuales suelen centrarse en tratar síntomas manifiestos, investigaciones recientes exploran cómo intervenir antes de que el daño se extienda en el cerebro, con base en la premisa de que la degeneración comienza mucho antes de que se reconozcan los primeros olvidos.
Este enfoque, que pone el foco en el locus coeruleus, promete modificar el curso de la dolencia al preservar la función de esta pequeña región cerebral, según sostuvo la psicóloga Elizabeth Riley, de la Universidad Cornell, institución Ivy League de Estados Unidos, en un artículo publicado por la plataforma internacional de divulgación científica The Conversation.
¿Qué es el locus coeruleus y por qué es clave en el Alzheimer?
El locus coeruleus —conocido también como “mancha azul”, por la presencia del pigmento neuromelanina— se ubica en el tallo cerebral y es responsable de la producción de casi toda la norepinefrina del sistema nervioso central, un neuroquímico esencial para procesos como el sueño, la atención, el aprendizaje y el estado de alerta.
Datos obtenidos en estudios recientes citados por Riley indican que la acumulación de la proteína tau en este núcleo comienza tan temprano como la tercera década de la vida y antecede a la aparición de los trastornos de memoria. De acuerdo con la especialista, la identificación de los primeros daños en el locus coeruleus representa una etapa temprana en el desarrollo del Alzheimer.
Las investigaciones comprobaron que, aunque el desarrollo de agregados de tau no equivale por sí solo al diagnóstico de Alzheimer, este fenómeno se presenta en formas y grados variables en casi toda la población durante el envejecimiento.
La acumulación de tau perjudica las neuronas del locus coeruleus y se observó que el progresivo daño celular predice y anticipa el momento del diagnóstico formal y la aparición de síntomas.
Estos hallazgos impulsaron el interés en nuevas estrategias capaces de preservar la función del locus coeruleus y, con ello, mitigar el avance del deterioro cognitivo.
¿En qué consiste la estimulación del nervio vago y cómo se aplica?
La estimulación del nervio vago consiste en la activación controlada de este nervio que conecta el cerebro con órganos clave como el corazón y los intestinos, y que regula funciones vitales, desde la digestión hasta la reparación celular.
En las décadas de 1980 y 1990 se observó que la intervención mejora la epilepsia, y más adelante se demostró su eficacia para tratar migrañas y depresión, e incluso como auxiliar en la rehabilitación tras un accidente cerebrovascular.
Existen dispositivos implantados quirúrgicamente en el tórax, así como versiones no invasivas que transmiten pulsos eléctricos a través de la piel en el cuello o la oreja, en puntos donde el nervio es superficial.
La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos autorizó estas terapias para epilepsia, migraña y depresión, de modo que la infraestructura tecnológica y la base de seguridad están consolidadas, indicó la psicóloga.
¿Qué muestran los estudios clínicos sobre la estimulación del nervio vago?
Diversos experimentos exploratorios aportaron datos cuantificables sobre el posible impacto de la estimulación vagal en el deterioro cognitivo. Un ensayo clínico realizado en 52 personas de entre 55 y 75 años con diagnóstico de deterioro cognitivo leve encontró mejoras en memoria y funciones cognitivas globales —según criterios estandarizados de evaluación neuropsicológica— después de administración de una hora diaria de estimulación, cinco días a la semana, durante seis meses.
Además, intervenciones similares en adultos sanos de alrededor de 60 años y en jóvenes de entre 18 y 25 años también revelaron mejoras en diferentes facetas de la memoria después de una única sesión.
¿Qué mecanismos cerebrales explicarían sus beneficios?
Entre las hipótesis de los científicos, se considera que parte de los beneficios se debe a la capacidad de la estimulación vagal para incrementar los niveles de norepinefrina en el cerebro, una sustancia que falta en personas con Alzheimer, lo que explica la mejoría observada en el ánimo y las funciones cognitivas.
Actualmente, la comunidad neurocientífica desconoce con exactitud los mecanismos que hacen eficaz la intervención, pero una de las principales hipótesis sostiene que la estimulación regula la actividad neuronal en el locus coeruleus y permite mantenerlo en niveles óptimos.
Este núcleo requiere un equilibrio preciso: una hiperactividad puede generar ansiedad, como se observa en el trastorno por estrés postraumático, mientras que un déficit se asocia a depresión o dificultades mnésicas.
Algunas variantes de la estimulación no actúan al aumentar o disminuir la actividad general, sino al regular la cadencia de los impulsos de las neuronas, mientras que otras incrementan la disponibilidad de norepinefrina, mecanismo involucrado en el control de patologías como la epilepsia.
Todo ello indica que la estimulación vagal podría funcionar como regulador para el locus coeruleus, lo que permite optimizar su funcionamiento y el rendimiento cerebral.
Las conclusiones de estos estudios, subraya Riley, son aún preliminares. La posibilidad de enlentecer o limitar el avance de los síntomas del envejecimiento y el Alzheimer se plantea como un campo de exploración para la neurología clínica.