La decisión de poner zapatos a un bebé suele responder más a razones estéticas o culturales que a una necesidad médica o funcional. Según un informe publicado por el medio estadounidense Sanford Health News, el calzado tradicional no aporta beneficios al desarrollo de los pies durante la primera infancia y, en ciertos casos, pueden limitar el movimiento natural y dificultar el aprendizaje de la marcha al restringir el contacto directo con el suelo.
Antes de caminar, los pies de los bebés están formados principalmente por tejidos y cartílagos blandos en pleno desarrollo. Permitir que los niños permanezcan descalzos o con calcetines suaves favorece que los músculos, tendones y articulaciones se desarrollen de manera natural.
En ese sentido, el contacto directo con el suelo promueve una mejora tangible en el equilibrio, la fuerza y la coordinación, y permite a los pequeños percibir mejor las características del entorno.
Sanford Health News subraya que el uso de zapatos rígidos o estructurados no es necesario en las primeras etapas del desarrollo. Los especialistas recomiendan no poner calzado tradicional firme hasta que el bebé comience a caminar de forma independiente, lo cual suele ocurrir entre los 12 y 18 meses.
Cuando el niño inicia la marcha, es preferible elegir zapatos flexibles, ligeros, con suela antideslizante y espacio amplio para los dedos, en lugar de modelos duros que pueden interferir con el desarrollo natural del pie.
Los zapatos cumplen una función fundamental solo como protección ante superficies ásperas o peligrosas, especialmente en exteriores. Dentro del hogar o en ambientes seguros, dejar al bebé descalzo favorece su desarrollo.
En ambientes fríos, se recomienda el uso de calcetines o botines con suela antideslizante, mientras que, en épocas cálidas, la deambulación descalza es la opción más aconsejada siempre que las condiciones lo permitan.
¿Por qué no es necesario el calzado en los primeros meses?
Durante los primeros meses de vida, los pies de los bebés se encuentran en una etapa de formación en la que predominan los cartílagos y tejidos blandos. En este periodo, no existe necesidad de protección estructurada, ya que los recién nacidos no caminan ni se desplazan por superficies que puedan representar un riesgo.
El uso de calzado puede generar una sensación de incomodidad y restringir la libertad de movimiento de los dedos y el pie completo.
Además, el pie descalzo permite una mayor sensibilidad y percepción del entorno, lo que contribuye al desarrollo sensorial y motriz desde los primeros días. Estas recomendaciones están respaldadas por asociaciones de pediatría y podología infantil, que sugieren priorizar el desarrollo natural del pie antes del inicio de la marcha.
Qué tener en cuenta al elegir el primer zapato
Al momento de buscar el primer calzado para un niño que ya comenzó a dar sus primeros pasos, resulta importante priorizar la comodidad y la funcionalidad. Se deben evitar los modelos con suelas rígidas o materiales que impidan la flexión natural del pie. La suela debe ser antideslizante y el interior amplio para no comprimir los dedos. Los materiales transpirables y livianos ayudan a mantener la piel saludable y evitan la acumulación de humedad.
Asimismo, es recomendable revisar regularmente el tamaño del calzado, ya que el crecimiento en esta etapa es rápido y un zapato ajustado puede afectar la alineación y el desarrollo correcto del pie.
Estas pautas son avaladas por entidades como la Academia Americana de Pediatría y colegios de podólogos, que enfatizan la importancia de un calzado flexible y adaptado a la etapa de desarrollo motriz del niño.
La necesidad de usar calzado adecuado se incrementa cuando los niños ya corren con regularidad y su exposición a superficies potencialmente dañinas aumenta. En estos casos, la utilización de zapatos suaves y flexibles protege los pies sin restringir el movimiento.
La información recopilada no encuentra justificación médica para el uso de zapatos en bebés, salvo que exista una indicación específica del pediatra por motivos de salud. La recomendación central es clara: no hay beneficios para el desarrollo del pie infantil en el uso de calzado en menores si la única finalidad es acelerar o mejorar la marcha.